AMLO y la amargura del incumplimiento y de saberse sin heredero

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Lo cómodo es decir que dos años después, si Andrés Manuel López Obrador es sincero y cree en lo que predica, hasta él debe aceptar el fracaso relativo de su concepción de cambio de régimen, y con ello la pérdida paulatina, un tanto imperceptible por ahora en Palacio Nacional, del amor de sus gobernados.

Y tendrá razón quien lo diga porque el Presidente parte de la premisa de que su movimiento y gobierno no son iguales a los pasados, aunque los hechos demuestren que no hay diferencia; no mucha con la etapa neoliberal y las anteriores en las que gobernó el PRI. Ni siquiera en la retórica.

Miguel de la Madrid, el abuelo del neoliberalismo, usó como lema de campaña “La renovación moral” y en su toma de posesión prometió que la patria no se le escurriría entre los dedos de las manos.

Y la promesa de bienestar no la acuñó la 4T; fue Ernesto Zedillo quien lo prometió para la familia y con sólo tres meses de campaña asestó la segunda derrota a Cuauhtémoc Cárdenas.

Resulta ocioso enumerar las asignaturas pendientes de la 4T porque al Presidente bastará con esgrimir la pandemia del coronavirus para intentar la justificación del por qué es tan poco lo conseguido en dos años de gobierno si se compara con lo prometido.

Pero vale la pena preguntarse si en verdad López Obrador ha fracasado en su misión mesiánica de construir las bases de una cuarta transformación.

Conforme a su promesa, el Presidente hoy debe anunciar que los cimientos de la 4T ya están instalados a tal profundidad que no habrá poder humano que permita el retroceso.
Ignoro qué dirá esta tarde, pero difícilmente podría afirmarlo sin incurrir en inexactitud porque si fuera lo contrario, no seguiría obsesionado con los conservadores que supuestamente conspiran contra él y su proyecto, identificándose con Francisco I. Madero a quien la muerte, bondad e ingenuidad impidieron cimentar su propia transformación.

Son tan recurrentes los señalamientos que parecieran manifestación de temor o al menos de preocupación.

En realidad, no tiene mucho que temer de los conservadores porque la lucha contra la corrupción, que no ha tenido el éxito que proclama, si tiene la virtud de mantenerlos arrinconados y paralizados.

Si nos atenemos al discurso oficial las cárceles deberían estar atiborrados de todo tipo de ejemplares de la corrupción que caracterizó al pasado, no sólo al sexenio anterior, pero al parecer a la 4T le basta con mantener inmóviles a quienes pudieran amenazar su existencia y consolidación.

Con excepción de Felipe Calderón y Ricardo Anaya, no hay políticos de las grandes ligas del pasado inmediato que se atrevan a sacar la cabeza. Su temor a Santiago Nieto, más que al fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, es manifiesto.

Mientras ellos se mantienen en lo que llaman bajo perfil, sus presuntos financieros, los grandes capitanes de empresa que se beneficiaban de su complicidad, desfilan con mansedumbre ejemplar a pagar al SAT sin escatimar un centavo y se alinean sin pudor, como siempre, con el nuevo Príncipe.

La exhibición en las conferencias mañaneras y Raquel Buenrostro los han sometido. Ya no se refugian en los tribunales a espera en su beneficio el paso de los años.

El gran triunfo de la 4T es haber hecho añicos a la oposición partidista y obligar a las fuerzas que apenas seis años atrás integraban orgullosas el Pacto por México a intentar una alianza electoral para disputar gubernaturas a Morena y algunos lugares en la Cámara de Diputados.

Sin duda se trata de un gran paso de la 4T, pero en todo caso sólo puede considerarse uno de los muchos cimientos que un cambio de régimen necesita para perdurar.

Para conseguirlo, el Presidente y Morena requieren algo más, mucho más, que no tener oposición, alinear al empresariado y mantener la lealtad militar al precio que por hoy puede pagar.

No obstante que el Presidente mantiene la buena opinión de dos terceras partes de la población, él y su partido no deben perder de vista que la sociedad está despertando como lo hizo en 2018 y, aunque parece imposible, no es improbable el surgimiento en el futuro mediato de un López Obrador (que no es Gilberto Lozano ni lo será Carlos Salazar Lomelín, como tampoco miembro alguno de la nomenclatura partidista sobreviviente) que pudiese cautivar a las masas.

¿En dónde está? No se percibe su presencia, pero es probable, sólo probable, que por ahí ande y ni quien se percate de que está en gestación.

Por lo pronto, los líderes y filósofos de la 4T deben aceptar que, a pesar la innegable popularidad, de lo mucho gastado en programas asistenciales electoreros y el éxito en raiting de la conferencia mañanera, ya no existe el fervor por López Obrador que se respiró en 2018.

Algo ocurrió. Quizás el coronavirus y la sana distancia que pusieron límite al baño de pueblo cotidiano, las crisis de salud, económica y de seguridad, o vaya usted a saber qué. Posiblemente el empecinamiento presidencial de ser el gobierno de un solo hombre que no escucha, convencido que el poder no se comparte ni siquiera con los supuestamente más leales que le han acompañado de siempre.

O quizás sea cierto que gobernar desgasta, lastima la popularidad y el pueblo ya no agradece los regalos porque sabe que no se trata de generosidad, sino de compra de votos.

Lo que sea, pero esta tarde al gran actor que es López Obrador no permitirá lo delate un mínimo su conciencia de la realidad porque está dispuesto a todo, excepto a aceptar el mínimo fracaso, que el pueblo le empieza a perder el amor que le profesó como opositor y que su influjo del pasado sobre las masas ya no es tanto como en los años de lucha.

Pero sobre todo la amargura de no tener a quién heredar el poder y la misión de garantizar la perpetuidad de la 4T porque en torno suyo no hay quien sea como él, pues se sabe inigualable.

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