Alfonso vs. Audomaro: el ring, la seguridad interior

Esta batalla no es un pleito más en ese compendio de improvisación que es el gobierno de López Obrador

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Alfonso Durazo es el López-Gatell de la seguridad: no importa qué tan alto sea el costo de sus pifias, porque mientras se sienta arropado por López Obrador, lo demás es baladí.(Foto Durazo.)

> Es un desequilibrio que afecta a la seguridad de la nación y ahí, deberían prevalecer los intereses nacionales, no la maquila de ocurrencias

En los círculos de la seguridad interior, pocos dudan de la animadversión que Alfonso Durazo, fallido secretario de Seguridad de Andrés Manuel López Obrador, siente por Audomaro Martínez, director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y que parece ser plenamente correspondido por éste último.

“El doctor” y “El general” se han trenzado en una serie de encontronazos en donde los momios dan a entender que, al menos hasta el último día que le quede de gestión al sonorense, le va ganando la partida al militar.

El oriundo de Cunduacán cometió un error que otros ya experimentaron y han ido pagando: creer que la cercanía con López Obrador lo es todo y eso no es así. Gastarse las suelas caminando por Palacio Nacional junto al presidente, ha demostrado que no es la mejor forma de trabajar detalles sinuosos de la seguridad interior y la nacional.

A Durazo, López Obrador y a Martínez los hermana el mayor desastre de seguridad interior en lo que va del sexenio: el “Culiacanazo”. La capitulación a favor del cártel de Sinaloa envició irremediablemente la relación entre civiles y militares, mostrando una novatez temeraria, así como un desdén pasmoso hacia la Marina.

Es de entenderse que la batalla está siendo ganada momentáneamente por Durazo, dada la obviedad de que ha sido el jefe de sector para todo efecto presupuestal y político; Audomaro Martínez vive en el peor de los mundos posibles: dirige un ente crítico para la seguridad del país, al tiempo que López Obrador desdeña lo que no entiende.

Los verdaderos expertos de CNI, no los que arribaron desde cargos inconexos a la seguridad interior, sufren dos fuegos: por un lado, la ignorancia enciclopédica de quienes los dirigen y por otro, el desdén institucional a su silenciosa y sacrificada labor.

La comunidad de CNI se la ve todos los días con los cárteles, la guerrilla y la delincuencia en general, al tiempo que trabaja en silencio, sin esperar aplausos porque la discreción es su mayor arma, pero también el supresor de un merecido reconocimiento.

Si en el pasado, la comunidad de CNI se enfrentó (y de qué manera) a tomadores de decisiones que no entendían medianamente lo que ahí se trabaja, ahora tienen un severo inconveniente: su cabeza de sector tuvo una severa confusión y creyó que ese lugar era un espacio más para colocar amigos y recomendados.

Por supuesto, hay experiencia acumulada: en el sexenio de Enrique Peña Nieto, a probadas leyendas del CISEN se les dieron responsabilidades administrativas, porque sabían demasiado, pero no había adonde meterlos. Es una pena no poder exhibir casos concretos, por la seguridad de los mismos.

Así, la guerra entre Martínez y Durazo ha ido trozando a los alambicados del bunker de Magdalena Contreras, por una combinación de indiferencia, inexperiencia y ambición.

LAS MUCHAS BAJAS

Hace poco, entre junio y agosto, se dio una sorda batalla al interior del CNI. Sin mencionar nombres (dada la relevancia de preservar su identidad por su seguridad personal), es posible dar una serie de datos sobre el conflicto que se desarrolló en Magdalena Contreras.

El argumento para que distintos funcionarios fueran removidos de sus cargos fue porque habían reprobado los exámenes de control de confianza y Audomaro Martínez había firmado una especie de responsiva para que no fueran despedidos.

Tal responsiva, en los hechos es una renuncia firmada en blanco que puede hacerse efectiva en cualquier momento, por el pretexto más insignificante.

Pasó el tiempo y tales funcionarios fueron removidos. Dos posibilidades de explicación al respecto se han barajado: la primera es que tales colaboradores filtraban información; la segunda (por mucho, más probable) es que desde Avenida Constituyentes se decidió que esos cargos ya no serían propiedad de Audomaro, con el obvio propósito de debilitarlo.

Para que CNI funcione apropiadamente, los años han demostrado que la combinación más apropiada es la suma de cuadros de un altísimo nivel técnico (en donde lo que importa es su capacidad y no a qué partido político prefieren) con otros tantos que sí tienen abanderamiento partidista.

Lo anterior era la clave para que CNI funcionara razonablemente bien en el pasado inmediato: las personas ajenas a la institución que han llegado a dirigirla usualmente no comprenden de qué va la cosa, porque no entienden que su cultura organizacional es radicalmente distinta a cualquier otra dependencia pública.

Hasta Durazo, CNI no era una masa de prófugos de una película de espías: era una fábrica de datos útiles para tomar decisiones. Costó mucho trabajo llegar a esa eficiencia, pero López Obrador, armado con su precaria didáctica, la condenó porque lo espiaban: no podía ser de otra manera porque él era un factor de gobernabilidad o ingobernabilidad.

Eso sí: el tabasqueño no hizo mohines cuando lo protegieron en forma encubierta, mientras enfrentaba su crisis cardiaca en el carísimo hospital en el que estuvo internado, justamente porque un análisis del entonces CISEN advirtió lo obvio: si alguien atentaba contra López Obrador, se incendiaba el país.

Tampoco se ofendió cuando esa misma institución le avisó a uno de sus leales en el Poder Legislativo que estaban preparando un atentado en su contra. Para eso, los “espías” no eran conservadores sino patriotas, se deduce.

Así, llegó el momento de hacer efectivas esas responsivas en los exámenes de control de confianza y se les avisó a esos personajes que era hora de retirarse.

Las personas que fueron removidas no eran novatas para ocupar sus respectivas posiciones. Y, al menos hasta la llegada de Durazo, ingresar a la plantilla de CNI no era precisamente un trámite fácil, como responder a un aviso clasificado en el periódico.

A las posiciones que dejaron los removidos, llegaron perfiles que hacen arquear las cejas, conectados de diversas formas con Durazo y sus compromisos. Algunos, paradójicamente, trabajaron muy cerca de Enrique Peña Nieto, por lo que, si se sigue la racional, serán despedidos cuando se considere pertinente, porque son conservadores encubiertos.

Otros, por el contrario, tienen claros antecedentes de calderonismo y más allá. Esta condición confirma una profunda debilidad en la visión de las cosas de Durazo y López Obrador: los mejores no son los que trabajan en una dependencia; tampoco los más capacitados: los que llegan, son los que se identifican como dúctiles y fáciles de remover en caso necesario.

Audomaro Martínez ha sido por décadas, cercano a Andrés Manuel López Obrador. Una confederación de panegiristas adictos a Palacio Nacional lo han presentado como si fuera el Danny Yatom mexicano, pero no lo es y Durazo no es Rafi Eitan. No en esta reencarnación.

Ha costado mucho que la comunidad de auténticos especialistas vea a Martínez como el líder que los conduzca y el hecho que Durazo se aplique a fondo para debilitarlo en su feudo, no solo es malo para Martínez, sino peor para el CNI y pésimo para la seguridad interior.

Mientras el sonorense se frota las manos quitándole posiciones a Martínez, los ganadores son los enemigos del Estado, no los del gobierno: la delincuencia organizada y muchos otros elementos contenidos en la Agenda de Riesgo avanzan terreno y no lo van a dejar fácilmente, ni tampoco por las buenas.

Durazo es el López-Gatell de la seguridad: no importa qué tan alto sea el costo de sus pifias, porque mientras se sienta arropado por López Obrador, lo demás es baladí. Ya que alguna vez el epidemiólogo inspiró al país diciendo que “el Presidente es una fuerza moral, no de contagio”, Durazo quiere demostrar que su liderazgo personal empodera, arrebatando.

Mientras todo lo anterior ocurre, CJNG y Sinaloa siguen liándose a golpes salvajes por buena parte del país, al tiempo que el gobierno estadounidense lanza sus clarísimas amenazas porque México no ha cumplido con sus metas.

Pero esas no son las peores noticias: las más agresivas y categóricas son esas que se les llama amenazas difusas. Y tarde o temprano irán escalando, mientras en Palacio Nacional festinan que la mejor manera de enfrentar a la delincuencia, es no enfrentarla.

EL SUERO DE LA VERDAD

Entre tantísimas cosas que hay por hacer, hay una que se deja sobre la mesa de los tomadores de decisiones: la eficiencia de las pruebas de control de confianza, que se han vendido por Tirios y Troyanos como la Meca de la honradez, la mayor demostración de probidad que puede exhibirse.

Sin duda, instrumentos como el polígrafo son útiles, pero hasta cierto margen y con ciertas personas. Y, si al poligrafista se le dan las indicaciones apropiadas, puede apretar los tornillos del evaluado a tal grado que termine siendo sospechoso de algo que ni siquiera hizo.

Hay toneladas de historias en México sobre buenos funcionarios públicos que han desfallecido ante un poligrafista a modo, entre muchos otros trucos para iniciados que no se atenderán en este espacio. Las pruebas que reprobaron algunos de los expulsados de CNI, ¿caen en esta hipótesis?

Por otra parte, lo aquí narrado confirma que como nunca, persiste el peor enemigo de cualquier organismo de inteligencia: ser obviado por los tomadores de decisiones. Y hay tres motivos serios que mucho tienen que ver con ese desdeño:

El primero es la calidad de la información, no por quien la produce sino por quien la entrega al tomador de decisiones. El proceso de preparación de los entregables de CNI llevó mucho tiempo para perfeccionarse: ahora, el problema no solo es que lo entienda a cabalidad el primer lector, sino que no vaya a dar un traspié a la hora de explicarlo al segundo decisor.

El segundo es que las Fuerzas Armadas, como pocas veces, se van por su propio camino para producir sus informes y transmitirlos a quien corresponde. Si de por sí es legendaria la resistencia de los militares a compartir su información con la inteligencia civil, ahora se ha maximizado.

Y, el tercero es que la transmisión de los datos producidos por la comunidad CNI no es la mejor y se entrega al decisor, de plano caricaturizada. Los argumentos para ello de repente espantan: “quítale esas palabras, porque no le gustan al Presidente”, es frase de uso. La inteligencia no se produce para que guste, sino para que sirva.

Por otra parte, los analistas poco experimentados consideran en automático la conexión de los militares con Audomaro Martínez, pero ahí hay una puntual confusión: una cosa es que haya sido formado en el Instituto Armado y otra es que goce de abierta simpatía ahí adentro.

Y este es un tema en el que pocos reparan: Martínez no es ni remotamente un integrante de la élite castrense y al no formar parte de un grupo relevante en Lomas de Sotelo, su aislamiento lo hace desconfiable, salvo para el tabasqueño de Palacio Nacional.

Martínez ha tenido cargos menores, sin olvidar su paso por el Heroico Colegio Militar y su rango de general de brigada. Si bien es cierto que el general Salvador Cienfuegos fue su compañero en el Heroico, eran de armas distintas (Cienfuegos, es de Infantería) y a Martínez lo venció el peor enemigo de quien aspira a ser divisionario: la edad.

Cabe esperar que Audomaro, cuando concluya su ciclo, se vaya a Cunduacán; en cierta forma le irá como a Ignacio Ovalle, que fue llamado para participar en un remolino portentoso y terminará por salir en silencio, sustituido por alguien más, sin mayor relevancia.

Pero, adonde nadie debe dejar de mirar es que la batalla entre Durazo y Audomaro Martínez no es un pleito más en ese compendio de improvisación que es el gobierno de López Obrador: es un desequilibrio que afecta a la seguridad de la nación y ahí, deberían prevalecer los intereses nacionales, no la maquila de ocurrencias.

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