Ejército, el aliado más importante de la 4T

La advertencia de Jiménez Espriú, en su renuncia, sobre dar nuevas tareas a las Fuerzas Armadas -ahora el control de las aduanas-, prueba de que el Presidente López Obrador amarra su lealtad por si se ocupa

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El viernes 17 de julio, en Manzanillo, el Presidente López Obrador anunció que las aduanas terrestres y marítimas van a estar a cargo de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Marina.

> El gran cambio de actitud del Mandatario federal después que en su campaña electoral de 2018 se la pasó condenando las violaciones a los derechos humanos cometidos por la clase castrense durante los sexenios de Felipe Calderón y Peña Nieto

Si se necesitara un dato, solo uno, para probar la sospecha de que el Presidente López Obrador opera una estrategia concebida y operada magistralmente para contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas en caso que la Cuarta Transformación peligre, está la renuncia de Javier Jiménez Espriú a la Secretaría de Comunicaciones por la entrega “al ámbito militar de la Secretaría de Marina” la operación de los puertos, la Marina Mercante y la formación de marinos mercantes.

En su renuncia por escrito a su puesto de secretario de Comunicaciones y Transportes, que el Presidente tardó casi una semana en aceptar, Jiménez Espriú lo dice con toda claridad y le advierte de las posibles consecuencias, sin embargo, es obligado preguntarse por qué no dimitió cuando López Obrador decidió que el nuevo aeropuerto que se construye en Santa Lucía, en sustitución del que Enrique Peña Nieto dejó al 30 por ciento de avance de obra en Texcoco, sea militar, lo construya personal castrense y lo administre la Secretaría de la Defensa Nacional.

La militarización de las terminales marítimas, por ahora en manos de mando marinos en retiro porque, como lo reconoció el Presidente, la ley no lo prevé, situación que remediará mediante una iniciativa que le aprobará Morena en el Congreso de la Unión, es la más reciente prueba de la adquisición de las Fuerzas Armadas por parte de AMLO que inició una semana antes de tomar posesión, después que en su campaña electoral de 2018 se la pasó condenando las violaciones a los derechos humanos cometidos por la clase castrense durante los sexenios de Felipe Calderón y Peña Nieto.

Pero López Obrador no dio a la Marina sólo el control de los puertos y la Marina Mercante. El viernes 17, en Manzanillo, anunció su decisión “de que las aduanas terrestres y marítimas van a estar a cargo de elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Marina, lo mismo en el caso de puertos”. Esto, explicó, para erradicar la corrupción y frenar la entrada de drogas al país.

El 25 de noviembre de 2018, siendo sólo Presidente electo y mientras Peña Nieto estaba aún en funciones de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, López Obrador se reunió con 32 mil elementos de la Marina, Ejército y Fuerza Aérea. Para entonces había cambiado su discurso acusatorio de campaña por el de “Le tengo confianza al Ejército y a la Marina, siempre he dicho que el soldado es pueblo uniformado”.

En el impresionante encuentro sin antecedentes de un Presidente Electo con las Fuerzas Armadas, ocurrido en el Campo Militar Número 1, López Obrador recurrió al catálogo de símiles que de tanto repetirlos a partir de su primera conferencia mañanera como Presidente en funciones, se convirtieron en lugares comunes.

Que el maíz es bendito, que el mexicano no es malo por naturaleza, que a muchos los empujaron a tomar el camino de las conductas antisociales, que antes de él los gobiernos se pusieron al servicio de una minoría rapaz y se desató la corrupción, que van a bajar arriba los sueldos y los de abajo van a ganar más, etcétera.

Pero lo verdaderamente importante fue su petición de apoyo para la creación de una Guardia Nacional conformada en su mayoría por militares. “Estoy proponiendo esto porque le tengo confianza al Ejército y la Marina”, explicó a los 32 mil militares.

DEL ’GOLPISMO’ A LA GRATITUD

El 19 de febrero pasado, el Presidente encabezó la celebración del Día del Ejército en la Plaza de la Constitución. La ceremonia, también inusual por el escenario, le permitió refrendar su gratitud por la lealtad de la clase castrense, un tema que no lo abandona desde que el general en retiro Carlos Gaytán Ochoa pronunció un durísimo discurso frente al secretario de la Defensa Nacional, general Cresencio Sandoval, que se quedó sin respuesta, pero que López Obrador interpretó como un llamado al golpismo.

Exclamó en la Plaza de la Constitución: “Doy gracias a los soldados y marinos por no escuchar el canto de las sirenas”.

El 19 de febrero pasado, el Presidente encabezó la celebración del Día del Ejército en la Plaza de la Constitución. Ahí refrendó su gratitud por la lealtad de la clase castrense

¿Cómo podrían las Fuerzas Armadas escuchar el canto de otras sirenas si el Presidente les cantó primero encargándoles la seguridad pública no sólo a través de la Guardia Nacional, sino ahora directamente; la distribución de gasolina para combatir el huachicol; la construcción de sucursales del Banco de Bienestar y hospitales; la producción de 9 millones de plantas en sus viveros para el programa Sembrando Vida; la edificación del Aeropuerto “General Felipe Ángeles”, que además administrará, y ahora el control de los puertos y la Marina Mercante?

Ese 19 de febrero, López Obrador dio un regalo mayor a las Fuerzas Armadas: las exculpó de lo que las acusaba en su campaña electoral de 2018, las arteras y sangrientas violaciones a los derechos humanos. Culpa fue de sus comandantes supremos, es decir, los presidentes de la República que lo antecedieron.

“En el juicio histórico que inexorablemente llega o llegará a cada institución o personaje público, el Ejército lleva las de ganar, con todos sus tropiezos, muchos de los cuales fueron originados por cumplir órdenes de sus comandantes supremos. El Ejército Mexicano sigue siendo una institución confiable y al servicio de la patria”, sentenció.

Libre del lodo con que lo bañó en 2018, el Ejército es ahora el más importante aliado de la Cuarta Transformación, más aún que el propio partido político que fundó para alcanzar la Presidencia, porque las tribus que conforman a Morena viven en perpetua guerra intestina.

Es probable que la lista no sea exhaustiva, pero aun no siéndolo, es válido preguntar: ¿qué falta a López Obrador por dar a los militares?

O, en todo caso, ¿qué más podría querer la clase castrense que hasta hoy se ha mantenido en su lugar, ajena al poder político?

A diario López Obrador no desaprovecha las mañaneras para ofrecer clases de historia. Le apasiona el final de la Tercera Transformación a manos de Victoriano Huerta, un general ambicioso, sin escrúpulos que aliado al embajador norteamericano derrocó y asesinó a Francisco I. Madero para, con la complicidad legislativa, convertirse en Presidente de México.

Desde luego que no está dispuesto a permitir que la historia se repita con la Cuarta Transformación. ¿Será por eso que lo ha convertido en su aliado a base de sobrecargarlo de tareas ajenas a su misión y doctrina?

VELANDO ARMAS

En la conmemoración del Día del Ejército, después de agradecer el apoyo que el Ejército le ha dado, el Presidente reservó un elogio especial para el secretario de la Defensa, Cresencio Sandoval: Doy gracias al general … por ser un auténtico soldado de la patria, leal e incorruptible”.

Sin duda lo ha sido y ha tenido momentos para probarlo.

Por ejemplo, la mañanera aquella en que lo obligó a revelar el apellido del oficial que supuestamente encabezó el fallido operativo de la detención de Ovidio Guzmán, el hijo de “El Chapo”, o su silencio cuando el Presidente declaró que si por él fuera, como somos un país pacifista, desaparecería al Ejército y México se quedaría solo con la Guardia Nacional.

Con seguridad, el general Sandoval le ha dado mayores muestras de lealtad de las que no tenemos noticia; quizás a él en concreto se refirió cuando agradeció que los militares no escucharan el canto de las sirenas golpistas.

El hecho es que en menos de dos años de gobierno, el Presidente ha puesto toda su confianza en la milicia, le ha dado todo lo posible y quizás le dé más aunque parezca que ya no hay algo que pudiera interesarle.

Por lo pronto la ha relevado de la obligación impuesta por Calderón y Peña Nieto, guerrear con el crimen organizado.

Suficiente para pagar con lealtad, por cierto, innecesaria porque la oposición no existe, la popularidad presidencial no sufre daño pese a todo, los dueños del país se dejan convencer con facilidad de cumplir sus obligaciones fiscales, y sólo unos cuantos persisten en cambiar por claxon las cacerolas chilenas contra Salvador Allende.

A menos que Epigmenio Ibarra tenga razón en su columna, Itinerarios, del miércoles pasado en Milenio, y los personajes del viejo régimen que se sientan en peligro de ser arrastrados por el tsunami que provocarán las revelaciones de Emilio Lozoya ante el juez decidan entablar una “coordinación operativa” con los capos del narco para “desestabilizar al país”.

Si así fuera, el Presidente tendría que pedir el supremo acto de lealtad al Ejército de abandonar todo lo que le significa construir aeropuertos y bancos, sembrar arbolitos, manejar las aduanas y los puertos, por ejemplo, y tomar las armas para defender a la Cuarta Transformación.

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