Autodefensas, policías comunitarios y guardias ciudadanos: ¿qué sigue?

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Ninguno de estos grupos inició operaciones por casualidad. No hay noticia sobre alguno de sus fundadores, que por sentirse aburrido se le haya ocurrido inventar un colectivo armado para reventar delincuentes.

Cada uno de los tres tipos de defensa social que se apuntan, tienen sus motivos para iniciar operaciones y todas tienen que ver con la falencia del Estado. La lógica es sencilla: si el Estado no ocupa los espacios del poder público en la seguridad interior y pública, los criminales hacen acto de presencia y más tarde, los ciudadanos. En ese orden.

Como podrá observarse, la peor parte se la llevan los ciudadanos, porque quedan a dos fuegos, el de los criminales y el de la autoridad que los persigue. Pero en ciertas situaciones, a una persona normal solo le quedan dos opciones: ser aplastado por la inseguridad y la indolencia pública o, mantenerse vivo al filo de la ley.

Para asumir la defensa de un territorio, el ciudadano ya pasó por tres fases, y las ha vivido cíclicamente: primero, ser sin tregua ni respiro por los delincuentes; segundo, buscar ayuda y justicia, sin recibirla; tercero, los criminales lo han perseguido por buscar el abrigo del Estado, recibiendo a cambio, migajas.

Así, con el corazón en la mano, el ciudadano decide proteger su territorio, a sabiendas de que está violentando la ley, ésa misma que no ha funcionado para salvaguardar su patrimonio bien habido, la vida de sus familiares y la tranquilidad de quien ha hecho bien las cosas.

Como se verá a continuación, el camino no tiene nada de sencillo y apenas cruce el umbral, el ciudadano se enfrentará a enemigos reales y amigos ficticios.

Las autodefensas: de lo legítimo al outsourcing criminal
Este modelo de defensa social tiene un sustento muy sencillo: si el Estado no protege a un territorio específico, los ciudadanos lo harán; sin embargo, en el caso de las autodefensas, se va al extremo y no solamente se trata de vigilar un perímetro y avisar a las autoridades, sino que por la vía armada se enfrenta directamente a los criminales. Y para hacer algo así, se requiere transportes, armas, municiones, radiocomunicación y el apoyo de una base social.

El ícono de las autodefensas en México está en Michoacán, pero el modelo existe en por lo menos quince entidades federativas, en el entendido que en pueblos modestos de otros estados no se encontrará un convoy de cincuenta unidades debidamente rotuladas, con 400 hombres armados hasta los dientes.

A quien le parezca exagerado el dato, le convendría darse una vuelta por Tepalcatepec y poblaciones vecinas, por ejemplo. Las autodefensas se pelean metro por metro contra las huestes de Nemesio Oseguera, quien emplea columnas blindadas y drones.

El que esto escribe supo de una práctica de “La Familia Michoacana” que llevó a no pocas familias a operar un grupo de autodefensas: además de pagarle al cártel un peso por cada kilo de tortilla consumida, tenían que avisar cuando cumplirían quince años sus hijas, para que el líder criminal de la plaza les quitara su virginidad, so pena de muerte.

El gran problema de estos grupos es la diversificación. En la actualidad, hay grupos de autodefensas financiados y operados por ciudadanos; otros, financiados por cárteles para que combatan a sus enemigos; otros, subsidiados por los gobiernos estatales para que hagan el trabajo rudo y, unos más, pagados y entrenados por ciertas dependencias federales.

No hay que olvidar que varios grupos de la delincuencia organizada iniciaron como autodefensas y fueron incubados por algunas instituciones públicas. Cuando el engendro se salió de control, pasó de autodefensa a “generador de violencia”.

Entre tantas manos que manipulan a los autodefensas, solo una cosa es clara: no hay un solo modelo de estos grupos, sino cuatro tipos diferentes, con fines distintos y financiamientos variados. Si eso no lo entienden en Palacio Nacional, solo queda una opción: que lo entiendan en Bucareli.
Los policías comunitarios: la defensa artesanal
A años luz de distancia de las autodefensas, los policías comunitarios también se mueven por la vía armada para proteger un territorio, pero a escala liliputiense: escopetas sencillas, armas cortas de bajo calibre, rifles.

El signo es la austeridad y cada quien cuida su parque porque no hay quien financie el resurtido. Las camionetas en las que se hacen los recorridos de vigilancia son modestas, claramente de particulares y en lugar de un rotulamiento profesional, llevan sus identificaciones en el parabrisas, escrito con grasa para zapatos o una cartulina enorme pegada.

Comen de lo que el pueblo les convida: los lonches y el refresco llegan de manos anónimas y cuando unos terminan su turno, otros tantos se acercan y así se la llevan sin parar. La mayoría trabaja en los accesos al territorio que se protege, que no solo supone una carretera sino la red intrincada de veredas que solo dominan los lugareños.

Carecen de radios encriptados. Sus comunicaciones las practican con radios comprados en centros comerciales y hasta por WhatsApp. Uno podría pensar cómo pueden defender a un pueblo con tanta precariedad. La respuesta es sencilla: logran sus propósitos porque la comunidad los acepta y porque son muchísimos.

Valga una analogía: la policía de la Ciudad de México no es ni remotamente la mejor armada y entrenada del país, pero por su número, pueden enfrentar problemas serios. Su poder está en la cantidad de efectivos que pueden concentrarse en un punto de conflicto. Algo similar ocurre con los comunitarios: no llevarán calibre cincuenta pero si arribarán cincuenta o más.

Con códigos sociales bien meditados, si se acerca un convoy criminal, del primer puesto de vigilancia hasta el pueblo entero, los comunitarios se comunican en segundos, incluyendo el repique de campanas de la parroquia más cercana. Es el secreto del éxito para que en pueblos enteros de Guerrero, esta clase de grupos sea el garante de la seguridad del lugar.

En situaciones de alto peligro, de un retén comunitario a que doscientas personas se preparen para la defensa, solo hay un paso. Esta práctica también la han adoptado los cárteles. Son legión los grupos huachicoleros que en menos de dos minutos son capaces de congregar a mil personas listas para repeler a la Guardia Nacional que va a un operativo.

Como es de entenderse, los militares se retiran porque en esos grupos predominan las mujeres y los niños. Los delincuentes saben exactamente lo que hacen.

Además de la pobreza, hay una enorme diferencia entre autodefensas y policías comunitarios: éstos últimos, a su modo, emprenden la readaptación social. Muchos de estos grupos tienen sus propias prisiones y hacen juicios sociales, improvisando tribunales.

No son transgresores de la ley: siguen el imperativo ético con sanción, a su leal saber y entender. Por supuesto, esta clase de grupos no podrían funcionar si la comunidad no los acepta, ya que de ella se nutre, sin esperar remuneración alguna a cambio.

Las guardias ciudadanas: el miedo en el corazón
Constituyen el eslabón más débil de la defensa social: no tienen entrenamiento, camionetas, radios y mucho menos, armamento. Son personas que podrían ser arrasadas por cualquier grupo de alto impacto: lo mismo hay algunos jóvenes que amas de casa y jubilados.

Se comunican por teléfono y WhatsApp, con chats comunitarios. En algunas ciudades, se mandan hacer chamarras y camisetas rotuladas pero es más por cierto candor que porque señale espíritu de cuerpo y disciplina.

Su arsenal es para el olvido: gas pimienta, algún teaser, tonfas, bastones y uno que otro guarda discreto un revólver. Con bates, bastones para volante y linternas, salen a hacer sus recorridos por los puntos que consideran relevantes.

Son grupos esencialmente urbanos y su protección perimetral se concentra en colonias y unidades habitacionales. Al moverse en espacios tan restringidos, todos se conocen y pueden identificar a cualquier forastero.

El gran inconveniente es que si encuentran a varios agresores, éstos podrían repelerlos sin dificultad. En algunos casos, la catarsis encuentra su salida en el linchamiento. Las guardias ciudadanas son improvisadas y son la respuesta a un grupo de vecinos desesperados por los robos, que se reclama por qué no se hace algo para combatir la inseguridad.

Casi siempre, estos grupos actúan en otras formas complementarias: colocan malla ciclónica en las calles laterales y les agregan cerraduras; algunas veces, construyen una caseta y le agregan una pluma; instalan videocámaras modestas. Coreográficamente, el gobierno municipal les tumba sus casetas y sus mallas, porque violan las leyes, cosa que agradecen los delincuentes, con el corazón.

Adonde sus esfuerzos son vanos es en el momento de la respuesta de la autoridad: si las policías acuden oportunamente a su llamado de auxilio, la “puerta giratoria” de la Fiscalía o Procuraduría dejará en libertad al sospechoso, por el motivo que sea.

Si el delincuente que ha sido claramente detectado in fraganti, es puesto en libertad y vuelve a cometer crímenes, se prepara el caldo de cultivo para un linchamiento, que más allá de las buenas conciencias que abogan por el criminal, responden a un claro fastidio social.

Lo que sigue
El escenario es obvio: se multiplicarán como hongos bajo la lluvia, las actividades de los grupos de autodefensas, policías comunitarios y guardias ciudadanas, además de los linchamientos en cualquier lugar.

Respecto a si tal crecimiento se dará en todo el país, la información señala que tal aumento será asimétrico, dependiendo del tipo de defensa social que se trate.

En el caso de las autodefensas, el estado de Michoacán es el referente; sin embargo, hay claros procesos de expansión en Guerrero, Morelos y Veracruz en un formato similar al terracalentense, al tiempo que se ha dado un crecimiento de quintacolumnistas (trabajan para las autoridades o para el crimen organizado) en Tamaulipas, Chiapas y Tabasco, sin omitir a Veracruz, justamente.

Por otra parte, llevan algún tiempo de funcionamiento, movimientos de autodefensa en los estados de Puebla, Tlaxcala, Oaxaca, Chihuahua, Durango y Sonora.

El principal motor del crecimiento de las autodefensas es CJNG, que tomó la decisión de ir por la mayor parte del país y hasta de intentar la toma de la Ciudad de México, fusionando a grupos delictivos que conocen muy bien el territorio.

Por lo que se refiere a las policías comunitarias, los estados insignia son Oaxaca y Guerrero, pero también operan en Morelos, Chiapas, Quintana Roo y Tabasco. A últimas fechas, muchos de estos grupos se dieron a conocer involuntariamente por endurecer su dominio territorial para proteger a sus comunidades, por el contagio de COVID-19 vía forasteros.

Y, en el caso de las guardias ciudadanas, éstas no tienen una lógica reactiva hacia la delincuencia organizada, pero sí a la delincuencia común, lo que quiere decir que aumentarán en número en todos los municipios en los que haya una agresiva incidencia delictiva.

El delito que exacerba a un grupo de vecinos y los impulsa a preparar esta clase de grupos, es el robo en todas sus modalidades, ya sea a transeúnte, vehículo, casa habitación, comercio.

Es lo que hay. Ante la incompetencia exhibida, es hora de alistar maletas y prepararse para el próximo destino: una candidatura en Sonora, por ejemplo. Si no se puede la gubernatura, ¿Qué tal el Distrito IV?

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