Beatriz Paredes y la disolución del Congreso

No completó planteamiento con pregunta ominosa que habría sacudido la modorra de los padres de la patria

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Sin estridencias, Beatriz Paredes subrayó, ante sus colegas senadores, lo que, conforme a su parecer, subyace en torno a Texcoco y Santa Lucía: El cambio de régimen a partir de la sustitución de la democracia representativa, el Congreso de la Unión, por la democracia participativa, es decir, consultas organizadas por Morena partiendo del supuesto de que su militancia representa a la totalidad del pueblo de México.

En el fondo del debate no viene al caso si el peso se deprecia ante el dólar; si los empresarios perderán, unos, o ganarán, otros, más o menos dinero; si se irán por el caño miles de millones de dólares; si los patos tendrán o no agua para beber en lo que fue el lago; si los aviones no chocan, pues se repelen, o si el pueblo es sabio o no. Lo que verdaderamente importa, conforme al planteamiento, irrebatible, de la senadora Paredes, es si el cambio de régimen se ceñirá a la Constitución, que contempla la democracia participativa, pero sujeta a reglas que no fueron observadas en la votación sobre el NAIM.


Beatriz coincide con quienes hemos dicho que Andrés Manuel López Obrador pudo esperar al primer día de diciembre para, con pleno goce de facultades constitucionales, decidir la suerte del aeropuerto, que, por lo demás, ya lo había adelantado en su campaña presidencial.

Tal vez por lo limitado del tiempo para los oradores en el Senado, Beatriz no completó el planteamiento con una pregunta ominosa que habría sacudido la modorra de los padres de la patria: ¿El nuevo régimen contempla la abolición del Congreso?

Supongo que no existe tal despropósito porque, en primera instancia, sería, a todas luces, antidemocrático y, por otra parte, el actual grupo gobernante no necesita, por ahora, recurrir a esos extremos, pues tiene el control de las cámaras de Diputados y Senadores.

No obstante, no existiendo exageración en lo dicho por la senadora Paredes, ya resulta ocioso insistir en que la consulta terminó siendo un ejercicio frustrante que daña el discurso del presidente electo basado en la democracia.

La contundencia de su triunfo de julio en las urnas le da lo suficiente para tomar cualquier decisión auxiliado sólo por sus expertos, sin embargo, la proclividad por la innovación está ofreciendo material a quienes buscan, en el fondo de las nuevas modalidades, cualquier señal del rumbo que se pretende institucionalizar.

Grave sería, y lo doy por descartado, que la intención sea sustituir al Congreso por las consultas al pueblo sabio.

 

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