Cafeticultores minifundistas: Una deuda histórica

Carecerá de sustento la política de combate a la pobreza y la eliminación del hambre alegremente festinada por las agencias oficiales mientras no sean salvados de su infame condición

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Invitado por la Universidad Autónoma de Chiapas, la semana pasada acudí, en Tuxtla Gutiérrez, a una reunión dedicada a exponer mis ideas en torno a un tema particularmente sensible en la vida cotidiana de la sociedad chiapaneca: La producción de café. Fue una reunión muy interesante, en la que diversos actores relacionados con la producción y comercialización de este grano expusieron sus experiencias, en gran medida, rodeadas de amargura y decepción.

La entidad chiapaneca sigue siendo la principal productora de café en el país, pero México, que tradicionalmente había ocupado el cuarto lugar como productor mundial del grano, hoy no se encuentra, ni siquiera, entre los 19 primeros: Ha sido desplazado por varios países, entre ellos Vietnam, cuya pacificación se fincó en la promoción del cultivo del café mediante el apoyo financiero masivo del Banco Mundial, al extremo de colocarse como segundo país productor a escala internacional, sólo aventajado por Brasil. También países como Guatemala, Honduras y Perú han superado los niveles de producción mexicanos. Y, además, un fenómeno incomprensible: México se tornó en importador de café. ¿Cómo  sucedió?

Dos razones fueron ampliamente explicadas y documentadas en la reunión: La inestabilidad de los precios internacionales del café y el impacto devastador de las plagas, sobre todo la roya del cafeto. En la posguerra, los gobiernos de Brasil, Colombia y México se propusieron impulsar un convenio internacional conducente a introducir mecanismos de estabilidad al mercado mundial de café. Sus esfuerzos lograron cristalizarse cuando, a principios de los años 60, se firmó el Convenio Internacional del Café por parte de países productores que representaban el 97% de la producción mundial y los países consumidores representantes del 80% de las importaciones mundiales. Sin embargo, a instancias del gobierno estadounidense, bajo la presidencia de Bush (padre), se tomó la irresponsable decisión de suspender las cláusulas económicas del convenio, con objeto de permitir a las fuerzas del mercado establecer los precios del café. El resultado de esta decisión fue el desplome de las cotizaciones en el mercado internacional, con el consiguiente impacto devastador en las economías productoras.

Consecuente con su ideología de “adelgazar al Estado”, el gobierno mexicano se desentendió del destino de la producción y comercialización del café, y la transfirió a los gobiernos estatales. El resultado ha sido desastroso. Ante la pasividad gubernamental, la plaga de la Roya –enfermedad fungosa que se instala en la parte inferior de las hojas del cafeto y que se había logrado alejar de nuestras fronteras- comenzó a extenderse en las zonas tropicales, con la consiguiente declinación de la producción.

En la reunión se dieron a conocer las trágicas experiencias de esta etapa: Se ofrecieron los testimonios de una tragedia que agobió, a extremos extenuantes, la vida de miles de familias chiapanecas. Para comprender la dimensión social de este proceso es conveniente recoger una información crucial: El 97% de los productores de café de Chiapas son minifundistas: Tienen parcelas de 5 o menos hectáreas; en promedio son parcelas de 1.05 hectáreas. En contraste, los grandes finqueros, con explotaciones de más 100 hectáreas, suman apenas 122. Los minifundistas, por general, pertenecen a diversas etnias distribuidas a lo largo y lo ancho del territorio chiapaneco. El impacto de la plaga fue devastador en sus vidas, aunado a los precios bajos y a la voracidad de los intermediarios. Son alrededor de 180 mil familias. En tales condiciones no nos debe sorprender la rebelión campesina que estalló el 1 de enero de 1994, fecha marcada para la entrada en vigor del TLCAN.

En la reunión quedó clara una realidad: Carecerá de sustento la política de combate a la pobreza y la eliminación del hambre alegremente festinada por las agencias oficiales mientras no sean salvadas de su infame condición las familias minifundistas que, al igual que en Chiapas, se dedican al cultivo del café en amplias regiones del país. Son más de medio millón de familias cafetaleras condenadas a la miseria, al hambre y a la degradación física y mental, víctimas de la indiferencia tanto de los gobiernos como de la sociedad. No se puede ocultar la terrible condición de parias a la que están sometidas. Una deuda histórica.

 

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