Buena fe

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La prima María Guadalupe (del lado materno-toluqueño), al cumplir 18 por sus pistolas, se cambió el nombre por Ayra y otros apellidos impronunciables que ella decía eran hindús. Su mamá, tía Sara, no dijo nada. Luego empezó a vestir “sábanas” (así le decía tía Sara a los saris multicolores de su hijita), dejó de comer carne y abandonó la escuela porque “razonar no hacía falta” y todo el día repetía “mantras” para lograr la “elevación espiritual” (sus hermanos decían otra cosa, fea). Tía Sara aparte de administrar la robusta herencia de su fiambre marido, se dedicó a sus otros hijos (y nietos), y aguantó a Ayra el resto de sus días, porque vivía en un celibato espeluznante. Cuando se leyó el testamento de la tía, Ayra se presentó con su acta de nacimiento original, para enterarse que su mami le dejaba un recado: -“Y a mi hija María Guadalupe que dejó nuestro nombre y nuestra religión, no le dejo nada, su dios la bendiga” –Ayra, usando su nombre original metió juicio y claro, lo perdió. Ni modo.

Algunos que gustan de la historia de nuestra risueña patria, no encuentran explicación a la manifiesta vida pública invertebrada que padecemos.

Los estados-nación, los países, son la suma de varios factores dados espontáneamente (hay excepciones, claro, la Alemania actual, por ejemplo, Bismarck la armó a garrotazos). Como sea, lo común es que un grupo de personas se las arregle para vivir en comunidad y supere el estado ambulatorio para asentarse y formar caseríos, pueblos, ciudades; ese grupo naturalmente se relaciona con sus cercanos y con mayor o menor número de zacapelas, van aprendiendo a soportarse entre ellos, establecer relaciones comerciales, compartir un lenguaje común, creencias y forma de gobierno (de cacique o jefe de tribu a rey o emperador, con las respectivas jerarquías de cada caso, para ya con mayor desarrollo, elegir a sus autoridades entre varios, entre muchos o entre todos).

Sin mencionarlos en orden de importancia, los estados-nación bien cuajados, se caracterizan por compartir una lengua, una religión, un territorio bien determinado, un modo de concebir la vida, unas costumbres y una manera de gobernarse y comer.

Nuestro país como lo conocemos, resultó primero, del merengue de sangre y raza que propició la conquista española, porque sustancialmente somos un país mestizo; y, segundo, de una independencia prematura y rara: La conquista fue posible gracias a los indios y nos independizaron los peninsulares y los criollos sin que nuestros antecesores del peladaje común supieran qué pasaba.

Como sea, para cuando fue la independencia de lo que hoy llamamos México, que no se llama así sino Estados Unidos Mexicanos, el país tenía el español como lengua común (aparte de las lenguas propias de grupos que guste o no, son minorías); se sabía hasta dónde llegaba el territorio nacional (rapidito perdimos más de la mitad); y el centralismo, la autoridad central, era consustancial a nuestra existencia como Estado (desde antes con los caciques y jefes de tribus, que llamarlos reyes o emperadores es estirar de más las palabras, y luego durante los tres siglos de periodo virreinal)… y el rasgo más destacado de todos era -es- la profundamente arraigada religión católica (sin negar que a las calladas, muchas tribus conservaron y conservan el culto a sus antiguas religiones, pero sincretizadas casi siempre con el catolicismo).

Por lo que sea, un día el país amaneció siendo federal y laico. La lengua la conservamos, sin mencionar que el inglés se nos ha ido metiendo en el habla común.

Se crea o no en las enseñanzas de la religión católica, es imposible negar su influencia y determinante presencia en la historia del país. Nuestros héroes de la Independencia son sacerdotes y los próceres de la Reforma, seminaristas; lo revolucionarios todos, en mayor o menor medida -con la destacadísima excepción de Calles-, fueron católicos y guadalupanos 100% “proof” (que a la hora de las fiestas de balazos el miedo bloquea los devaneos de la razón y no hay macho que no recite el “Ave María” al oír la lluvia de plomo).

Así las cosas, por buenas o malas razones, según el gusto de cada quien, desde mediados del siglo XIX, México vio sofocada la religión mayoritaria, sin parar en mientes acerca del daño que se causaba a la identidad nacional, en nada menos que la creencia general que en términos prácticos es la norma íntima de la conducta de los individuos y manifestación explícita de su integración nacional (a la fecha el 90% o más de los mexicanos son católicos, nominalmente al menos).

El actual gobierno federal intentó sumar a la Iglesia católica como comparsa de sus afanes. No le salió porque la jerarquía de esa religión habla latín, latón y lámina acanalada y se saben capaces de aguantar cualquier recargón, digo, en 2,000 años algo han aprendido y a lo largo de toda la historia de México se la han rifado contra verdaderos matasiete, sin perder feligresía. López Obrador quiso echárselos a la “buchaca” con la tontada del reparto de la “Cartilla Moral”, pero la Conferencia del Episcopado Mexicano en voz de su secretario, Alfonso Miranda, respondió que tienen otras prioridades y Carlos Garfias Merlos, su vicepresidente, dijo que “así se vulnera el Estado laico” (¡zaz!); luego Carlos Aguiar, cardenal arzobispo primado de México, declaró que “la tarea primordial de todo gobernante es el establecimiento auténtico y estable de un Estado de derecho”… ¡órale! Y remataron desde el editorial de “Desde la Fe”: “Al promover los valores desde una instancia de gobierno se corre el peligro de la banalización y puede tomar el derrotero de la demagogia”. Se llevan duro.

Fracasado el manipuleo de la religión tradicional del país, nuestro gobierno prescindió de su apoyo para atajar la pandemia. Mala cosa. El Presidente echa novio con iglesias protestantes y desprecia la amplia influencia del catolicismo en el país. Otra metida de pata: No era cosa de convicciones religiosas sino de realismo político y buena fe.

 

 

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