Chiapas y Tabasco, corrupción y recuento de nunca acabar

Más que de la furia del agua y el viento, son, hasta hoy, víctimas del abandono y la indolencia gubernamental

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15Pretender evadir responsabilidades bajo el falaz argumento de que la naturaleza es culpable de las inundaciones y los incontables muertos de Chiapas y Tabasco es pretender esconder, deliberadamente, la negligencia, la corrupción y la incompetencia oficial durante décadas. La naturaleza actúa y nadie puede detener un huracán o un incesante periodo de lluvias, pero la prevención de desastres naturales sí entra dentro de la acción humana para reducir al mínimo los riesgos. Más que de la furia del agua y el viento, Chiapas y Tabasco son, hasta hoy, víctimas del abandono y la indolencia gubernamental.

Las inundaciones de 1999 en la misma zona de Tabasco fue una alerta que obligó, en el 2003, al gobernador Manuel Andrade a firmar con la Comisión Nacional del Agua un Convenio para prevención de las inundaciones.  El proyecto de obras hidráulicas contra inundaciones debió concluir en 2006, con una inversión de poco más de 2 mil millones de pesos. Sin embargo, según el propio ex gobernador, únicamente se invirtieron mil 331 millones, o sea, que por querer ahorrar 729 millones de pesos, una obra de ese tamaño quedó inconclusa y dejó a Chiapas y Tabasco en estado de indefensión permanente hasta este 2020.  Por ese “ahorro” injustificable, el costo de la catástrofe y su reparación se calcula puede llegar hasta los 50 mil millones de pesos, pero más allá de los cuantiosos gastos pendientes de aplicarse, la pérdida de vidas humanas y desaparecidos ha sido incuantificable.  Oficialmente, entre Chiapas y Tabasco se dice que hay 27 muertes que jamás debieron haber ocurrido, pero otra vez se esconden las cifras para encubrir las irresponsabilidades de siempre.

Esa ha sido  la tragedia de Chiapas y Tabasco: El abandono y la indiferencia oficial.  Cuando el huracán “Stan” barrió con la vida, el patrimonio y el futuro de los habitantes de la Sierra y la Costa de Chiapas y el Soconusco, se anunció que la reconstrucción quedaría concluida en sólo 3 meses. En un teatro montado en el hotel Holiday Inn de Tuxtla Gutiérrez, Vicente Fox, otro payaso sexenal, citó a reunión a los gobernadores de Tabasco, Oaxaca, Veracruz y Chiapas para signar el acuerdo de una pronta reconstrucción.

Poco después se anunció que 11 mil 700 millones de pesos estaban disponibles y, secundado por su corifeo Pablo Salazar, todo fue un cuento y un acto de exhibicionismo. Sirvió sólo para la foto oficial  de lo que nunca se hizo. Ridículos se veían Vicente Fox, Marta Sahagún y Pablo Salazar en fotos y televisión cuando habilitados como estibadores improvisados bajaban cajas y despensas de un helicóptero de la Fuerza Aérea Mexicana. En esa farsa, Marta  olvidó quitarse las joyas que adornaban brazos y cuello, en abierta afrenta a la tragedia.

Bajo el amparo de la corrupción de siempre, junto con los desaparecidos 11 mil 700 millones de pesos, hasta hoy sigue en el misterio qué pasó con los mil millones para los programas de rehabilitación de café y los 200 millones que durante “Stan” se etiquetaron para la construcción del tren costero. Hasta  Mel Gibson pagó su cuota de ingenuidad. Mel hizo un donativo de 2 millones de dólares y ni una sola referencia de dónde fue a parar ese dinero.

Por aquél tiempo se supo que las responsables de las inundaciones en Tabasco y los daños en el norte de Chiapas fueron la Comisión Federal de Electricidad y la Secretaría de Energía.  Todo era parte de un negocio para beneficiar a las empresas españolas Iberdrola, Repsol y Fenosa, que producían y controlaban el 70 por  ciento de la energía producida por entidades privadas, y no a las excesivas precipitaciones, como se pretendió hacer creer en Chiapas, en México y el mundo.

Lo anterior se desprende de un estudio que bajo el título Programa de Obras de Inversiones del Sector Eléctrico elaboró la Comisión Federal de Electricidad. El sistema hidroeléctrico Grijalva, compuesto por las presas La Angostura, Chicoasén, Malpaso y Peñitas, se mantenía al 40 por ciento de su capacidad de producción de hidroelectricidad. Esto quiere decir que deliberadamente se acumulaba  agua de más en sus presas.  Mientras la lluvia era normal, el peligro de las inundaciones estaba controlado.

El problema surgió cuando la precipitación pluvial rebasó los niveles de tolerancia de acumulación de agua, como sucedió éste mes de noviembre. Para evitar inundaciones es necesario que las presas generen mayor cantidad de energía hidroeléctrica, puesto que al utilizar más agua no hay riesgo de inundaciones. Por ello, la Secretaría de Energía debió autorizar un programa permanente de mayor producción de electricidad a través de las presas del Grijalva.   Se infiere que no lo hizo y la tragedia, nuevamente, se repitió en Tabasco, y alcanzó a Chiapas.

Las inundaciones del 2006 y el 2007 llevaban implícito el síndrome de la corrupción, con el propósito fundamental de que la CFE mantuviera a medias su capacidad de generación de energía hidroeléctrica para evitar competir con las empresas españolas que terminarían por declararse en quiebra y cerrar sus plantas.  Ello es entendible si se considera que mientras a los productores privados de electricidad les costaba entre 60 y 70 centavos cada kilovatio-hora, para la CFE tenía un precio de apenas 15 centavos.  O sea, tan sólo una  cuarta parte de los 60 centavos.

Es obvio que los costos de operación en producir electricidad tenían  que ser también mayores, y como los productores privados se la vendían a CFE, el afectado resultó, siempre, el consumidor final.  Hoy parece repetirse el esquema de hace 20 o 30 años.  Para atraer inversión y mantener subsidiada la industria eléctrica nacional hay que correr, permanentemente, el riesgo de inundaciones y comprar más cara la luz. Mientras Chiapas y Tabasco pagan con muertos, otros se llevan las ganancias y la culpa se le endosa a la naturaleza.

Tiene razón el gobernador de Tabasco, Adán Augusto López Hernández, al señalar como principal responsable de la tragedia en Chiapas y Tabasco a Manuel Bartlett, por los daños ocasionados ante el desfogue de la presa Peñitas.  López Hernández llamó “cínico” al funcionario por no asumir su error e incurrir en responsabilidad criminal con la inundación de los municipios de Nacajuca, Jalapa y Cunduacán.

Por su parte, el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró “buscar una solución estructural y de fondo en la que se draguen los ríos que durante décadas no han sido desazolvados, así como controlar las presas del río Grijalva: La Angostura, Chicoasén, Malpaso y Peñitas”. Lamentable que a estas alturas se hable de dragado y desazolve cuando si el problema ha sido de décadas, en estos dos años de gobierno hubo tiempo suficiente para prever lo que sucede en Chiapas y Tabasco.

Mientras Adán Augusto pelea por la seguridad y el bienestar de los tabasqueños, Rutilio Escandón, gobernador de Chiapas, permanece como interlocutor mudo para no contrariar la voluntad presidencial. Unos cuantos datos patéticos para Chiapas. Con las lluvias resultaron afectados 54 municipios, 16 mil casas están dañadas y 4 mil totalmente destruidas, pero Rutilio ningún reclamo de apoyo y ayuda de la Federación.

El cinismo de Bartlett no tiene justificación cuando dice que le da risa la demanda del gobernador López Hernández para que la CFE se haga responsable de los daños ocasionados con las inundaciones en Tabasco. Muertos y daños materiales deberían ser motivo de preocupación, y no de risa.

Lo malo es que la risa es el anuncio anticipado de que, como siempre, no habrá responsables.  Ampliaremos…

 

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