Don José…

Para los teziutecos no hay tierra prometida; caminos de la vida los han inducido en una identidad y nacionalidad especial

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Para nosotros no hay tierra prometida. Vivimos en ella; es nuestro máximo orgullo.

Los caminos de la vida nos han inducido en una identidad y nacionalidad especial.  Fieles a nuestro origen, somos del “tlayoyo power”. Heredamos una nobleza especial; somos serranos; somos teziutecos.

Nos reconocemos en nuestro propio lenguaje.  Bardeamos, frente a catedral, cuando la lluvia nos da permiso. Nos saludamos con el tradicional  “digo… vas pa´ rriba… o vas pa´ bajo”; demostramos honestidad en una sola frase: “Chihue… chihue de a madres”; en  la “academia” de Don Justo Guzmán nos graduamos, y con honores… y si nos permite el lujo, sólo pedimos a Dios un café caliente de aquí mismo, de la sierra poblana, con un “tacón” o un “cochinito” de esos panes que hacen los Macip.

Tenemos nuestros propios héroes; en cada revolución transformadora, los teziutecos hemos estado presentes; con “La Generala”, Virgen del Carmen al frente, en la Independencia; con los aguerridos indios serranos en la Reforma; con los Niños Héroes de la estación del ferrocarril en la Revolución.

Nuestras escuelas, típicas de una comunión más allá de la geografía que nos une, nos mezcla en una naturaleza especial, medio de la montaña poblana, medio de la tierra caliente de Puebla y Veracruz. Nuestra industria maquiladora, nuestros bordados, la fabricación de “chilahuates”, “tin tines”, “trompadas”; pa’ qué le sigo.

Qué más le pedimos a la vida….

Por eso, quienes recrean nuestra micronacionalidad fortalecen nuestra macrociudadanía, Soy teziuteco, respondemos, cuando alguien nos pregunta si somos poblanos o mexicanos. Por eso  reconocemos siempre  la utilidad social de descubrir nuestra microhistoria.

Teziutlán es nuestra micro nación, única y auténtica, y  agradecemos a los hombres y mujeres que con abnegación, inteligencia, valor y coraje la crearon.

Cada vez que identificamos  las razones del esfuerzo, y nos insertarnos en sus formas de hacerlo,  nos adentrarnos en el proceso vital que transformó sus sueños, costumbres y tradiciones en instituciones.

Para que este sea siempre un ejercicio que nos revitalice contamos con el trabajo, humilde, pero eficiente, de los cronistas de nuestra verdad histórica que por su afán de encontrar las verdaderas verdades de nuestra micro historia convierten a la crónica en el mejor género de la literatura mexicana.

Los cronistas, en cada una de sus aportaciones, nos permiten evaluar, merecer y apropiarnos de esa nobleza de espíritu con la que fuimos concebidos como teziutecos para hacernos pueblo libre y eficiente.

Eso es lo que, siempre que leemos sus libros, agradecemos  a nuestro cronista José Motte Ruiz.

José Motte Ruiz, al reunir, reintegrar y analizar  evidencias y  testimonios en una crónica honesta y  pertinente, recrea una  narrativa literaria que al convertirla en micro historia permite reencontrarnos con nosotros mismos.

José Motte Ruiz nos acerca al valor de la tradición oral, que revive con emoción lo que fue para indagar  lo que será, fuera de la innecesaria causalidad científica que termina por condicionar las trayectorias a una fatalidad cruel e inútil

En cada uno de sus textos, Motte Ruiz hace a su crónica la mejor aproximación a nuestros orígenes, propósitos y tradiciones como pueblo, y la convierte en fuerza y aliento para continuar tejiendo con ideas propias más valor teziuteco para compartir con todos nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Cada libro de Motte Ruiz es auténtica historia construida con paciencia y entusiasmo, con método y pasión, que va integrando fuera de la especulación y la fantasía.

Cada crónica de Motte Ruiz es realidad justa porque partiendo siempre del supremo valor  del origen teziuteco, y del amor al terruño, hace que lo más significativo trascienda, se convierta en lección y ofrezca patrimonio y herencia que construye identidad, orgullo y trascendencia.

En su crónica, Motte Ruiz indaga en nuestra microhistoria; la descifra y la reintegra.  Nos demuestra la importancia de conocer, conservar y defender  el patrimonio cultural de nuestra comunidad.

Por eso, los teziutecos debemos  mucho a nuestro cronista José Motte Ruiz porque convierte en documentos indelebles pequeños trayectos del esfuerzo local y los hace base confiable para  la interpretación de los por qués que animan nuestro caminar como un pueblo comprometido para descubrir su propia historia y conservar la memoria del esfuerzo individual y colectivo de una realidad que cada vez que Motte Ruiz revive la redignifica no sólo para que no se pierda o se olvide; también para que se practique y se enriquezca.

En cada párrafo, nuestro historiador local Motte Ruiz recrea la utilidad de cada una de las experiencias que han ido construyendo nuestra propia oportunidad de percibir, entender y enfrentar nuestra realidad. Nos reencuentra con la verdadera razón de la historia.  Nos la cuenta, nos la platica, con ese lenguaje cotidiano con el que decimos nuestras verdades  los teziutecos, con el que besamos la cruz entretejida de nuestros dedos para asegurar verdad en ese “chihue, chihue de a madre” que consagra que ya no hay más verdad que esta.

Por eso, este texto está dedicado a José Motte Ruiz, un teziuteco especial, y  sé que nuestro Director Juan Bustillos coincide con el merecimiento… porque aquí, entre las bardas de catedral, la academia de Don Justo, la hermandad de Gavilanes de la ESFAA, la belleza de nuestras mujeres y la perseverancia de nuestros padres, también forjó su mundo ideal, al que con inteligencia, audacia y valor hizo real.

José Motte Ruiz, cronista de Teziutlán, fortalece  la nobleza de nuestro espíritu serrano… ¡chijue de a madres!

 

 

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