> Sin embargo, aún hay tiempo para que el verdadero Enrique Peña Nieto emerja y dé lo mejor de sí

 

Aunque a algunos les parezca que el sexenio ha terminado prematuramente, y que al Presidente ya no le queda más por hacer que esperar al desencadenamiento de los acontecimientos en los tiempos acostumbrados y los marcados por la ley, aún hay tiempo para que el verdadero Enrique Peña Nieto emerja y dé lo mejor de sí.

Que reflorezcan las cualidades que lo llevaron a la cima del poder a partir de los tiempos en que sólo estaba rodeado por un grupo modesto de colaboradores íntimos que no lucía blasones doctorales en la academia; en aquel entonces aún no lo encapsulaban las lumbreras que poseen el dudoso mérito de haber hecho añicos la imagen de quien en 2012, gracias a su instinto político y al impacto que su presencia causaba en la población, la militancia partidista y los medios de comunicación, encabezó la gesta, histórica, de recuperar la Presidencia que el PRI creía perdida para siempre.

El Peña Nieto que conozco puede recuperar el terreno que parece perdido a condición de  tomarse unos minutos de reflexión en cualquier momento que la agenda le permita respirar.

Para no ir más, tuvo oportunidad de hacerlo en el avión que lo trajo de regreso a México después de asistir a los funerales del gran hombre de Estado que fue Shimon Peres.

Si logró eludir la cooptación de la reducida corte que lo acompañó, esas horas de viaje pudieron servirle para diseñar el golpe de timón que le permita sacudirse el tutelaje de quienes creen saberlo todo y todo lo ven bien.

Resulta indispensable al Presidente mirar la historia de sus antecesores. Para no ser exhaustivo, sólo los estudiosos recuerdan a los colaboradores del más grande de los ex presidentes, Benito Juárez. Lerdo y Ocampo, por ejemplo, han terminado por ser nombre de calle; incluso, la epístola de Melchor fue abolida. Sólo los historiadores hablan de ellos. El oaxaqueño es el bueno o el villano, según sea el debatiente; el resto de los hombres de la Reforma, grandes, medianos o pequeños, apenas es recordado o ha sido olvidado.

Peña Nieto debe recordar que sólo él fue electo y que sus colaboradores son importantes en tanto él lo quiera; son como entes de razón  inexistentes si no se piensa en ellos. Al final, el único a recordar, héroe o villano, será él.

Por ejemplo, han pasado apenas 25 días de su renuncia y de Luis Videgaray pocos se acuerdan.

El Presidente debe permitir a su instinto que lo conduzca con éxito por caminos que en los 26 meses que restan al sexenio le serán más difíciles que las 2 décadas que distaron entre el inicio de su carrera política y la reconquista de la Presidencia.

Casi sin excepción, en el cuarto año del sexenio, los presidentes de la República solían alcanzar el cenit del poder, pero en el caso de Peña Nieto ha sido de pesadilla; de hecho, todo indica que, por más que su grupo íntimo insista en decirle lo contrario, ingresará en circunstancias desfavorables al penúltimo año sexenal, en el que se define la candidatura presidencial del PRI.

Hay consenso de que las causas tienen origen en el mal manejo de las crisis causadas por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y de la llamada “casa blanca”, pero, en realidad, la responsabilidad está en un equipo hoy diezmado, de poca experiencia, lento para reaccionar y “cebollero”, es decir, propenso a asentir a toda propuesta de su jefe y cubrirlo con elogios a la menor oportunidad.

El llamado “staff”, dominado por el consejero jurídico Humberto Castillejos, ya era “cebollero” desde el inicio del sexenio; el gabinete estuvo sometido, desde la campaña, a la “Triada” integrada por Luis  Videgaray, Miguel Osorio Chong y Aurelio Nuño. “Staff” y gabinete hicieron suyo a Peña Nieto, sólo suyo, y terminaron por asfixiarlo.

Hoy, el “staff” ha sufrido modificaciones y el jefe de la Oficina de la Presidencia, Fran Guzmán, tiene que vérselas con el nuevo coordinador de asesores, Carlos Pérez Verdía Canales, un adelantado, en Los Pinos, del nuevo secretario de Hacienda, José Antonio Meade, a quien los priístas identifican como panista.

De la Triada ya sólo quedan Miguel Osorio Chong y Aurelio Nuño; Luis Videgaray es historia, pero los sobrevivientes deben compartir el poder con Castillejos, cuya influencia sólo era comparada a la del ex secretario de Hacienda; ambos, Luis y Humberto, influían en todo, incluso en tareas propias del secretario de Gobernación.

LAS MALAS ASESORÍAS

Como en todas las cortes, en los últimos 4 años, los grupos unieron esfuerzos para deshacerse de los enemigos comunes, pero poco hicieron para evitar que el Jefe sufriera las consecuencias de decisiones disparatadas aconsejadas por sus oponentes, como pasó con la ya malograda ley de matrimonios igualitarios.

Allá en los primeros días de mayo pasado ocurrió que, en reunión de cúpulos, el Presidente reflexionaba sobre la marcha del orgullo gay a realizarse el 25 de junio; se preguntó si ante la importancia del movimiento, y dado su crecimiento paulatino, habría alguna manera de atraerlos a la causa gubernamental.

De inmediato reaccionó el inefable consejero jurídico Castillejos y anunció ya tener listo en su archivero un borrador de la iniciativa de ley de matrimonios igualitarios. Lo sacó, desempolvó y leyó.

Al pedir Peña Nieto opinión al resto de la concurrencia sólo registró la opinión contraria de los secretarios de Gobernación y Educación. Nadie pareció percatarse de que el 5 de junio habría elecciones en 12 entidades, mucho menos imaginaron la reacción de la clerecía católica; el 17 de mayo, el Presidente firmó la iniciativa de ley sobre matrimonios igualitarios. Hoy, demasiado tarde, los priístas la mantienen congelada en el Congreso, pero el PRI perdió al menos Aguascalientes y el Presidente tiene en contra a los obispos, que quieren reformar, aún más, el Artículo 130 constitucional, y a los grupos gays, lésbicos y transexuales, que se sienten traicionados.

A la idea de invitar a Donald Trump para decirle cara a cara nuestra verdad, y tender puentes por aquello de que sea Presidente de Estados Unidos, una vez más se opuso Osorio Chong, con el apoyo, insuficiente, de Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, y otros de sus compañeros que no pudieron con la influencia decidida de Luis Videgaray.

La consecuencia natural de asesorías de esta naturaleza es que el Presidente enfrenta, casi al inicio de su quinto año de gobierno, escenarios que dificultarán la entrega de Los Pinos a otro priísta, obligación, inexcusable, que no supieron cumplir Ernesto Zedillo y Felipe Calderón.

La de hoy no es la misma situación que él enfrentó en el sexenio priísta, cuando conquistó la candidatura y ganó la Presidencia sin mayor dificultad.

En aquel entonces, los aspirantes priístas no estaban sujetos a regla alguna, con excepción de las formalidades del partido. Los competidores, el gobernador del Estado de México y el entonces senador Manlio Fabio Beltrones (que construyó sus posibilidades dirigiendo la menguada bancada tricolor en la Cámara Alta), iniciaron campaña cuando quisieron y se comportaron sin más límite que sus capacidades y sus recursos.

No funcionaba, entonces, la vieja regla, enunciada por Fidel Velázquez, de que moverse impedía salir en la foto; imperaba la actual: Quien no se mueve no sale. Durante 12 años no hubo quien mandara a los priístas; cada cual jalaba para donde se le antojara y manejaba los tiempos a su manera e interés.

SEQUÍA EN NÓMINA Y TERRITORIO MENGUADO

El primer escenario adverso para el Presidente es, sin duda, la sequía en la nómina priísta.

Aun pecando de optimistas, sólo se advierte en el panorama a Miguel Ángel Osorio Chong y a Eruviel Ávila; a sus méritos políticos y cualidades personales se suma en uno su condición de secretario de Gobernación, un puesto con poder sin límite y responsabilidad igual, y en el otro la de gobernador de la entidad en la que fue antecedido por el Presidente Peña Nieto y que cuenta con el mayor padrón electoral del país.

Podría añadir más nombres, pero pecaría de exageración.

Les competía Luis Videgaray, pero un factor inesperado, llamado Donald Trump, lo derribó inopinadamente. Igual ocurrió, al menos en apariencia, a Manlio Fabio Beltrones, que debió renunciar a la Presidencia del PRI porque alguien tenía que cargar con la derrota de los candidatos de su partido en 7 gubernaturas el 5 de junio pasado.

Un segundo escenario adverso es la mengua del territorio electoral priísta. El PRI perdió entidades claves en los procesos electorales, como Veracruz, Tamaulipas y Chihuahua, amén de que ya no cuenta con otras, como Puebla. Con esos 4 graneros electorales en manos de la oposición, más la Ciudad de México en poder de Morena y el PRD, basta para que el PRI sucumba en la elección presidencial.

Debe añadirse que Enrique Ochoa Reza se esfuerza por hacer sentir al priísmo que es suyo y que no les fue impuesto. La idea de su arribo al liderazgo nacional tiene que ver con el concepto de la nueva generación que en el futuro colocará al PRI, ante la sociedad, como una institución renovada en principios y operación, pero en definitiva, por el poco tiempo que lleva al frente del partido, aún no logra ser el gozne que una lo viejo con lo nuevo.

Como si fuera poco, el PRI no cuenta con el activo adicional y definitorio que sería un Presidente de la República en el pináculo de la popularidad.

Desaciertos de su equipo, como la invitación a Trump o la ley de matrimonios igualitarios; luchas intestinas entre sus colaboradores, que llevaron, en junio, al PRI a la derrota más traumática después de la pérdida de la Presidencia en el 2000; campañas en su contra, bien operadas por la oposición en redes sociales y medios de comunicación; la irritación de amplios e influyentes sectores de su partido por el aislamiento a que la Santa Trinidad gobernante lo sometió durante más de la mitad de su mandato; los problemas económicos (sucesivos recortes en el presupuesto, muy en especial en Pemex, que no se han traducido, por fortuna hasta ahora, en despidos masivos de personal, y la devaluación del peso ante el dólar, causado, todo, por la caída de los precios internacionales del crudo), han minado, sensiblemente, la popularidad del Presidente, a grado tal que el aspirante a sucederlo se sentirá obligado a tomar distancia  para no cargar con los negativos.

Incluso, podría darse el caso de que inicie su primer discurso, como Luis Echeverría, con un “yo también estoy inconforme”.

Aunque parezcan demasiados, no son los únicos problemas que el Presidente enfrenta hacia dentro de su partido rumbo al 2018.

Las antiguas reglas ya no operan y no han sido escritas las nuevas.

Recién estrenado como Presidente, Ernesto Zedillo me platicó que en respuesta al ofrecimiento de la candidatura a Presidente dijo a Carlos Salinas que con él había pasado del dedazo al default; en otras palabras, le precisaba, con oportunidad, que no era su candidato, que lo seleccionó porque no tenía otro. No hace mucho, Carlos me dijo que Ernesto miente.

Verdadera o falsa, la anécdota puede ser recordada como el “default”. Peña Nieto no puede permitir que le construyan el escenario del “no tienes otro más que yo” porque, entonces, tendría que recordar también el consejo del profesor Carlos Hank a su heredero y que éste repitió al suyo volviendo aquello una tradición que, incluso, Peña Nieto cumplió puntualmente con Eruviel Ávila: “Piensa en tu verdugo”, es decir, en el sucesor.

Ni siquiera imaginar lo que puede ocurrir si hereda el poder a un enemigo cuando visto está lo riesgoso que es dejar en la Presidencia a un supuesto incondicional. Le ocurrió, para no ir tan lejos, a Adolfo López Mateos con Gustavo Díaz Ordaz, a éste con Luis Echeverría, a éste con José López Portillo, a éste con Miguel de la Madrid y a Salinas con Zedillo.

La cultura de la traición y el desagradecimiento terminó con Carlos, que se portó como caballero con De la Madrid.

¿En dónde está el priísta amigo al que Peña Nieto puede heredar la Presidencia?

Eruviel Ávila demostró ser un leal “verdugo”; no miró para atrás y su simbiosis con el Presidente es evidente; Osorio Chong, por su parte, ha sido un amigo y colaborador leal.

A primera vista parece que con ninguno de ellos, y sólo con ellos, no tendría los problemas futuros que algunos avizoran o, mejor dicho, le desean.

EL RIESGO DE LA FRACTURA

Pero aún queda un escenario adicional, que no el último.

Funcionarios de alto rango temen la irrupción de una fractura partidista mediante lo que podría ser una corriente crítica dentro del PRI, al estilo, más o menos, de la de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo en tiempos de De la Madrid.

Cuauhtémoc y Porfirio se fueron del PRI porque ambos querían ser candidatos a la Presidencia de la República y De la Madrid no les ofreció ni siquiera un pago de consolación, la dirección de Pemex, a uno, y la embajada en Francia al otro.

Se creían sobrados de méritos, pero uno poseía sólo el de ser hijo del general Cárdenas, mientras el otro consideraba que su coeficiente intelectual estaba por encima de su generación, incluido Miguel de la Madrid, como parece que fue el caso de Videgaray.

Hoy, nadie se atreve a identificar a quien pudiera encabezar una corriente crítica moderna, pero preocupa al interior del PRI y del gobierno porque la fractura, por más que el movimiento no prosperara en la proporción que lo hizo el de Cuauhtémoc y Porfirio, debilitaría, aún más, a un priísmo a la deriva, dejándolo a merced del PAN y Morena.

Más allá de las proclamas del ex gobernador de Oaxaca Ulises Ruiz y de sus exigencias, a Ochoa Reza, de convocar, cuanto antes, a una asamblea nacional, no hay indicios, por ahora, de que alguien en el PRI esté planeando la construcción de una corriente crítica, pero nadie puede negar la irritación de amplios y poderosos sectores priístas por el desdén y alejamiento con que fueron tratados en los últimos años, en que la soberbia se instaló en el grupo ganador.

Las consecuencias las paga el Presidente, cuyo único pecado habría sido no haber destruido a tiempo las murallas con que lo aisló su asfixiante corte.

A todo esto, la corte reacciona con cebollismo, diciendo a todo que sí, dando la hora que el Presidente quiere, aunque el reloj marque otra, y empujándolo a viajar con cualquier pretexto, como si la atmósfera coloquial del avión fuera el mundo real.

Quizás por ello Osorio Chong decidió incursionar en redes sociales, en un intento de igualar el marcador con Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, y por primera ocasión, en su Quinto Informe de Gobierno, Eruviel Ávila ensayó un discurso diferente: En materia de seguridad, la gente quiere sentirse tranquila y no sólo escuchar cifras que encubren la realidad.

Todo indica que entre ellos, y quien se atreva a encabezar una corriente crítica, está el candidato.

 

 

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