A la 4T se le acabó la perspectiva

Compartir:

>Está hundido, fatigosamente, en el presente; ser humilde y sensato es claudicar frente a los adversarios

Los procesos electorales presidenciales en cualquier parte del mundo son, en primera instancia, una batalla por vender futuro devaluando el presente y cuando los candidatos son, principalmente, populistas idealizando el pasado; el candidato que gana regularmente es porque fue más eficaz para conectar su venta de futuro, vendió bien perspectiva y, por tanto, generó suficiente confianza. El gobierno de la 4T, independientemente de sus argumentos, entendió que para ganar la Presidencia después de dos intentos debía generar confianza, y para ello se abocó a vender perspectiva; se adueñó del futuro de nuestro país.

Que, finalmente, la corrupción se iba a acabar porque dejaría de ser una política de Estado; que el dinero que se ahorraría de la corrupción se iba a dirigir, directamente, al presupuesto en un monto de 500 mil millones de pesos; que la seguridad se mejoraría porque ya no habría necesidad de delinquir; que los nuevos programas sociales abatirían la pobreza; que ya no habría jóvenes “ninis”; que el sistema de salud mejoraría igual que en los países escandinavos; que el crecimiento económico del país sería de 4% en promedio, pero que iniciaríamos, mínimo, en el primer año, con un 2% del PIB; que habría una descentralización de la vida política del país y que las Secretarías del gobierno federal, todas, se desplegarían a las entidades federativas; que la política energética haría de Pemex un pilar para el desarrollo nacional porque sus ganancias económicas, directamente, se enfocarían al desarrollo productivo; en fin, éste fue el compendio de argumentos dichos una y otra vez para crear una narrativa y poder darle perspectiva al nuevo proyecto de gobierno y, por tanto, un importante soporte de confianza y certidumbre al gobierno de la 4T.

Los niveles de aprobación y confianza medidos en todas las encuestas nacionales durante los primeros meses del gobierno daban cuenta de ello; AMLO representaba el estandarte de la confianza ciudadana y la conquista del futuro igualador; por fin haría justicia la Revolución. Con todo y sus formas, sus dichos y su toma de decisiones, el gobierno de López Obrador era un fenómeno internacional por su alto nivel de aprobación social aún y cuando era reconocido como un gobierno eminentemente populista.

Las primeras adversidades no tardarían en hacerse presentes; la seguridad publica no modificaba sus incidencias delictivas, sino, al contrario, que las acentuaba; la aplicación de la política de austeridad republicana tendría repercusiones graves en sectores como la salud y la distribución de medicamentos, que provocarían los primeros escándalos de política pública; vendrían las primeras evidencias del estancamiento de la economía; la inversión privada mostraría su rechazo a la política económica del gobierno; la política de migración y su desorganización provocaría graves desencuentros con el gobierno de Trump; poco a poco se iniciaría el proceso de prematuro de desgaste institucional del gobierno de la 4T y, con ello, el desencantamiento.

El principio del año 2020 marcaría el inicio del fin; dos noticias marcarían la pauta: La transición caótica del Seguro Popular al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) y los primeros casos del coronavirus en la ciudad china de Wuhan, provincia de Hubei; ambos se complementarían con la fallida implementación de la política de seguridad pública en el país en su vertiente más mediática, pero no por ello menos terrible, como lo son los feminicidios, y, finalmente, la continuación del proceso de descomposición de la economía del país; se reconocía, oficialmente, que México estaba inmerso en una grave recesión económica.

Para el segundo trimestre del 2020, 16 meses después de tomar posesión al cargo de Presidente de la República y con más de 30 puntos menos de la aprobación con la cual había iniciado, la narrativa ya es otra; el único elemento que continúa presente es el combate a la corrupción más como un elemento central de la retórica oficial que como un eficaz instrumento institucional de política pública.

En la 4T ya no se habla de crecimiento económico; ya no digamos de un 4 por ciento; ya no se habla de la pacificación del país como producto de la aplicación de un eficaz combate a la inseguridad: ya no se habla de un sector de salud como el escandinavo; ya no se habla de Pemex como un pilar para el desarrollo del país; simplemente se administra la realidad. Se habla, se habla y se habla, pero no se hace gobierno. Frente a la desgarradora evidencia se opta por la retórica vía la propaganda.

Este gobierno, en muy poco tiempo, ha perdido la perspectiva; está hundido, fatigosamente, en el presente; administra los malos datos, las evidencias más trágicas y funestas; justifica la realidad escudándose en que los otros eran peores. “Tenemos un crecimiento negativo de 1.6% del PIB, pero nuestros enemigos decían que iba a ser peor”. Su lema, hoy, es su losa: La esperanza de México.

Todos los gobiernos, regularmente, al final de su mandato pierden el sentido de la perspectiva sea porque la realidad los derrotó o porque perdieron los incentivos para ello; lo raro es que suceda demasiado temprano, porque perder la perspectiva es el sentido de la expectativa, de la confianza y de la esperanza.

El único camino para corregir esto sería la humildad y la sensatez, sin embargo, para el líder de la 4T, eso es claudicar frente a sus adversarios; eso no está permitido para un revolucionario. Preferirán ser recordados como un fatídico error histórico que no germinó por las fuerzas oscuras del conservadurismo o algo parecido se les ocurrirá.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...