Con Cienfuegos, a juicio neoliberalismo… y 4T

Identificado como “El Padrino”, ahora el ex secretario de la Defensa de Peña Nieto está en manos de la Corte de Brooklyn. Pero hay razones para que el Presidente López Obrador se preocupe

Compartir:
El General Salvador Cienfuegos, ex secretario de Defensa de Peña Nieto fue detenido el jueves en Los Angeles. Su Aprehensión sorprendió a todo México, incluido el Gobierno Federal.

> El aparato con que supuestamente operó el general permanece intacto y quienes no fueron sus cómplices, en el supuesto de que las acusaciones tengan base, se hicieron de la vista gorda o son incompetentes

> El que nos ocupa es quizás el tiro más audaz disparado por la DEA en lo que se refiere a México, superior a la detención de García Luna o a la del ex gobernador de Chihuahua, César Duarte

Enrique Peña Nieto debe estar preocupado por la aprehensión en Los Ángeles de su secretario de la Defensa Nacional porque las acusaciones de la DEA irremediablemente llegarán hasta él, al menos en forma mediática; sin embargo, no debe desechar la posible implicación penal por lo que tendrá que olvidar por ahora cualquier traslado a Estados Unidos, si estaba en sus planes.

Pero el presidente López Obrador y sus más cercanos colaboradores, incluido el sucesor del general Salvador Cienfuegos, Cresencio Sandoval, deben dejar la celebración para otros tiempos porque, al igual que en la jerarquía vaticana, en las Fuerzas Armadas mexicanas nadie avanza hacia la cúspide si no es por decisión del superior, es decir, de los únicos personajes que pueden utilizar cuatro y cinco estrellas, el secretario de la Defensa y el presidente de la República.

Ninguno de los altos mandos militares que rodean a López Obrador, ni siquiera el general Cresencio Sandoval, pueden negar vinculación a Cienfuegos.

En función de esta realidad insoslayable, López Obrador debe cuidar sus palabras al afirmar que de los dos sexenios anteriores se puede hablar, si no de un narcoestado si de gobierno narco y mafioso, porque ninguno de los altos mandos militares que lo rodean, ni siquiera el general Cresencio Sandoval, pueden negar vinculación a quien fue su jefe en el gobierno de Enrique Peña Nieto, Salvador Cienfuegos.

Si en la etapa neoliberal “el cáncer” de la corrupción se extendió en las Fuerzas Armadas, y pese a que es curable avanzó tanto hasta llegar al mando más alto, no debe quedar duda a López Obrador que en plena Cuarta Transformación ahí permanece, avanzando no sólo en el área militar, sino en la civil y, peor aún, tan cerca suya que no alcanza a verlo.

Para decirlo de otra manera, si en el pasado reciente existió lo que llama un narcoestado o gobierno narco y mafioso no hay por qué suponer que ha dejado de existir, exceptuando, desde luego, a quien hoy es el único en portar cinco estrellas.

Por lo pronto y sólo por precaución debería abstenerse de meter las manos al fuego por cualquiera de sus subalternos uniformados, aún los seleccionados por él después de una exhaustiva investigación para confiarles los más altos cargos.

Conforme a los razonamientos presidenciales mañaneros, todos, sin excepción, están bajo sospecha de eventos del pasado y actuales.

Y es aquí en donde reside el mayor riesgo para el gobierno actual porque quizás el presidente no ha calculado la reacción tanto de los altos mandos como de los medios (no olvidar que Cienfuegos fue director del Heroico Colegio Militar de 1997 al 2000), pero tampoco el de la población que, a partir de lo que ocurre, le seguirá guardando temor al Ejército, pero no el respeto bien ganado que le ha profesado, en especial por la aplicación en los desastres naturales del Plan DN-III-E.

El ejército ha sido en todos los sexenios anteriores, neoliberales o no, el sostén de la gobernabilidad; hoy lo es más aún. Si no fuera así no tendría explicación el por qué López Obrador lo usa para lo que sea. No obstante, con la pérdida del prestigio que sufre, de poco podrá servirle si llegara a necesitarlo.

Los dichos del mandatario en la conferencia mañanera sobre la aprehensión en Los Ángeles del ex secretario de la Defensa Nacional demuestran que no ha dimensionado aún la magnitud del caso, no obstante haber sido alertado, según confesó, con 15 días de anticipación por la embajadora de México en Washington, Martha Bárcena.

No sabemos si la señora Bárcena sirvió de mensajera del gobierno norteamericano o el magnífico trabajo que realiza le permitió enterarse a tiempo por conductos extraoficiales de lo que estaba por venir; también ignoramos si viajó a México por esta razón y si en estas dos semanas el secreto no le fue confiado al canciller Marcelo Ebrard.

‘EL PADRINO’

Nada sabíamos y poco sabemos aún después de la difusión del indictment o acusación de 10 cuartillas aprobada por un Gran Jurado federal, de suerte que tendremos que esperar al desarrollo de las audiencias que serán escandalosas, pues equivaldrán a poner a funcionar un ventilador para desparramar estiércol sobre México.

Por lo pronto ya sabemos que, cual guión de Netflix, el apodo oficial de Cienfuegos en el crimen organizado o entre los investigadores de la DEA, era el muy original de “El Padrino”, o en todo caso “El Zepeda”, su apellido materno.

Hoy sabemos que, desde el 14 de agosto del año anterior, la Corte de Distrito para el Este de Nueva York, lo tenía en su mira bajo los cargos de conspiración, manufactura, importación y distribución de narcóticos y lavado de dinero. Ya desde el 17 de enero pasado la jueza Carol Bagley Ammon lo consideraba prófugo y los fiscales trabajaban diferentes opciones para arrestarlo.

Cienfuegos se las puso fácil. Ignorante de lo que pasaba en Nueva York, viajó con su familia a Los Ángeles y, para decirlo de otro modo, se entregó.

Su juicio será más espectacular que el del ex secretario de Seguridad con Calderón, Genaro García Luna, quien por cierto ya se declaró inocente y es de suponer que no caerá en el juego de la Cuarta Transformación de embarrar a su ex jefe, Felipe Calderón. Ni imaginar que el general se conduzca de manera diferente.

A Cienfuegos le gustaba ser y parecer un militar hosco de difícil trato y hasta autoritario con quienes consideraba sus competidores. Ahí están, por ejemplo, sus encuentros con el Congreso de la Unión para exigir un marco legal regulatorio de las funciones policíacas a que se obligó al Ejército.

Memorable fue la ocasión cuando afirmó que, si le pedían levantar una mano para mostrar su acuerdo en el regreso del Ejército a los cuarteles y dejar de realizar funciones policíacas, levantó las dos.

Pero también se debe reconocer que, más allá de las acusaciones al militar sobre violaciones a los Derechos Humanos, nunca se habló de su personal vinculación al crimen organizado.

Pero eso ahora poco importa, aunque sin duda el gobierno de López Obrador ya aprovecha el viaje para intentar probar que el Ejército tuvo que ver con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

De lo que no hay duda es que Cienfuegos no es el clásico personaje que se muestra valiente solo por comandar una fuerza armada como el Ejército o porque vive rodeado de escoltas dispuestos a lo que sea para salvaguardar su seguridad. Quienes lo conocen -jamás crucé una palabra con él- aseguran que se defenderá y a sus acusadores les costará más trabajo probarle supuestos delitos.

A menos que tenga algo más que testigos protegidos, a la DEA le resultará más difícil encauzarlo que a García Luna.

No obstante, su aprehensión, que no tomó de sorpresa al presidente López Obrador, es quizás el tiro más audaz disparado por la DEA en lo que se refiere a México, superior a la detención de García Luna o a la del ex gobernador de Chihuahua, César Duarte.

IMPREDECIBLE LA REACCIÓN EN EL EJÉRCITO

Después del presidente de la República, nadie hay en el gobierno mexicano superior en rango militar al secretario de la Defensa Nacional. Como se llame, si es corrupto o traidor, el país está frito.

Cuando Peña Nieto buscaba secretario de la Defensa comisionó a Andrés Antonius, vía Luis Videgaray, para entrevistar generales de División, pero el presidente electo conocía bien a quien fue comandante de la Primera Región Militar a la que pertenece el Estado de México, Habían interactuado, le tenía confianza y se la mantuvo.

Hoy, identificado como “El Padrino”, está en manos de la Corte de Brooklyn, pero con él, hay que insistir, estará a juicio el gobierno mexicano, sea cuartotransformador o neoliberal.

Pecaría de ingenuidad quien en la cúpula de López Obrador celebre tener ahora por partida doble en sus manos al ex presidente Peña Nieto porque a los casos de Emilio Lozoya debe aunarse el de Cienfuegos.

Desde donde se le vea, el problema es sistémico. Privan en el Ejercito temor e indignación que raya en afrenta por la detención de quien fue su jefe y, con base en ello, su reacción es impredecible, sobre todo en los mandos medios; también por la aceptación a priori en la cúpula política de la comisión de supuestos delitos que ni siquiera se han detallado.

Tampoco se trata de desgarrarse las vestiduras por la aprehensión del ex secretario de la Defensa Nacional, pues es posible que sucumbiera ante la tentación y fungiera como “El Padrino” durante seis años sin nadie enterarse, pero no hay quien pueda negar que mantuvo la guerra contra los cárteles iniciada por Felipe Calderón, en contraste con los tiempos actuales en los que la política oficial es cambiar abrazos por balazos, llamados a portarse bien y amenazas con acusar a los delincuentes con sus abuelitas.

Como dice el clásico, no comamos ansias y esperemos las audiencias para conocer los cargos concretos, los testigos, las documentales y la defensa.

Hasta entonces será posible opinar; por lo pronto, si damos por sentada su culpabilidad estaremos aceptando que permanece intacto el aparato con que supuestamente operó entre 2015 y 2017 para conspirar para la manufactura, importación y distribución de mariguana, cocaína, heroína y metanfetamina en Estados Unidos y México, y además lavar dinero.

Por lo pronto ya hay acusaciones concretas que muestran que, si bien era duro, el ex secretario de la Defensa es ingenuo a grado de dar órdenes personalmente y mediante mecanismos que él sabía de fácil interceptación.

La Fiscalía de Brooklyn asegura que  existen en su contra “Evidencia que incluye miles de mensajes interceptados de Blackberry, revela que, cuando era Secretario de la Defensa, el acusado, a cambio de sobornos, asistió al Cártel H-2 de numerosas maneras, entre ellas, asegurarse que no hubiera operaciones militares en su contra; iniciando operaciones militares contra sus rivales; consiguiendo transporte marítimo para cargamentos de drogas; actuando para expandir el territorio controlado por H-2 a Mazatlán y el resto de Sinaloa”.

En las supuestas evidencias, están “muchas comunicaciones capturadas durante la investigación, hay numerosos mensajes entre el acusado y un líder principal del Cártel H-2, en los que el acusado discutió la asistencia que históricamente había provisto a otra organización de narcotráfico, así como comunicaciones en las que el acusado es identificado por nombre, título y fotografía, como el funcionario mexicano que apoya al Cartel H-2”.

Si el general Cienfuegos era capaz de estas manifestaciones de impunidad, ingenuidad y soberbia, merece lo que le está pasando, pero conociendo su trayectoria resulta difícil aceptar que se comportase como un soldado raso ambicioso y sin experiencia.

Pero más grave que su soberbia o ingenuidad es que, si todo lo anterior lo sabían en Estados Unidos, lo ignorasen los mandos militares impolutos que acompañan a López Obrador. No hay de otra, mienten o vivían en otro mundo, pues, según el presidente, en México no hay investigaciones ni acusaciones contra el ex secretario de la Defensa Nacional.

Luego entonces, sí hay razón para que el presidente se preocupe. El aparato con que supuestamente operó Cienfuegos permanece intacto y quienes no fueron sus cómplices, en el supuesto de que las acusaciones tengan base, se hicieron de la vista gorda o son incompetentes. Para el caso, es lo mismo.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...