La política y el hubiera

Todo esto es tan sólo un teorema. No lo podemos comprobar pero, tampoco, lo podemos desestimar

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He escuchado muchísimas veces en la vida que, en materia de  política, no existe el hubiera.

No tengo una aceptación total de este postulado pero, desde luego, lo entiendo como un rechazo a toda forma de ensoñación que suele instalar a los frustrados en la nostalgia por una fortuna ideal que nunca les sonrió.

Que si mi compadre “hubiera” sido presidente… que si a mi jefe no lo “hubieran” corrido… que si mi abuelita “hubiera” sido macho. En fin, toda esa sarta de suposiciones de hechos que si se “hubieran” realizado nosotros “hubiéramos” sido poderosos, potentados o hasta próceres.

En esa fórmula reconozco y acepto hay plenitud de razón. La política no es un ejercicio de lo romántico sino de lo real. Su insumo básico, como diría Ortega y Gasset en su Mirabeau, es una materia sólida y rígida que conocemos con el nombre de “realidad”.

Pero también nos dice el padre del raciovitalismo que su propósito esencial es transformar esa realidad y que eso sólo se logra con un componente dúctil y maleable al que solemos llamar “imaginación”.

Con esto quiero decir que el ejercicio político es propio y exclusivo de la especie humana, que es la única dotada de facultad imaginativa. Ninguna bestia podría ser un político debido a que es realista a plenitud.

Sólo comprende lo que existe en la realidad y carece totalmente de imaginación. Sólo el hombre puede, además de ser realista, ser surrealista si entiende lo que no es, ser suprarrealista si entiende lo que puede ser y ser idealista si concibe lo que quiere que sea.

Desde luego, ello siempre que pueda distinguir todos esos diferentes mapas mentales. Si los confunde es un esquizofrénico o es un imbécil.

Por eso mismo ningún bruto puede ser un verdadero estadista, mucho menos ser un visionario y ya no se diga ser un caudillo.

Por eso es innegable el aristotélico ‘zoom politikon’ que nuestros maestros se esforzaron por inculcarnos, aunque fuera casi “a fuerzas”.

Por eso, también, el verdadero político está capacitado para tomar muchas advertencias de aquellas conclusiones que puede derivar tan sólo de premisas imaginarias. Porque negar el “hubiera”, así sin más nada, es otra brutalidad. Equivale a negar la existencia de los tres más importantes métodos de análisis mental de lo imaginario. Esos tres ejercicios son la hipótesis, si lo imaginado puede comprobarse; el teorema, si la comprobación no es posible; y el axioma, donde la comprobación no se requiere.

Todo esto lo podemos ejemplificar recordando aquella película ‘Operación Valquiria’. Por una parte la incomodidad que nos provoca ver a Adolfo Hitler triunfar aunque sólo transitoriamente. Pero, por otra, las consecuencias históricas de que esa conspiración “hubiera” triunfado, habrían sido incalculables y no necesariamente felices.

Desde luego, es muy claro que, para julio de 1944, el asesinato de Hitler en nada habría cambiado el curso de una guerra cuyo resultado ya estaba plenamente decidido en contra de Alemania y sus cómplices.

Pero los alemanes “hubieran” adquirido otra visión histórica de su catástrofe. Con su caudillo asesinado, con los conspiradores rindiéndose ante el enemigo, sin los juicios incoados por crímenes de guerra, con absoluciones jurídicas, con amnistías históricas y con la conclusión anticipada de una guerra que requería una derrota moral incuestionable, Alemania se “hubiera” sentido víctima de un magnicidio, le “hubiera” atribuido autoría intelectual extranjera, se “hubiera” sentido victoriosa militarmente, se “hubiera” considerado inocente moralmente y se “hubiera” resistido a su desmantelamiento militar, ideológico y gubernamental.

Suponiendo, sin conceder, que esa rendición anticipada la “hubieran” aceptado Franklin Roosevelt y Josef Stalin, de lo cual no estoy muy seguro, el pueblo alemán “hubiera” creído que una pérfida conspiración cambió injustamente su destino, convirtiendo una victoria segura en una rendición infame. Poco “hubieran” sabido de sus campos de exterminio. Nunca hubieran aceptado una culpa colectiva. El nazismo “hubiera” recibido dosis de revigorización. Y la remisión de la ‘superioridad aria’ se “hubiera” postergado.

Muchas de las consecuencias de la postguerra se “hubieran” desfasado. Es muy probable que hoy la comunidad de los europeos no contara con la participación noble, pacifista y progresista del pueblo y del gobierno de Alemania.

Todo esto es tan sólo un teorema. No lo podemos comprobar pero, tampoco, lo podemos desestimar. Tenerlo en cuenta es parte de una obligatoria previsión política retrospectiva. La muerte de un solo hombre, si ese hombre es un líder y si esa muerte es un asesinato, puede cambiar el destino de una o de muchas naciones.

Por eso, conjugar en pretérito pluscuamperfecto no necesariamente es una estupidez entre los políticos.

 

Abogado y político

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

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