Trump en el espejo de AMLO… y viceversa

Mientras el todavía Presidente de EU clama fraude, quizá elucubra “tomar” Avenida Pensilvania, y hasta acusar de espurio a Biden, en México la 4T debiera sopesar el lío en que el populismo ha metido a distintos gobiernos

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Donald Trump, a punto de perder la reelección y desesperado, quizá no deseche la idea de ver hacia el sur, y que le soplen algún tip de librito sobre el perfecto defraudado electoral.

> López Obrador debiera aprovechar los cuatro años que restan a su mandato para ser el presidente que el país necesita en estos tiempos oscuros

>Sería trágico que desde el poder Morena acudiera en 2024, como hoy hace Trump, a denunciar que le cometieron fraude

En Estados Unidos escuchamos reclamos de fraude electoral y exigencias de parar el conteo de votos acompañados de la insólita reacción de las grandes cadenas de televisión por cable de cortar los discursos de Donald Trump y no dar cabida a sus mensajes maliciosos quejándose de ser víctima de robo por parte de Joe Biden.

Y en la conferencia mañanera del viernes el presidente López Obrador reitera por enésima ocasión que en los últimos 30 años Cuauhtémoc Cárdenas sufrió tres fraudes electorales y dos él, hasta que llegó el venturoso 2018 y terminaron los robos electorales para siempre.

La cantaleta de Trump sirvió para todo tipo de comentarios, bromas y memes que se pueden resumir en la parodia de Brozo equiparando al Trump del 2020 con el López Obrador del 2006 que exigía contar casilla por casilla y voto por voto y se plantaba durante meses en las avenidas Reforma y Juárez.

El lenguaje de ambos mandatarios se parece tanto que hasta se podría apostar que en la visita a la Casa Blanca el mexicano dio un curso intensivo al norteamericano de cómo reaccionar cuando se sienten perdidas las elecciones, pero como no tuvieron un minuto a solas no existió oportunidad para que López Obrador le entregara un manual sobre cómo debe conducirse el perfecto defraudado electoral.

En sus primeros dos años de gobierno, López Obrador ha perdido tiempo
en desquitarse de quienes le impidieron llegar más joven y en mejores condiciones físicas al poder.

Así que deberemos aceptar que Trump observó las elecciones mexicanas de 2006 y siguiendo el guion su próximo movimiento será un plantón en la avenida Pensilvania, declararse presidente legítimo en un acto multitudinario y calificar a Joe Biden, si gana, de espurio.

Aunque a diferencia del López Obrador que perdió por escaso margen con Felipe Calderón, el Trump de hoy tiene a su favor la Suprema Corte de Justicia que al final podría darle el triunfo si el proceso electoral llega a judicializarse.

El tiempo de espera para conocer el resultado electoral norteamericano permite desempolvar el libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt que explica “Cómo mueren las democracias” (Planeta, 2018).

El personaje más atractivo de los autores es Donald Trump triunfador en 2016, pero se trata de una narrativa sobre el populismo mundial que se lee con facilidad hasta llegar a la conclusión de que el peor enemigo de la democracia es la democracia y que en la actualidad las urnas suplen a los golpes de Estado.

Nada nuevo para los mexicanos que nos acostumbramos a casi un siglo de priismo con un mínimo intermedio de panismo priizado que sucumbió para retornar sin violencia al priismo de los años 70 a golpe de votos.

APUROS Y TRASPIÉS

Hoy mismo en México se prepara el terreno para que el priismo transmutado en Morena se mantenga una larga temporada en el poder recuperando sus características de tiempos de Lázaro Cárdenas, Adolfo Ruiz Cortines y Luis Echeverría. Y todo en nombre de la democracia.

El tiempo dirá si para el país es bueno o no el regreso de este priismo que sobrevivió pujante a pesar de las alternancias del 2000 y del 2012.

Los dos primeros años del gobierno de López Obrador indican que no porque el presidente ha perdido tiempo en un largo intento de desquitarse de quienes le impidieron llegar más joven y en mejores condiciones físicas al poder.

No ceja en la venganza. En la mañanera del viernes insistió en llevar a tribunales y eventualmente a una celda a Felipe Calderón. Dijo que entre todos debemos decidir, a través de la consulta popular, si debe ser juzgado. Recordó que pidió al Congreso, y éste, a su vez, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, si procedía la consulta y lamentó que al final la pregunta para la consulta modificada por la Corte sea un poco ambigua, “confusa”, y sentenció que la ambigüedad “en su momento se va a aclarar”, será un “sí” o un “no”.

En desquite, con pretexto de la innegable corrupción que imperó en las últimas décadas, la Cuarta Transformación, como llama al movimiento con el que se equipara a los grandes transformadores que figuran en la historia patria, empezó a dar traspiés, sobre todo en política económica.

Luego vino la pandemia del coronavirus, la que le vino como anillo al dedo para sacar avante su movimiento. Pero con casi 100 mil muertos y un millón de contagios, ya no puede seguir acuñando frases como la que hoy quisiera borrar de los medios de comunicación que la atesoran cual si fuera joya.

No se trata de hacer un recuento de los problemas acumulados en dos años de gobierno, pero lo ocurrido en el primer tercio del sexenio nada bueno presagia porque aún y cuando el presidente a diario dice que las cosas van bien y que la economía mejora, lo cierto es que tiene que echar mano de medidas dramáticas, como reducir el aguinaldo de sus colaboradores porque los guardaditos se agotan, ya no quedan fideicomisos a los que arrebatar el dinero, la industria petrolera no tiene para cuando y el coronavirus sigue cebándose en la población.

EL INSOPORTABLE POPULISMO

Más allá de quien se levante con el triunfo en Estados Unidos, la lección a rescatar es el rechazo de medio país al populismo, como está ocurriendo en Brasil e Inglaterra.

López Obrador aún tiene cuatro años para enderezar el rumbo y no heredar a su sucesor, quien sea, una crisis triple, política, económica y de seguridad, pero para realizar el milagro debería guardar en cajón de los recuerdos las medidas populistas que caracterizan a su administración.

Es demasiado pedir porque no concibe otra manera de gobernar y no tiene en su corte quien se atreva a contradecirlo o proponer medidas diferentes.

Observando los problemas electorales de Trump debería pensarlo detenidamente porque todo tiene su origen en el populismo exacerbado del mandatario norteamericano que resultó insoportable para la mitad de su país.

A diferencia del de Trump, el triunfo de López Obrador fue indiscutible. Los electores le dieron los poderes Ejecutivo y Legislativo y él tomó lo que le faltaba, el Judicial. Con todo en su alforja se esperaba un gobierno sin precedente; lo ha sido, pero no en el mejor de los sentidos.

No obstante, mantiene su popularidad y apoyado en el presupuesto alimenta y acrecienta su base electoral mientras su oposición continúa petrificada, salvo algunos gobernadores que le dan cierta pelea por cuestiones presupuestales.

Están por venir dos elecciones, la intermedia en 2021 que involucra a la Cámara de Diputados, a la mitad de las gubernaturas, sus congresos locales y municipios, y no hay manera de hacer vaticinios.

Menos aún se pueden cruzar apuestas para la revocación de mandato en 2022. Hay quienes suponen que los electores decidirán que regrese a su finca en Palenque, pero para eso se requeriría que todos los que lo desean y muchos más acudieran a votar en su contra. Quizás no repita la cifra de 32 millones de votos a su favor, pero estará muy cerca mientras sus malquerientes difícilmente podrían arañar esos números.

Al margen de los resultados electorales de los dos años siguientes, si López Obrador mantiene su decisión de ingresar a la historia como transformador debe despojarse del vestuario de populista y aprovechar los cuatro años que restan a su mandato para ser el presidente que el país necesita en estos tiempos oscuros.

Sería trágico que desde el poder Morena acudiera en 2024, como hoy hace Trump, a denunciar que le cometieron fraude.

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