El Estado y el dinero

Debate inconcluso en el gobierno y en la opinión pública sobre la llamada reforma fiscal

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Decía Honoré de Balzac que el mejor dinero es el de los otros. Por eso, afirmaba John Kenneth Galbraith que el dinero tiene la rara propiedad de afectar a quien lo tiene y a quien carece de él.

Esto viene a cuento, desde hace 40 años, con motivo del debate inconcluso en el gobierno y en la opinión pública sobre la llamada reforma fiscal, como parte de la reforma hacendaria.


Ciertamente, el gobierno mexicano vive en la “cuarta pregunta”. Ello ni se cuestiona ni se duda. La historia financiera de México la escribió López Velarde al referirse a la Patria que vive al día, “de milagro como la lotería”. Nadie discute nuestra estrechez. Somos pobres pero decentes, diría el refranero. Debemos pero no lo negamos, añadiría. Total, al final de cuentas, lo bailado es inembargable, decimos los abogados.

Pero lo que sí se discute es cuando se trata del método de remediarnos. Hay días de tronar cohetes y hay días de recoger varas y el día de fiesta todos disfrutamos del tronido. Pero a la hora de la recogedera ya no nos gusta esa globalidad integradora.

Es por eso que los mexicanos hemos estado enfrascados en un debate que no tiene que ver con el desideratum unánime de que nuestro gobierno necesita más dinero. Ya discutiremos en que lo gastamos, cuando lleguen los días y las noches de discutir el presupuesto. Pero lo que sí está en discusión hoy en día es algo que tiene que ver con maletería: con alforjas, con morrales, con carteras y con monederos. Es decir, ¿de dónde van a salir los dineros adicionales?

Hay quienes dicen que debieran salir de las alforjas de los ricos. Pero otros dicen que esto sería muy peligroso porque a los ricos, al igual que a los pobres y a los medianos, no les gusta pagar impuestos. Sin embargo, aquellos tienen la posibilidad de montar sus oros en su jet o en su Internet y buscarle un baúl lejano.

Hay quienes dicen y su voz ha triunfado muchas veces, que hay que sacarlo del monedero de los más jodidos. Extender el imperio del IVA. Ampliar el reino contributivo de la gasolina, del refresco y de quince productos más. Recaudación fácil y anestésica. Contribuyentes que no discuten el tributo y que no alegan el presupuesto. ‘Easy comes, easy goes’.

Hay quienes dicen que debe extraerse de la billetera de las clases medias. Alegan que es el segmento menos lucidor en los discursos políticos, menos importante en los compromisos de intereses y menos redituable en las plataformas partidistas. Que, al final de cuentas, no tienen ni los impetuosos defensores que tienen los pobres  ni los poderosos protectores que tienen los ricos.

Por último hay algunos, sensatos pero ignorados, que dicen que deben obtenerse de los morrales de los rateros. Es decir, de las cuevas donde los evasores han escondido parte importante de la tributación. De la vigilancia del cumplimiento de las obligaciones. De la simplificación de normas y procedimientos. De la reordenación de la economía informal. De la lucha frontal contra el contrabando. De la honestidad en el servicio recaudatorio.

Todo esto, además de una serie de medidas de ingresos fiscales no tributarios que van desde la recuperación de los caudales del Fobaproa hasta la recuperación de los espacios que, inexplicablemente o quizá muy explicablemente la banca de desarrollo le ha regalado a la banca comercial privada.

Quizá, como derivación de la mayor complejidad de los tiempos, cada vez un mayor número de mexicanos estamos urgidos de explicaciones, de orientaciones, de diagnósticos, de pronósticos, de previsiones y de provisiones para nuestro porvenir.

Todas las ciencias que se respetan a sí mismas contienen una buena dosis de paradojas, de dogmas, de mitos y de hipótesis no comprobadas. El pensamiento científico no tiene, por mucho, la pureza plena que pretendió René Descartes. Y así como en la ciencia jurídica la Teoría Pura del Derecho, de Hans Kelsen, es un espléndido método para la comprensión científica del Derecho, pero resulta riesgosa para entender su aplicación cotidiana, en otras ciencias resulta algo similar.

La Economía no escapa a este modelo. Sus reglas básicas no siempre son suficientes para explicarnos los sucesos de cada día. Entre ello podríamos traer a cuento las múltiples confusiones que nos produce, a los que no somos conocedores de la materia, debates tales como los que enfrentan a los modelos llamados de economía real y economía ficción.

Por eso dice Giussepe Amara que la pura realidad sin un poco de fantasía nos lleva a la locura. También en un viejo cuento hindú de autor anónimo, se tramaba un interesante tejido que no permitía discernir si el sueño era la realidad o si la vigilia era la ensoñación. Si agobia más un drama real o una pesadilla.

Para Marx, la única realidad sería la tangible. Para Hegel, la única realidad está dentro del pensamiento. La eterna confrontación filosófica entre materialismo e idealismo. Confiamos en que los que tienen la obligación de saberlo, sepan dónde está la realidad, aunque los no obligados sigamos ignorantes o confundidos.

En fin, habría que ver quién gana el debate o quién se lleva la bolsa. Bien dijo Donald Trump que quien, al final de la vida tenga más juguetes, gana el juego.

 

Abogado y político

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

 

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