Populismo descabezado

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En días pasado comenté en este espacio que en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos estaban en juego muchas cosas, pero sobre todo representaba un primer juicio social sobre el desarrollo del gobierno populista más representativo a nivel internacional, de esta peculiar forma de gobierno y todo lo que ello representa. Sin duda dio la batalla, pero perdió, aunque continué pataleando en sus estertores de su finiquito.

El populismo a nivel internacional pierde a su más conspicuo representante y deja una estela de repercusiones institucionales y sociales que no serán fáciles de desaparecer. Al final estos gobiernos responden a pulsaciones sociales profundamente arraigadas que los nutren y les dan vitalidad. No desaparecerán de la noche a la mañana, son una manifestación de la propia incapacidad o perversión de nuestra vida democrática.

El gobierno del presidente Donald Trump no será un tema meramente anecdótico ni un accidente en el devenir histórico de la vida democrática de la principal potencial del mundo, las contradicciones que lo forjan y las desigualdades sociales que lo nutren estarán ahí y seguirán expresando su insatisfacción de una u otra forma. Muchos estarán contentos, y me incluyó, del desenlace de un gobierno que no resuelve, sino acrecienta y enardece nuestras contradicciones sociales, pero entraremos en un círculo perverso, si no nos dedicamos a atender esos agravios sociales.

Después de todo, podemos respirar aliviados porque nuevamente la vida democrática sirve para resolver incluso estos episodios riesgosos, pero también deberá servir para canalizar, resolver y atender las enormes brechas sociales que existen en nuestras sociedades contemporáneas. No podemos estar tranquilos frente a las cada vez mayores desigualdades sociales, ya sabemos que en su seno se incuban los gobiernos populistas que nos retrotraen en todo aquello que hemos avanzada, blandiendo la espada de la política justiciera.

Para México, más bien para el gobierno de López Obrador, se pierde un referente político cuya empatía lo nutría en sus desvaríos, lo hacía no sentirse sólo en sus despropósitos, pues representaba un aval crediticio en sus desbalances financieros; era para la 4T el salvavidas de su insensatez económica.

Hoy, aún y cuando pide que no le quiten el respirador artificial al gobierno Trumpista y niegue la muerte asistida, al final será una víctima más del coronavirus, y este gobierno sabe en el fondo que si no se reinventa correrá la misma suerte, la final el peor enemigo de estos gobiernos es aquello que les dio vida, la democracia, y es cuestión de tiempo pues solamente esperarán su turno para su propio enjuiciamiento.

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