‘…Un 26 de marzo de 1913’

Convocó a las fuerzas ya dispersas de la Revolución originaria de 1910, para refrendar su lealtad a los principios de la misma sin esperar premio ni retribución alguna que no fuese la de salvar el honor de los mexicanos

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Un acontecimiento histórico no suficientemente entendido y destacado en nuestras efemérides nacionales, es el de la insubordinación inmediata del gobernador de Coahuila y su Congreso ante la usurpación de la Presidencia de la República por parte del general Victoriano Huerta, con la participación de sus secuaces  bajo el auspicio de Henry Lane Wilson, embajador de los Estados Unidos de Norteamérica en México, quien, además, logró neutralizar a los representantes diplomáticos de otras naciones, salvo honrosas excepciones como Cuba y Japón, para aceptar tácitamente  que el ominoso asesinato de un Presidente en ejercicio podía no ser impedimento para que su autor, fuese ascendido a ser el sustituto en el cargo presidencial, si conseguía la complicidad mayoritaria de los miembros del Congreso federal.

Venustiano Carranza no condescendió con ese inadmisible acuerdo que trastocaba nuestras instituciones políticas republicanas y frustraba la realización de los propósitos de la misma Revolución.


Prefirió contra toda esperanza y arriesgando la propia vida, enfrentar la amenaza antes que claudicar y asumir la humillación de un país hundido y lacerada su soberanía.

La dimensión de este acto de patriotismo ha sido subvaluado y hasta demeritado porque Carranza fue ante todo intransigente con los dobleces en la política. Su ideario era tan claro que ese 26 de marzo de 1913 en la Hacienda de Guadalupe, Ramos Arizpe, Coahuila, convocó a las fuerzas ya dispersas de la Revolución originaria de 1910, para refrendar su lealtad a los principios de la misma sin esperar premio ni retribución alguna que no fuese la de salvar el honor de los mexicanos. La Constitución había sido pisoteada, el Estado de derecho había quedado sepultado, el futuro de México con los tres Poderes sometidos había quedado en manos de una gavilla de la peor ralea con las manos bañadas de sangre inocente que truncaba el mejor destino para la vida de un país que sobrevivía en la indigencia.

Sobreponerse a esa ominosa realidad que parecía inamovible, no fue una hazaña menor. Carranza fiel a los valores republicanos que profesaba nunca aceptó ser el general o comandante supremo de las fuerzas insurrectas al gobierno impostor y asesino; él sólo admitió ser el jefe del Ejército Constitucionalista con carácter temporal mientras se reinstalaba la vigencia plena del orden constitucional y se conformaba un gobierno legítimo de origen democrático. Ni los halagos, ni el uniforme de gala, ni las insignias de grados, perturbaron su convicción de que como lo señalaba la Constitución, el gobierno debería ser “civil a ultranza”, al margen de las tentaciones de confundir la fuerza del derecho por la de las armas; estas últimas reservadas excepcionalmente para la defensa del territorio nacional y subsidiariamente para reencausar a las instituciones nacionales cuando, como era el caso, la injerencia de una potencia extranjera a través de su embajada, había consumado el proditorio crimen de la máxima autoridad de la nación.

Vistió siempre con sobriedad y se comportaba con la seguridad de su ascendiente moral. Una chaqueta larga sin más elementos que los botones fue su usual vestimenta. Estratega excepcional en las artes militares, dejó a sus subordinados la mejor ejecución en el campo de batalla. Para Carranza era más importante y trascendente el objetivo de restituir el régimen constitucional para lograr el término de la guerra y la prevalencia de las garantías para la práctica de un gobierno al servicio del pueblo, sujeto a un marco de deberes y obligaciones irrenunciables para mejorar la vida de los más débiles e integrarlos a una nueva etapa de desarrollo compartido a nivel nacional. Este era el proyecto  prioritario que inspiraba su recia voluntad. Austero con imponente presencia, se alejó siempre del egocentrismo que le limitara su acercamiento a la realidad de los mexicanos. Por ello nunca tuvo reservas para llamar al talento y a la virtud de los mejores hombres para integrar el gabinete, respetando siempre sus ideas y aportaciones. Prueba de esa disposición de escuchar y aceptar fue la de la apertura que dio a los constituyentes del 17 para enriquecer la iniciativa del Ejecutivo constitucionalista con la de los diputados que llegaron de todos los rumbos del país para culminar la obra del gran país que estaba en proceso.

Su dramática muerte en Tlaxcalaltongo, víctima de una traición, la del general Rodolfo Herrero, fue más que una afrenta a México por sus incalculables consecuencias. El hombre que enfrentó los peores momentos estaba indefenso en la oscura y tormentosa noche del oprobio cuando dormía agotado por la larga travesía que formó parte de la trama para sorprenderlo inerme en el lecho en el que descansó su cuerpo para siempre. Su pecado fue no cejar en el compromiso: la Constitución tenía que ser cumplida, no se aceptaría poder alguno sobre ella, el subsuelo del territorio nacional, petróleo, minerales, aguas etc., era pertenencia exclusiva de los mexicanos.

Las expropiaciones de latifundios eran irreversibles, la soberanía nacional era intransferible y la posición de México en el escenario de la Primera Guerra Mundial era por la prevalencia del derecho de gentes y la solución pacifica de los conflictos.

Remataba siempre con la inalterable convicción de que el gobierno civil debe prevalecer por sobre los intereses de quienes pretenden cobrar méritos en la revolución transitoriamente militar, con parcelas de poder.

El Plan de Agua Prieta cumplió el vergonzoso papel que con anticipación había asumido la embajada norteamericana.

 

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