Apodos, alias y apócopes

Frecuente que en todas las actividades, y en todas las relaciones de la vida, los humanos tengan un sobrenombre que los identifica

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Es muy frecuente que en todas las actividades, y en todas las relaciones de la vida, los humanos tengan un sobrenombre que los identifica, muchas veces, con mayor precisión que su propio nombre de registro civil o religioso. Y aquí los distingo ya de inicio porque ha sucedido que a un infante, los padres le ponen un nombre civil y otro religioso.
Ello se debe a diversas razones. Una es porque el padre quería un nombre y la madre otro. Total que lo dejan en un empate, creando, con ello, una molestia perpetua para el pobre chamaco, al que su padre le dice “Pepe”, mientras su madre le grita “Lalo”. Otra es porque a los curas no les gusta bautizar con el nombre que no sea de un santo. Luego, entonces, cuando al niño le quieren poner “Lenin”, el sacerdote obliga a que le pongan “José Lenin”, aunque ante el juez registral tan sólo aparezca este último.
Sin embargo, decíamos de las profesiones o actividades, las cuales tienen sus sobrenombres muy exclusivos. Por eso, los intelectuales usan seudónimo. Los actores nombre artístico. Los amigos nombre de cariño. Los revolucionarios nombre clave. Los políticos nombre de campaña. Los papas nombre de reinado. Los delincuentes usan alias. Los imbéciles usan apodo. Y las putas nombre de batalla.
No obstante, tengamos cuidado de no confundirlos ni tergiversarlos. Por ejemplo, no es lo mismo el apodo que el nombre de cariño. Todos los “José” somos Pepe. Como todos los “Franciscos” son Pancho y todas las “Guadalupes” son Lupe. Eso no es un apodo; es un apócope. No es una derivación perteneciente a la persona, sino a su nombre. En todos los idiomas pasa lo mismo. Los Joseph son Joe, los Robert son Bob y las Deborah son Debbie. Cualquier persona puede decirme “Pepe” o “Don Pepe” porque no es un apodo, el cual tan sólo se les permite a los amigos.
Ahora bien, ya que estamos en esto, decíamos que sólo los tarugos usan apodo. Esto es distinto a que las demás personas de su afecto lo usen para con él. Todos tenemos un amigo que es “el gordo”, “el flaco” o “el güero”. Así les dicen sus cuates y nadie más. Su secretaria no le puede decir “Oye, flaco” porque el que lo escuche empieza a maliciar con cochambre, aunque, seguramente, con acierto, pero lo que es estrictamente prohibido es que el propio aludido lo use para con él mismo y diga “avísele que le llamó el güero”. O “registren mi mesa a nombre del gordo”. Eso es propio y exclusivo de los babosos.
Los artistas, casi siempre, cuando se cambian el nombre, es porque el suyo les resulta muy feo. El famoso Javier Solís era, realmente, Gabriel Siria Levaria, y la famosa Dolores del Río era María Asúnsolo. Sin embargo, Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez y Silvia Pinal le dieron fama y gloria a su nombre verdadero.
Por su parte, los políticos hoy han agarrado la maña de usar su nombre como si fueran reyes. Es decir, sin apellido. “Vote por Macrino”. “Júpiter para gobernador”. Y lo peor es que la clase política hoy los llama por su nombre propio.
Desde luego que hay nombres que, por sí mismos, se constituyen en denominación de origen, sobre todo porque no sean muy usuales. Eso lo he vivido yo, que mi nombre no es común. De esa suerte, cuando algún amigo se refiere a “José Elías”, los demás suponen que se trata de Romero Apis y de ningún otro. Lo mismo he visto que sucede con Liébano, a quien así se le identifica más que si lo referimos como el licenciado Sáenz. O a Romárico, más que el ingeniero Arroyo. O a Nicéforo, más que al licenciado Guerrero.
Sin embargo, son más confuso aquellos que se refieren a los altos políticos como si fueran muy inequívocos para nosotros. Y nos desconcertamos si nos dicen que platicaron largo y tendido con Vicente, con Felipe, con Enrique o con Andrés, pero peor cuando se refieren a funcionarios menos conspicuos. “Le dije a Olga”. “Me llamó Javier”. “Platicaré con Alfredo”.
Si, en todos los países civilizados, los políticos, para distinguirse de los aristócratas, los importantes, usan su apellido, con eso lo han vuelto aristocrático. Rockefeller, De Gaulle, Alemán, y mil más, han dejado el nombre propio para uso exclusivo de los empleados de cercana confianza. “Dile a Felipe que barra el patio”. “Dile a César que lave el excusado”. Con eso todos sabemos que no se refiere al Habsburgo que gobernó a España ni al Iulia que rigió en Roma.
Algunos también se vuelven nombres referenciales que se agregan, inseparablemente, al nombre real del aludido. “El pendejo de Fulano”. “La puta de Perengana”. Hasta pareciera que así lo dicen sus tarjetas de visita. “Fulano de tal; pendejo profesional”. “Perengana de tal; puta aficionada”.
En fin, esto da para mucho. Con decirles que hasta hubo un gobernante tan inútil y tan grisáceo que parecía un apodo, un alias o un cariño cuando le decían “Señor-Presidente”.

Abogado y político
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Twitter: @jeromeroapis


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