Autodefensas, madrinas y mediacharolas

Aceptar un mal presente con la promesa de un buen futuro ha sido el argumento único de todas las subversiones, y de todas las dictaduras, a lo largo de la historia

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Los grupos de autodefensa, o grupos comunitarios, son la “misma gata” de siempre, pero con marca novedosa. Otrora se llamaron madrinas, irregulares, mediacharolas, guardias blancas, complementarios o recibieron otros motes. En su libro “El Imperio Subterráneo”, James Mills describe los maridajes que se dan cuando la autoridad y el crimen se abrazan. Yo diría que las autodefensas son la encarnación parida de ese abrazo y de ese contubernio.     

Esta cohabitación se produce por dos fuerzas que actúan en distinto sentido hasta que una de las dos perece, o ambas se conforman. El poder jurídico de la ley, patrimonio de la autoridad y el poder fáctico del crimen, potestad de la delincuencia. Quizá por eso el discurso de sus líderes, quienes, por un lado, dicen que se someten al gobierno y, por el otro, ordenan a sus secuaces proseguir en su aventura.


La relación entre poder y justicia la sintetizo en lo siguiente: Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que no hay poder político que no provenga de la ley.

Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante, es decir, que la vigencia jurídica proviene de que el gobernante le preste su voluntad de aplicación.

Para toda la ciencia jurídica, excepto Hans Kelsen, el poder del gobernante proviene de la ley. Para toda la ciencia política, excepto Hermann Heller, el poder de la ley proviene del gobernante. Si esto es cierto, hoy, los mexicanos estamos como el gato que perseguía a su cola porque lo menos que puede exigírsele a un Estado es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.

Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó o por no superar el atraso que él no indujo, pero es innegable que, ya de perdida, está obligado a aplicar la ley que el propio Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.

Es muy doloroso decirlo, pero el gobernante que no puede ni siquiera poner en vigencia sus propias leyes está derrotado y se encamina hacia el estado perfecto de impotencia política.

En la vida científica, el poder y la ley parecieran estar dispuestos para un ensamble fácil y automático. En la realidad cotidiana, este ensamble es difícil y complicado. Más aún, hay tiempos particularmente complejos en este aspecto.

Por eso, lo que en mi juventud supuse que se trataba de filosofía pura, con todas sus delicias, aunque con todas sus inocencias, hoy me vuelve a atormentar al ver, todos los días, que mi país se encuentra como nunca lo imaginé: Sumergido en una crisis de poder manifestada en el formato de la impotencia y la ingobernabilidad, y embarrado en una crisis de justicia expresada en la forma de inseguridad y delincuencia.

En el aula de la escuela, muchas veces, Eduardo García Máynez, Luis Recaséns Siches, Manuel Ruiz Daza, Agustín Pérez Carrillo y Juan Sánchez Navarro me hablaron del conflicto producido por el enfrentamiento entre justicia y poder. Después, en el aula de la biblioteca, Nicolás Maquiavelo, Julio Mazarino y Charles de Montesquieu me explicaron lo aprendido, pero, sobre todo en el aula de la vida, muchas veces platiqué con Jesús Reyes Heroles, con Sergio García Ramírez y con Antonio Martínez Báez sobre esa correlación y contrarrelación factorial.

Hoy habrá quienes argumenten, con muy sobrada razón, que las guardias comunitarias son el producto de la ineficiencia gubernamental, pero si de esa premisa verdadera derivamos el falso sofisma de la autodefensa abriremos la puerta del autogobierno, de la autotesorería, del autobanco, de la autoinspección, del autoejército y hasta de la autoelección. Aceptar un mal presente con la promesa de un buen futuro ha sido el argumento único de todas las subversiones, y de todas las dictaduras, a lo largo de la historia.

Tengo la esperanza de que México, un día, será un país más seguro, pero, asimismo, tengo la certeza de que los mexicanos nada de eso les deberemos a los guardias de autodefensa.

Lo cierto es que una casa hipotecada no se salva quemándola.

 

Abogado y político

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

 

 

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