Cachirulo

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Contaban de una tía tatarabuela que allá por 1860 se casó con un tal Augusto, oriundo del más profundo sur mexicano, dueño de interminables tierras que decían medía en jornadas a caballo. Fue un señor de horca y cuchillo del que no se sabía cuántas mujeres tuvo ni cuántos hijos, pero afirmaban que no menos de 100. Decían que lo de las mujeres era su manera de mantener la propiedad de esa infinitud de tierras: A las que le daban hijos, les asignaba fincas, peonada, aperos, grano y bestias; él recorría sus campos a lo largo del año, haciendo más hijos, sembrando muertos para arreglar entuertos, recolectando una quinta parte de lo que producía cada campo y cuando los hijos se le hacían hombres, los desperdigaba a que se buscaran sus propias mujeres y seguir creciendo su riqueza. Murió muy viejo, parece que de más de 90, antes de que la Revolución arrasara con todo. Uno de sus nietos ya sesentón, desempolvó unas viejas escrituras y se le metió en la cabeza recuperar propiedades y seguir los métodos que había oído, dieron tan buen resultado a tal Augusto, pero sus hermanos se burlaron de él: El abuelo levantó su emporio cuando por esos rumbos nadie sabía leer y apenas hablaba español, cuando la autoridad se conformaba con comer diario y lo más importante, cuando estaba entero, no dispéptico, con ciática y panzón. Quedó en idea.

Lázaro Cárdenas llegó a Presidente de la República en 1934 a los 39 años de edad; terminó su periodo a los 45. En 1936 expulsó del país a Plutarco Elías Calles dejando pasmado al país; ese año creó el Instituto Politécnico Nacional. Entre 1937 y 1938 nacionalizó la red ferroviaria. En 1937, creó la Comisión Federal de Electricidad. En 1938 enfrentó a tiros el intento de golpe de Estado del general Saturnino Cedillo quien apareció cocido a tiros; ese mismo año expropió las empresas petroleras (no el petróleo). En su periodo, repartió 18 millones de hectáreas a comunidades indígenas y ejidos. Reformó la Constitución dándole carácter socialista y dejando afianzado el principio de que “la lucha de clases era el motor del desarrollo histórico”. Reformó el Partido Nacional Revolucionario que inventó Calles; creó el Partido de la Revolución Mexicana, antecedente directo del PRI; creó el presidencialismo estrictamente sexenal que conocimos hasta el año 2000. Eligió como su sucesor a Manuel Ávila Camacho, los comicios los resolvió a balazos y a la brava lo montó. Don Ávila Camacho se bailó el zapateado en el socialismo cardenista. Las aguas volvieron a su cauce. Cárdenas languideció con laureles marchitos en sus sienes, hasta su muerte en 1970, a los 75 de edad.

Luis Echeverría, a los 48 se terció la banda. Abogado rabiosamente inteligente, de larga carrera burocrática, hasta antes de asumir el cargo eran leyenda su ponderación, discreción, economía de palabras y obediencia aparentemente sumisa. Si no metió mano en el movimiento del 68, sí lo capitalizó a su favor, alimentando los temores de Díaz Ordaz respecto del comunismo. Ya en La Silla, no paró de hablar los seis años. Se destapó como nacionalista “ad nauseam”. Creó el Infonavit y el Instituto Mexicano de Comercio Exterior. Se disfrazó como socialista, acercó a México a la Cuba de Castro y al Chile de Allende, pero tuvo mano de hierro con los socialistas nacionales. Decretó la prohibición del rock mexicano (en serio: el “avandarazo”, porque todo fue por el concierto masivo en Avándaro del 11 al 12 de septiembre de 1971 -copia chancla pata de gallo del de 1969 en Woodstock, Nueva York-, y eso no le gustó nadita al Presidente, entre otras cosas, por haber sido una “idea exótica” y porque hubo señoritas con los pechos al aire y mota  discreción, dijeron). Fue responsable directísimo de la “Matanza de Corpus” (el “halconazo”), en la capital del país, el 10 de junio de 1971. Al inicio de su periodo la economía crecía al 6.1%, se consideraba que para 1973, a la mitad de su sexenio, la economía nacional sería como la de Japón, pero se dedicó a estatizar empresas; triplicó la deuda externa; se le devaluó el peso a la mitad de su valor inicial; disparó la inflación; acabó con el “milagro económico mexicano”; terminó su sexenio con una crisis económica no vista desde 1938. Intentó ser Secretario General de la ONU, pero después que terminaron de carcajearse, reeligieron al que estaba (Kurt Waldheim). Intentó ser el líder mundial del “Tercer Mundo” (más risas). Creyó (sólo él), que sería Premio Nobel de la Paz (ni risas hubo). Su sucesor dio vuelta de campana al “izquierdismo” de Echeverría, nomás llegando. Es el único ex presidente que ha estado en prisión domiciliaria y sujeto a dos juicios penales (2002 y 2006). Languidece sin laureles en su casa en San Jerónimo, porque el caballero vive.

Estos dos señores son los santos a quienes echa incienso la 4T entre cuyos fieles hay varios de la camada echeverrista, aparte de intelectuales que por más serios que sean, no parecen haberse enterado de los repetidos y continuos fracasos económicos de los sistemas de izquierda dura, condimentados con represión cruda y mucha sangre, por cierto.

Olvidan los nostálgicos de ese añejo presidencialismo que su líder, López Obrador, al fin de su periodo tendrá 71 años; olvidan que no es sano; olvidan que no mata. Olvidan que Cárdenas creó instituciones y un sólido partido retacado de políticos de raza; olvidan los desfiguros de Echeverría; olvidan que el mundo es inmensamente diferente al de 1934 y al de 1970; olvidan que México ya no es un país cerrado; olvidan que ya es imparable la información. Olvidan porque ignoran y no porque sean tontos, no, es que se engolosinaron y si en la vida la gula es pecado, en política es el pasaporte al fracaso: La glotonería política enceguece, impide ver la realidad, obliga a negarla.

A la vista está el partido que armó el Presidente, el de Yeidckol Polevnsky, el de Mario Delgado. En lugar de hacer historia, es la repuesta en escena, si lo recuerda, del “Cuento Fantástico” de Cachirulo.

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