AMLO no teme un golpe de Estado militar

¿Qué ocurrió en los últimos meses para que, conforme a sus discursos, aquellos soldados y marinos que masacraban a jóvenes y violaban derechos humanos por todo el país se convirtieran, de pronto, en Cascos Azules dispuestos a respetar las garantías de los civiles?

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Está claro que el Presidente López Obrador no teme a que, con tanto poder que desea dar, constitucionalmente, al Ejército, su gobierno sufra un golpe de Estado.
En la conferencia mañanera realizada en Monterrey, insistió en que el Ejército Mexicano es diferente a los de otros países: “No es golpista; es respetuoso de la autoridad civil; leal al pueblo; surgido al pueblo. El soldado es pueblo uniformado y los altos mandos no pertenecen a las élites del poder político, a la oligarquía”.
Y remató: “Es una gran institución”.
López Obrador dio en el clavo. La oposición a que el Ejército tenga tantas facultades, como la conversión de la defensa nacional en seguridad pública, tiene que ver con el temor, de algunos sectores de la población, de que nuestras Fuerzas Armadas, cuya lealtad ha sido enaltecida por todos los mandatarios posteriores al “Chacal” Victoriano Huerta, lleguen a tener la tentación de tomar el poder ante una posible desestabilización política nacional.
No se trata aquí de un problema de liberales contra conservadores, sino de historia.
Es cierto todo lo que dice el Presidente; nuestro ejército no es golpista; sus mandos no pertenecen a ninguna oligarquía; los soldados son pueblo uniformado, pero la tentación del poder es inmensa, sobre todo si los políticos civiles (también los hay uniformados) provocan la confrontación nacional y la consecuente desestabilización.
Cuando se acercaban las elecciones del 2000, las encuestas indicaban que el triunfador sería el priísta Francisco Labastida Ochoa, mientras en la calle se respiraba el triunfo de Vicente Fox. A una pregunta de IMPACTO al secretario de la Defensa Nacional, Enrique Cervantes, sobre cuál sería la actitud del Ejército en caso de que hubiese problemas, la respuesta fue categórica: “No somos el IFE”.
Y lo cumplió: La autoridad electoral dio el triunfo al panista y, de inmediato, el Ejército se alineó con el candidato ganador, exhibiendo su vocación constitucional.
Mucho antes, en los años difíciles de Gustavo Díaz Ordaz, al secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, le ofrecieron tomar el poder dado que el Presidente estaba incapacitado por motivos de salud y por la efervescencia política que imperaba en el país.
El general jalisciense rechazó el canto de las sirenas y las Fuerzas Armadas actuaron conforme a su juramento.
López Obrador tiene confianza en las Fuerzas Armadas de su tiempo y razones le sobran para confiar en ellas, pero no puede dejar de escuchar a quienes rechazan la militarización del país sólo porque para él son conservadores.
En realidad, quizá al Presidente podría bastarle con revisar sus discursos de campaña para recordar sus ataques a las Fuerzas Armadas por presuntas violaciones a los derechos humanos.
¿Qué ocurrió en los últimos meses para que, conforme a sus discursos, aquellos soldados y marinos que masacraban a jóvenes y violaban derechos humanos por todo el país se convirtieran, de pronto, en Cascos Azules dispuestos a respetar los derechos de los civiles?
Esta conversión de nuestras Fuerzas Armadas, de violadores de derechos humanos en campaña electoral a Cascos Azules en el gobierno, quizás sea uno de los grandes milagros de la Cuarta Transformación.
El verdadero temor a la militarización del país no tiene que ver con la posibilidad de un golpe de Estado, sino con lo contrario, es decir, el fortalecimiento del gobierno.
Aunque, hay que decirlo, contamos con la promesa del Presidente de que, como comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, nunca dará la orden de reprimir al pueblo.


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