Covid-19 vs 4T: La realidad mató al choro

Titular del Ejecutivo ya no puede moldearla a su conveniencia porque ya no es oposición; se le acabó la palabra; día a día despierta, en Palacio Nacional, con la ocurrencia desgastada

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Pandemia de coronavirus nueva tragedia nacional

Trece meses de tiempo se necesitaron para construir una nueva tragedia nacional en México con la pandemia del coronavirus: Más de 50 mil muertos y cerca de 500 mil contagiados muestran el tamaño del desastre. Es el tercer país con el mayor número de muertes en el mundo y está en el top ten de los países con el mayor número de contagiados.

Evidentemente no es honroso, siquiera, mencionarlo, pero denota la vergüenza y el tamaño del fracaso del gobierno de López Obrador; es el primer gran fracaso de este gobierno que marcará su lugar en los libros de historia. Ya compró su boleto, y así como Calderón y su sexenio de la guerra, y Peña Nieto y su sexenio de la corrupción, López Obrador tendrá su recuerdo: El sexenio de la muerte por el coronavirus.

Si la venta del avión presidencial es la metáfora de la 4T que lo muestra de pies a cabeza, el virus Covid-19 es el epitafio de lo que pretendió ser una novedosa y pomposa concepción del ejercicio del gobierno. Desde el principio, y como todo lo que disecciona, quiso reducir a una simple contingencia de coyuntura la pandemia del coronavirus aún y cuando la Organización Mundial de la Salud advirtió a tiempo que era un mal que podría provocar severos daños sociales y un sinnúmero de muertos.

Desde un principio, la 4T demeritó el tamaño de la contingencia; lo redujo a una simple variante de la neumonía atípica; sólo bastaba con quedarse en casa y las defensas inmunológicas se encargarían de lo demás; solamente si tenías complicaciones para respirar, entonces, y sólo entonces, era necesario que acudieras a un centro de salud. Del cubre bocas ni hablar; para los responsables de la estrategia de atención de la pandemia no servía de mucho; era un simple accesorio sin utilidad científica comprobada.

Y de los escenarios, para el gobierno, en el extremo pesimista, tendríamos muertes de alrededor de 6 mil, con 150 mil contagiados, sólo si no se atendieran a plenitud las contingencias del entorno, pero se contaba con la experiencia, la estructura hospitalaria, los recursos financieros y la estrategia suficientemente probada para el éxito.

Todo estaba perfectamente calculado para salir muy bien y poder ser un ejemplo mundial de un nuevo ejercicio de gobierno, tal y como le gusta reconocerse al líder de la 4T; lo demás sería grilla de los conservadores que perdieron el poder y anhelan el fracaso como estrategia política de denostación.

La narrativa era perfecta; “no soy fuerza de contagio; soy fuerza moral”, “al coronavirus se le combate con honestidad, y no siendo corruptos”, “salgan y abrácense; no pasa nada”, “nos preparamos con tiempo y no nos agarró mal parados esta pandemia”, “al gobierno de la 4T, todo esto le cayó como anillo al dedo para consolidar nuestro proyecto de gobierno”, “ya domamos la pandemia y aplanamos la curva”…. etcétera, etcétera.

Sin embargo, la realidad, poco a poco y sin descanso, fue imponiendo las condiciones; la narrativa se fue desgastando; la imagen empezó a volverse difusa; ya no había frases pegajosas que tanto gustan en el seno del gobierno; empezó a desaparecer esa risa burlona y socarrona que siempre acompaña al “tengan para que aprendan”; los números de la tragedia empezaron a marcar la pauta. Se configuraba el desastre.

Primero fueron 10 mil muertos; luego 20 mil; luego 30 mil; luego 40 mil; luego 50 mil, y contando. Y no se acaba; no se ve la luz al final de túnel; ya no hay optimismo ni arrogancia, ni suficiencia; aparecieron los pretextos, las comparaciones amañadas, y “si mejor hablamos del avión”, “no estamos tan mal; en Estados Unidos y en otros países hay más muertos”, “bueno, podíamos estar peor; nuestra estrategia evitó que muriera más gente”, y “si mejor hablamos de Lozoya y la corrupción; ya va a cantar lo que sabe”.

No son números de muertos o contagiados del coronavirus; ni siquiera es el futuro de este gobierno soberbio, ineficiente e irresponsable; son todas las historias de dolor, de muerte, de enojo, de desesperación, de frustración, de quienes han padecido de manera directa las consecuencias de esta pandemia, y de todos los que indirectamente también las padecen porque perdieron el empleo, no hay expectativas de ingreso en el corto plazo, no podrán pagar la hipoteca, las tarjetas de crédito, las deudas contraídas, la colegiatura de los hijos, el gasto corriente del próximo mes.

Aquí radica la tragedia nacional. No es simple narrativa; es una pesadilla social pocas veces vista en la historia reciente; es el rostro del dolor y del miedo, pero no lo entienden; están ocupados en procesar su propia tragedia.

Todo en este país quedó en evidencia, es cierto; el desatendido sector de salud del país que en los sexenios pasados se convirtió en un botín para hacer negocios ya sea para construir hospitales que nunca terminaron de construirse, en la compra de equipo, para acondicionarlos, que nunca fue de la calidad comprometida, en la compra de medicamentos, cuyo mercado estaba controlado por un cartel de empresas coludidas en el sorteo de los grandes negocios y de los gobiernos tanto federal, como estatal y hasta municipal, que sacaron tajada de los presupuestos asignados al sector salud. Teníamos un sector de salud pública que funcionaba, sí, pero a medias, no acorde con la enorme cantidad de recursos que se le asignaban año tras año.

Y la llegada de un gobierno ensimismado, embelesado con su aura de inmunidad moral que lo hacía creerse superior a todos, capaz de resolver todo con la simple narrativa de su líder en su púlpito mañanero. Así quiso resolver la pandemia, con choro mareador, porque así lo concibe todo: Por eso no es necesaria la burocracia gubernamental experimentada y capacitada; ni la ciencia al servicio de la política; ni la aplicación de la técnica en las decisiones de gobierno. Con la voz emitida por el gran líder y su visión reducida de la realidad es suficiente; con esas grandes abstracciones de lo malo del pasado y de lo bueno que nos espera al llegar al lugar prometido es suficiente; lo demás no importa. Todo pasará y todo se acomodará, pero no fue así. La realidad se muestra con dureza al incauto, al ingenuo, que cree que el poder de la palabra sustituirá la tragedia del presente. A López Obrador se le acabó la palabra y día a día despierta en Palacio Nacional con la ocurrencia desgastada; ya no puede moldear la realidad a su conveniencia porque ya no es oposición; hoy, él construye su propio destino, que lo manifiesta y que mañana será su legado.

Y no será recordado como quiere; nadie ha tenido ese privilegio sino en función de sus acciones y omisiones, que ya lo denotan.

 

 

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