AMLO nos prueba con el aeropuerto

Esperemos el final de la consulta; no habrá sorpresa; todo saldrá como el presidente electo lo dispuso hace tiempo; así es la democracia; 30 millones de mexicanos votaron por su estilo de hacer las cosas

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El presidente electo debe estar la mar de divertido al vernos metidos en un debate ocioso sobre un tema del que, a todas luces, tiene una decisión tomada: ¿Proseguir la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco? ¿Hacerlo en Santa Lucía? ¿Mantener el actual auxiliado con la remodelación del de Toluca y el apoyo de los de Querétaro o Puebla?

Mientras niega al “pueblo sabio” el derecho a opinar sobre un tema cargado de cuestiones técnicas de todo tipo y costos financieros que hasta a los “expertos”, como Javier Jiménez Espriú, cuesta trabajo entender y explicar, la aristocracia de la opinión publicada tomó el reto e hizo su trabajo agenciándose toda la información disponible para demeritar la consulta convocada por Andrés Manuel López Obrador y apoyar la conclusión de la terminal aérea en Texcoco.


No hay tregua: Día a día, el presidente electo induce a quienes acudirán a las urnas a votar a favor de cualquier opción y en contra de Texcoco, mientras todo aquel que tiene a su disposición un micrófono o una página de periódico aboga por concluir la obra, que ya lleva una tercera parte de adelanto.

Ya no hay más que decir ni escuchar, ni leer, sin correr el riesgo de aturdirnos, más ahora que empresarios conspicuos y desinteresados, como Carlos Slim y Miguel Alemán, abogan por el abaratamiento de la obra y apoyan cualquier combinación de soluciones.

Al final de la jornada, sea cual sea la decisión que prive, habrá que pensar, con detenimiento, cuál fue la intención de Andrés Manuel al meternos en un debate cuyo saldo es que la opinión publicada superó el miedo que le causó el aplastador triunfo electoral del candidato de Morena y, en su mayoría, se atrevió a discrepar no solamente de la opción de Santa Lucía y los remiendos a los otros aeropuertos, sino del método para consultar directamente al pueblo sabio brincándose la “democracia representativa” (lo que nos llevaría a un debate, este sí peligroso, sobre la conveniencia de la existencia del Congreso) y la consulta vía el INE que ya prevé la Constitución.

No hay duda, el pretexto del aeropuerto en Texcoco sirvió al presidente electo para poner a prueba no sólo a nosotros y a los empresarios hermanos de la caridad, sino a sus colaboradores más cercanos, que mostraron saber muy poco o nada del tema, incluido el designado secretario de Comunicaciones, Jiménez Espriú, y a él mismo.

El problema está en saber en qué consistió la prueba.

En su caso se entiende qué quiso probarse y probarnos: Que puede resistir la presión por intensa que sea y seguir adelante con decisiones tomadas de antemano.

En el caso de sus colaboradores, ¿qué tan preparados están para sostener sus decisiones y desempeñarse en los puestos para los que los ha escogido?

¿A qué están dispuestos los empresarios para hacer negocios en el sexenio? ¿A decirle la verdad o hacerle el juego?

¿Y la prensa? ¿Guardar silencio o ser capaz de atreverse a discrepar?

Ignoro si esta fue la intención de un debate que nos pudimos ahorrar si al inicio de su gobierno, y en uso de sus atribuciones, Andrés Manuel hubiese anunciado que, tal como lo dijo en campaña, la construcción del aeropuerto en Texcoco no continuaría y que su gobierno se arriesgaría por la opción de Santa Lucía, sin importarle que Troya ardiera, que las calificadoras nos castigaran aún más, echar a la basura miles de millones de pesos y arriesgarse a comprobar si los aviones no chocan porque se repelen cuando están a punto de colisión, según dice el ingeniero José María Riobóo.

Más allá de lo que intentase probar el presidente electo, ahora sabemos que los ganadores de los contratos están cobrando 20 mil millones de pesos de más, por lo menos, pero que hay disposición a sacrificarse y dejar de ganarlos.

Y esto ya es ganancia.

Esperemos el final de la consulta. No habrá sorpresa; todo saldrá como López Obrador lo dispuso hace tiempo. Así es la democracia; 30 millones de mexicanos votaron por su estilo de hacer las cosas.

 

 

 

 

 

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