¿A quién estorba la prensa libre?

Interlocución con la ciudadanía no puede reducirse a un acto simbólico cada mañana

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La noticia de lo ocurrido contra la prensa en la Unión Americana, a pesar de su gran importancia, no ha trascendido. Hasta ahora ha sido casi ignorada, pese a que había ocurrido en México hace 43 años, cuando un suceso semejante cimbró al país y generó una repulsa al gobierno de Luis Echeverría (1976) y sucesivos, con una herida que todavía no cierra. El pasado 25 de octubre en Estados Unidos su presidente Donald Trump hizo algo parecido a lo que nuestro ex presidente hizo con “Excélsior”. El Orangután pelirrojo ordenó a su jefa de prensa que cancelara la renovación de las suscripciones de la Casa Blanca a los diarios New York Times y Washington Post por lo pronto, dando la orden a todas las dependencias federales en el país a que hicieran lo mismo para castigar económicamente a dichos medios libres e independientes que se sostienen del ingreso de sus suscriptores, el que a su vez condiciona el de la publicidad en función  del número de lectores.

La medida es idéntica a la que también, en México, tomó el ex presidente López Portillo contra “Proceso” (1982) al cancelar cualquier compra de publicidad a dicho semanario porque decía: “No pago para que me peguen”, la respuesta de los mexicanos fue contraproducente al déspota porque “Proceso” continuó con gran esfuerzo viviendo de sus suscriptores  lectores y, López Portillo murió con la marca ominosa de la vergüenza por su ataque a la libertad de expresión.

En Estados Unidos podría generarse una reacción parecida ya que incluso, la noticia ignominiosa la difundió previamente otro medio de gran importancia The Wall Street Journal, que todavía no ha sido enlistado para ser castigado y  abrió sus páginas para publicar la carta del dueño del New York Times A. G. Sulzberger a Trump en la que lo acusa de “cruzar una línea muy peligrosa de irrespeto y amenaza contra la prensa independiente”.

En México recientemente, se ha agudizado esa animadversión del poder presidencial contra la prensa nacional que ejerce la invaluable función de informar y acoger la crítica objetiva necesaria en un régimen democrático para fiscalizar los actos de la administración pública y sus dependencias. Una y otra vez AMLO no oculta la incomodidad y con frecuencia violentamente arremete y acusa a la prensa independiente de defender intereses ocultos de sus enemigos. El ambiente se ha tensado y no pocos de los periodistas, reporteros, colaboradores editoriales y la propia dirección del medio, se atemorizan o al menos se inhiben por las constantes menciones reprobatorias y otros calificativos que puedan recibir cuando no son del agrado del presidente.

Otro efecto pernicioso es el de la sumisión y silencio de la mayoría. Pocos se han mantenido en la línea del deber y con la imparcialidad necesaria han informado como medios confiables con absoluta libertad revisando y criticando cuanto fuere necesario en todos los asuntos de las decisiones públicas que a querer  o no afectan la vida de todos los mexicanos. Afortunadamente no se ha llegado a los extremos a los que llegó Vicente Fox al cerrar los programas de radio de Paco Huerta y Gutiérrez Vivó, ni mucho menos a la agresión directa contra Carmen Aristegui por parte de Peña Nieto.

La prensa independiente en una democracia es el último reducto de la libertad. Por ello es tan nociva la que calla por interés y habla sólo para halagar. Así como es heroica la que se mantiene sorteando los vientos para cumplir con el servicio vital de informar. Y si esto es cierto en abstracto, lo es fundamental en concreto, como es el caso de México ante la decadencia y corrupción de los partidos políticos de oposición dejando como único contrapeso existente para evitar el desbordamiento del poder político que ocurre por inercia cuando no se tienen los frenos éticos e institucionales de la opinión pública, por lo que el gobierno se va degradando hasta perder la visión objetiva y desencadenando antagonismos hasta caer en la paranoia de generalizar a los críticos y censurar a la prensa libre como conspiradora y traidora para que sea susceptible a ser sometida.

La que se consideraba que era la mejor democracia del mundo, como es la de Estados Unidos, cayó como la gigantesca estatua de Saddam Hussein en Irak cuando la multitud enajenada por la ira la derrumba para simbolizar el triunfo. Así parece que estuvieron extraviadas las mayorías estadounidenses para elegir al verdugo de la democracia que padece de fobia incontenible contra la prensa escrita porque él es adicto al Twitter unilateral. Lo peor es que el contagio en otras latitudes ha cundido y los imitadores abominan la voz de la ciudadanía a través de los medios de comunicación. Este paroxismo lo mismo en Londres que en Rio de Janeiro, Honduras, Ecuador, Chile etcétera, no deja de ser preocupante para los mexicanos que todavía podríamos evitar ser vulgares remedos de esquizofrénico Donald Trump.

La interlocución con la ciudadanía no puede reducirse a un acto simbólico cada mañana. La expresión más auténtica porque queda en blanco y negro, es la de la prensa verdaderamente libre porque acoge la información completa de la realidad y la de la opinión de los colaboradores que van armando el insumo necesario para que el ciudadano haga su propio juicio y actúe en consecuencia. Esa es la esencia de la democracia que no podría concebirse sin ese gran baluarte de la sociedad democráticamente responsable.

 

 

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