A la ruina

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Hace mucho le conté de una tía del lado paterno, los de Autlán, que en primeras nupcias se casó con un garrudo ranchero afamado domando potros que le resultó un poco brusco y lo dejó para casarse no mucho después, con un violinista de Guadalajara, atildado y un poco más refinado de lo aconsejable al que dejó para restablecer su primer matrimonio con el bruto aquél al que volvió a dejar después de una diferencia de opinión que dirimieron a tiros; la incansable tía incurrió en un cuarto matrimonio, ahora con el médico del pueblo que a más de ser viudo y decentísimo, agotó sus últimas reservas de vigor en pocas semanas lo que a la tía mortificó tanto que tuvo que dejarlo para volver con el primero por tercera ocasión. La abuela Elena decía sonriendo sin entrar en detalles, que su prima siempre se olvidaba de los defectos del primero y nomás se acordaba de una cosa muy buena que tenía. Se dan casos.

No sé usted pero mucha gente tiende a idealizar el pasado, a recordarlo olvidando cómo realmente fue, con sus luces y sombras. Se reúnen los que estudiaron juntos la Primaria y se ponen una feliz guarapeta palmoteándose los lomos unos a otros, intercambiando alegres anécdotas con ese calvo y panzón, que fue el terror de todos y les robaba la torta en el recreo. Sí, no es raro, por eso el señor Manrique escribió eso de que a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado, fue mejor.

Viene esto a cuento por los tiempos que corren en el México de ahorita mismo. Una mayoría apabullante eligió en 2018 un Presidente que aseguró largamente, saber cómo llevar al país a un futuro promisorio; cómo abolir nuestra inveterada corrupción desde el mismo instante en que asumiera el poder, pues la depravación de la vida pública sólo era posible con presidentes cómplices; cómo restaurar la seguridad en el país en seis meses (luego en un año, después en dos, ya sin fecha); cómo hacer crecer la economía al doble que antes; cómo desterrar la pobreza; en resumen: Cómo transformar al país.

En los primeros meses en el ejercicio del poder, fue comprensible la recurrente referencia del Presidente al ominoso pasado; después, el pasado en su perpetuo discurso, adquirió tinte de excusa; finalmente la pandemia rescató su ya desgastado pretexto y pudo decir: “¡Tan bien qué íbamos!”, explicando sin darse cuenta, su anterior afirmación de que esta peste le vino “como anillo al dedo”.

El repudio presidencial al pasado, se acota a los últimos 30 y pico años, de Salinas de Gortari a Peña Nieto, tiempos de neoliberalismo-conservador-capitalista-enemigo-del-pueblo, enalteciendo sin miramientos, otro pasado, el de Cárdenas, Madero, Juárez, Hidalgo, Morelos… y el del imperio azteca que arrasó la diabólica dupla España-Iglesia.

Así, el Presidente parece creer que vivimos tiempos idílicos, de presidentes ejemplares, en el México de la Reforma del siglo XIX, la Revolución del XX y en la era dorada del priísmo imperial (el cardenismo como paradigma reforzado en el echeverriato). Y así, sin anestésico, se nos ha injertado un proyecto sexenal de retorno al pasado:

Retorno al poder centralizado en la persona del Presidente; retorno al nacionalismo revolucionario; retorno a aquellos buenos tiempos en que la economía se dirigía desde el despacho presidencial; retorno a la autosuficiencia energética; retorno a la autosuficiencia alimentaria; rechazo a la mecanización del campo y promoción del uso del machete; retorno a los cultivos tradicionales y negativa al uso de fertilizantes; retorno al tren como transporte de personas (¡La revolución se hizo en tren!), invirtiendo carretadas de dinero en un trenecito, el Maya, que no va a ningún lugar. Retorno al pasado.

Parece muy sólido proponer que México sea autosuficiente en lo energético, conseguir que el país produzca todos sus combustibles, gasolinas, diesel, gas y electricidad, sin dependencia ninguna de empresas extranjeras. Sí, no suena mal, pero no es ese el proyecto, sino descartar la participación del capital privado y restaurar a Pemex y CFE como monopolios del Estado, con la mejor intención, concedamos.

El discurso presidencial evoca un pasado bucólico, prístino, en el que Pemex y CFE eran fuente de bienestar nacional, orgullosamente propiedad de todos los mexicanos. Bueno… nunca fue así: El petróleo y la electricidad eran del gobierno, particularmente de las obesas burocracias que los administraban, cuyos principales beneficiados no fuimos “los mexicanos” sino sus sindicatos, que esos sí fabricaron comaladas de millonarios.

Se nos olvida: Pemex y CFE tuvieron su oportunidad, no corta sino muy larga: Fracasaron. Pemex sí entregó cataratas de dinero al erario, pero sin decirnos que contrataban deuda para sostener el circo. Pemex hoy debe más de 113 mil 200 millones de dólares (2’’200,000’000,000.00 de pesos; por si le cuesta trabajo leerlo, son 2.2 billones de pesos, millones de millones); y ahora resulta que esa deuda de esa empresa, la van a pagar con nuestros impuestos, bonita cosa.

Ahora dice el Presidente que está sembrando petróleo (Huimanguillo, Tabasco, 6 de diciembre de 2019), para a partir del año 2021, tener excedentes que inundarían de dinero al erario para bienestar de “nuestro pueblo”. Bueno ya estamos en 2021… y nada, Pemex sigue siendo un barril sin fondo y lejos de beneficiarnos, ahora nosotros “su pueblo”, vamos a pagar lo que debe. ¡Ah! y el mundo va en rumbo contrario, para dejar de usar combustibles fósiles.

El “Financial Times”, afirmó ayer que el Presidente López Obrador es un enamorado de las malas ideas, que sufre “una atracción apasionada por ideas e ideologías que han sido probadas y fracasadas infinidad de veces en México y América Latina”. Y nos recuerdan desde el extranjero que eso es necrofilia ideológica. Qué feo.

La solución en el malhadado sexenio pasado, fue la apertura de esos sectores a la inversión privada nacional y extranjera. Tal vez no sea muy patriótico, pero es menos patriótico el proyecto de la 4T que lleva al país completo a la ruina.

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