El difícil arte de aplicar austeridad y combatir la corrupción

Falta de una programación y ejecución eficiente distorsiona los servicios gubernamentales

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Adolfo Ruiz Cortines. Reminiscencia

No es de sorprender que en su largo proceso como candidato electo y, ya en calidad de presidente constitucional de México, que oficialmente se contabiliza como un semestre de gestión; Andrés Manuel López Obrador haya construido su paso irreversible por la administración pública, con su famosa “austeridad republicana”, una actuación que siempre lo ha identificado.
Ese mecanismo en la aplicación y ejecución de los recursos públicos que lo caracteriza y lo diferencia de sus antecesores; quizá con alguna reminiscencia con Adolfo Ruiz Cortines, que con su actuar pragmático de “austeridad y trabajo”, ejerció un severo control del gasto público durante su gestión presidencial.
Un legado histórico que está imprimiendo, difícil de revertir en tiempo futuro, por el consenso unánime de su aplicación y sus beneficios en su ejecución.
Una política pública que complace a la sociedad en su conjunto, pero que por la falta de una programación y ejecución eficiente; distorsiona los servicios gubernamentales, confundiendo el ahorro, el despilfarro y la malversación; con acciones de control que se sobreponen por encima de la oportuna y eficiente aplicación de diversos servicios de salud, seguridad y educación, primordialmente; que debe y está obligado a proporcionar sin detrimento y demora el gobierno federal para la población más vulnerable del país.

DISPENDIOS
Una austeridad diseñada para el manejo de los dineros públicos que complace mayoritariamente a una población ofendida por los dispendios, ante una historia larga, pronunciada e insaciable de una clase gobernante insensible con el compromiso del encargo institucional y social que les fue depositado.
Una austeridad que busca resarcir la impunidad y corrupción que en la construcción de la nación, no obstante la alternancia en el poder que la democracia moderna mexicana ha impuesto, se dejó a un lado el Estado de derecho y el respeto a las instituciones, convirtiendo a la “inseguridad” en el mayor problema social y a la “corrupción” en el mayor problema político; bajo un poder que corrompe, donde el poder absoluto corrompe absolutamente, como lo señalara Lord Acton.
Una actitud y acción que lamentablemente se filtró por casi todas las líneas de mando, no obstante que desde la gestión de Miguel de la Madrid Hurtado el Estado ha tratado de combatir y abatir la corrupción con varios instrumentos y políticas públicas, aunque esa medidas con cierto grado de eficacia, reiteran año tras años que la corrupción se volvió endémica, muy por encima de los esfuerzos por erradicarla y combatirla.

UN FENÓMENO
Un fenómeno que se reprueba públicamente… pero se tolera y sufre en la práctica cotidiana.
Una actitud reprochable del mexicano como señala Pedro Kumamoto: “Se habla de ella, pero en la primera oportunidad en que se puede utilizar para facilitar sus distintos intereses se utiliza, aun, por encima de nuestros valores y ética”.
Por eso es más que comprensible que en un México donde se ha evadido permanentemente la ley, se agotó la tolerancia de una sociedad ávida de justicia, equidad y oportunidades de progreso.
Bajo este entorno, se ha despertado la conciencia de un pueblo oprimido, conducido y limitado; dispuesto a derrocar los males que lo han aprisionando, del que emerge la bandera insignia de López Obrador para recuperar la justicia y equidad social.
Un eje rector encaminado fundamentalmente para el combate frontal contra la corrupción enraizada que padece México; que le generó incondicionales, súbditos y adeptos, que alzaron su voz y manifestaron su voto, en reclamo de la recomposición del país, con los que ahora tiene el enorme compromiso de sanear en la mejor medida un padecimiento de se arrastra de siglos.

UN CABALLO DE BATALLA
La administración lopezobradorista convirtió desde su campaña electoral y ahora en su gestión administrativa, el combate a la corrupción como un caballo de batalla en todas las plazas y ámbitos del territorio nacional; de la que no se quiere desprender, cuando gobierna legítimamente y con una aprobación nunca observada.
Ha sido su bastión de credibilidad que explota sistemáticamente y que le reproduce un alto grado de aceptabilidad gubernamental, porque lo dirige cotidianamente a una población con profundo hartazgo que dejó de verse representada por el sistema político, a quienes tendrá que responder de manera exitosa, porque ya no son concebibles improvisaciones y retrocesos.
Resultados para los cuales el tiempo ya está corriendo, y empieza a inquietar por el estilo de mando que imprime, donde su singularidad es polarizar y dividir; en una apuesta donde los efectos esperados todavía no son medibles en el bolsillo o su forma de vida de los que apostaron por él.
Con su estrategia definida e irrefutable para combatir este lastre, no basta con que sea honesto y que predique con el ejemplo; ni la instauración de una nueva manera de gobernar contrapuesta a las administraciones anteriores; porque la promesa ofrecida sembró muchas expectativas de cambio, y esa sociedad cautiva no quiere demoras porque ya ha padecido mucho.
Porque la corrupción no solamente es un problema moral o ético, sino además es un gran obstáculo para el desarrollo del país, ya que se esconde, es velado, permanece en la oscuridad, dejando huellas indelebles en las personas y en la sociedad, dificultando su extracción.

SU INSTAURACIÓN
Su capital político, no cabe duda que se sustenta en el descontento popular y, ese posicionamiento de ser el emisario de los mexicanos olvidados, una apuesta por la que votaron más de 30 millones de electores.
La instauración de la llamada Cuarta Transformación que implica una ruptura con el pasado, no debe convertirse con el tiempo en un cambio de régimen; porque las expectativas de sus resultados si no llegaran a concretarse, se convertirían en una regresión generacional para esa población que cautiva y defiende.
Su combate a la corrupción no debe privilegiar ideología sobre razón, fantasía sobre la verdad, proyectos de política social que se conviertan en clientelismo electoral o caprichos personales que distorsionan el entorno político, social y económico, porque está en juego el bienestar de la nación.
Como señalara Francisco Merino: “La corrupción es un fenómeno sistémico, no una disputa de buenos contra malos, ni hay corruptos por razones ideológicas. Si no se entiende que la corrupción es la captura del Estado, presupuesto, decisiones como si fuera un patrimonio y para hacer negocios y ganar poder, está seguirá y sólo podría cambiar de dueño”.
Porque en esta lucha sin cuartel, donde no hay mañana políticamente hablando, ante un enemigo que se ha sobrepuesto al tiempo: la corrupción, la inacción y la negligencia; son factores de descomposición que se deben de combatir y sancionar por igual, porque todas causan daño patrimonial al país.

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