El poder de las secretas hermandades

“Will, tenemos un problema. Me hablaron del sindicato. Tienes que soltar a Cienfuegos”

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“Marcelo Ebrard, Secretario de Relaciones Exteriores, el negociador del acuerdo entre México y Estados Unidos”.

> “Algunos quisieran que, mientras Barr lanzaba llamaradas a Trump, Ebrard abordó una Suburban blindada. Llegó al Estadio Azteca, vacío. A mitad de la cancha, un par  e militares lo esperaban: ‘cumplí’, dijo mansamente el canciller y se retiró”.

‘EL SINDICATO’ DOBLÓ A DUCHARME

Perdí la cuenta del número de ocasiones que ayer jueves recibí el mismo texto en el que se habla de la verdadera razón por la que los estadounidenses soltaron al general Cienfuegos. El verdadero motivo, no una especulación pedestre, ni los absurdos análisis que se atienden en el doctorado en Criminalística y Ciencias Penales.

Olvídese de que Cienfuegos fue soltado por que perdió Trump las elecciones y ya no tenía caso seguir el circo; no lo liberaron porque hubo cantos que narraban nexos inconfesables que se escucharon en Palacio Nacional y en Lomas de Sotelo; no fue dejado en libertad porque Andrés Manuel López Obrador escuchó botas metálicas caminando sobre su tapanco.

Tampoco el divisionario fue despachado a la Ciudad de México a la velocidad de una empresa de mensajería y custodiado por Marshals, porque el inédito viajero conoce a profundidad temas que le dieron escalofrío a aquellos que trabajaron con el ingeniero García Luna y que ahora son fervorosos adictos al desayuno choco.

Ahí va la razón de las razones, la madre de todos los motivos, el arquetipo jungiano que movió a dos países: “El sindicato” dio la orden de que se le liberara. Así como lo lee. Explico cómo se dieron las cosas, siguiendo el billón de mensajes que me enviaron, todos iguales.

LA LLAMADA A TLATELOLCO

Marcelo Ebrard estaba en su oficina con invitados y uno de sus celulares comenzó a timbrar. Vio el número y se excusó en un instante; se encerró en el baño de su despacho. Una voz lóbrega le dio una indicación. El nerviosismo hizo que el hombre fuerte del régimen solo moviera la cabeza.

Apenas salió del sanitario y despidió a sus invitados. Tiró por la borda sus mil chambas que no le corresponden, pero que atiende y se comunicó ipso facto con el fiscal William Barr. El canciller no lograba controlar el temblor de su mano, al marcar el número telefónico.

Apenas escuchó un “Hello”, del otro lado, el internacionalista Ebrard soltó lacónico y tronante: “Will, tenemos un problema. Me hablaron del sindicato. Tienes que soltar a Cienfuegos”. El canciller terminó la llamada, sin esperar respuesta.

“William Barr, Fiscal General de los Estados Unidos, operó en su país la decisión tomada entre ambos gobiernos”.

Barr maldijo y colgó. No podía creerlo. Caminó por su espaciosa oficina y decidió marcar directamente al celular del fiscal Seth DuCharme: “Ya sabes quien habla. Suelta al Padrino. Lo defendió el sindicato”. Una sombra ominosa envolvió al fiscal: la derrota.

“Malditos poderes fácticos. Ni los del Nuevo Orden Mundial nos tratan así”, pensó el fiscal y se dirigió a la oficina de Trump a dar la mala noticia, irremediable.

Mientras Barr lanzaba llamaradas a Trump, Ebrard abordó una Suburban blindada. Llegó al Estadio Azteca, vacío. A mitad de la cancha, un par de militares lo esperaban: “cumplí”, dijo mansamente el canciller y se retiró. Aquellos hombres verde olivo lo miraron alejarse, sonrieron y se encaminaron hacia otra salida. Un dron grababa la escena desde lo alto.

Sin duda, el mensaje que recibí por toneladas no está dramatizado como lo que redacté, pero según sus autores (sin pruebas), de que “El sindicato” dio la orden, la dio. Eso que ni qué.

LOS GENERALES SINDICALIZADOS

Más allá de la historia que da para un buen cortometraje, la especie que ha permeado como la humedad señala tres componentes:

1.-Que el grupo de poder más influyente de la SEDENA amenazó con desconocer a Andrés Manuel López Obrador si no soltaban a Cienfuegos.

2.-Que este grupo “tiene la capacidad para producir rebelión en la tropa (sic)” y podría generar problemas al régimen.

3.-Que un mando experto en combate a delincuencia organizada fue el mensajero del grupo y se encargó de soltarle la amenaza a Luis Crescencio Sandoval, en persona.

Sobre el particular, dos nombres de militares en retiro son los que se han mencionado largamente como los leales a López Obrador que desenmascararon esta rebelión a medios afines, que han defendido el secretismo de sus fuentes, pero que todo mundo conoce.

Para orientar un poco la reflexión, ya sin novelas incluidas, será menester considerar tres elementos respecto al tema.

1.-Es mentira que el Instituto Armado nunca había vivido una fragmentación entre liberales y conservadores: cuando Vicente Fox fue presidente, tuvo la genial idea de que los secretarios de Marina y Defensa dependieran de un civil. Y comenzó a operar en consecuencia.

Al final de la historia, el civil candidateado no fue capaz de dirigir ni a su oficina; las Fuerzas Armadas siguieron dependiendo de su máximo comandante y las ocurrencias del guanajuatense provocaron un tremendo descontento entre militares de alto rango.

En ese tiempo, muchos pensamos que si una barbaridad como esa no había producido un cuartelazo, se debió a la profunda lealtad que los militares guardan al Ejecutivo federal.

2.-Recordando a Max Weber, el Ejército es una institución burocrática; es decir, que se mueve por cadenas de mando y así se dan las órdenes y contraórdenes. Pero, si las reglas no se cumplen, las cadenas lo resienten.

La Marina Armada, el Ejército y CNI resuelven sus problemas en casa: son por naturaleza instituciones herméticas y no discuten sus conflictos con extraños. El terrible error de López Obrador fue dejar que un extraño (Estados Unidos) tocara a un cuadro relevante y encima, dijera que investigaría a otros.

Los altos mandos puestos por López Obrador dejaron pasar la aplastante ofensa de dejar a Cienfuegos a merced de los estadounidenses. Y ese fue el peor error que cometieron estos individuos que mostraron de qué estaban hechos, con “El culiacanazo”.

Cuando militares de alto rango visitaron a Crescencio Sandoval, no solo le enviaron el mensaje de que había un profundo descontento: le dijeron que él no era el Instituto Armado, sino parte de él.

La puntilla fue la cartita censora para ordenar que los militares no podían hablar del caso Cienfuegos. Éste fue el punto de quiebre entre las cadenas de mando y envió el mensaje que disentir era ruptura: no cuajó la 4T en una institución a la que le han pedido hasta pegar ladrillos en aeropuertos.

3.-Si Crescencio Sandoval le seguía jugando pulsos a los grupos de alto perfil en la SEDENA, la DEA quedaría en plan de tiro al blanco en todo el país. Ya no se diga cumplir las misiones conjuntas en el interior de la República.

Un muertito de la DEA en México y más de un mando en Lomas de Sotelo viviría la furia tipo Enrique Camarena en versión 2020. Le quedaría chica la vía láctea para buscar un refugio en donde ocultarse de una Operación Leyenda.

A la mala, algunos han tenido que aprender que no todo es besuquearse apasionadamente con Donald Trump: ya llegó Joseph Biden para recordárselo al inquilino de Palacio Nacional.

En otras palabras, el caos del asunto Cienfuegos llegó a su clímax por un manejo incompetente de la política interior, pero no desde el lado de Bucareli sino desde la oficina principal de Palacio Nacional.

EL DIAGNÓSTICO

Les pusieron un alto a quienes no entendieron que en el Instituto Armado hay límites para la humillación. Insisto: también hay que dejar de maltratar a la Marina Armada, porque tampoco los han tratado bien.

Es el costo de la incompetencia como motor de las decisiones públicas.

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