A 2 años, se desborda la agenda de la 4T

A una semana de cumplir el primer tercio de gobierno, la “Cuarta Transformación”, encabezada por el Presidente Andrés Manuel López Obrador, parece acumular más pendientes que logros, aunque él afirma que ya concluyó sus 100 compromisos

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> Algunos de las tareas que aún esperan solución, sin embargo, podrían resolverse hasta después de la mitad del sexenio… o nunca

> Más allá de los puntos incluidos en una lista de promesas, están los imprevistos, como la pandemia de Covid-19, la inundación de zonas pobres e indígenas de Tabasco (por él y por la naturaleza)… o la derrota de un “amigou”

Desde la asunción como Presidente de la República, el 1 de diciembre de 2018, la agenda del Presidente Andrés Manuel López Obrador se ha ido engrosando, lo cual es normal en un gobierno no solo nuevo, sino diferente, porque sus propuestas han dado un vuelco casi a diario.

Sin embargo, se ha hecho cotidiano que, además de la agenda propia, los pendientes y las consecuencias de la aplicación de nuevas reglas, vayan formando y haciendo crecer cada vez más un tapón que amenaza reventar no solo al gobierno, sin la estabilidad.

La acumulación de trabajo o pendientes tiene que ver con Seguridad, Salud (Covid-19), Economía (falta de recursos), Política (reformas al por mayor), atención a la población (desastre en Tabasco), infraestructura (obras torales), política exterior (y relaciones internacionales), empatía con el sector empresarial, confrontación con los medios de comunicación.

Lo más curioso o sorprendente es que se ha vuelto natural que un hecho tape otro con tanta frecuencia como a diario o cada semana.

El caso más evidente, aunque pueden enlistarse muchos, es que entre la detención del general Salvador Cienfuegos el 15 de octubre y su liberación, el 17 de noviembre, se pudo desviar la atención de asuntos tan graves como los 100,000 muertos por el Covid-19 y la inundación de zonas pobres e indígenas de Tabasco.

Todo ello puede dar la imagen de un país dinámico, aunque no sabemos hasta qué grado su impacto tenga que ver con una “transformación” positiva o negativa para el país y sus ciudadanos e, incluso, hacia el exterior.

El Presidente está empeñado en dar a México un rostro distinto al que, afirma, tuvo durante casi cuatro décadas en la llamada época neoliberal, empezando por eliminar la corrupción.

El tema lo ha tomado más que como una meta, una obsesión. Hay casos judiciales como el de Emilio Lozoya o Rosario Robles que se han ido estirando y estirando, pero que le proporcionan una emoción tremenda.

Sin duda, el eje en el que gira su estrategia es Santiago Nieto, jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera. Vaya, ni siquiera, aunque es autónomo, en el fiscal Alejandro Gertz Manero.

Santiago Nieto, titular de la UIF, y el fiscal Alejandro Gertz Manero, dos personajes,
el segundo autónomo, en el que el Presidente basa su estrategia contra la corrupción.

No hay duda que ante un pensamiento así, pero sobre todo de la mano del empecinamiento, algunos, muchos, o todos los buenos resultados deben darse.

La incógnita está en el método, la estrategia. Porque tal pareciera que sus propuestas actúan como fungicida. Aprieta el botón y salta la plaga, lo que lo ha llenado, dice él, de adversarios.

Durante los dos años de gobierno permanecen temas que al cuestionarse no solo su resolución, sino su avance, tales como la inseguridad y la economía, la respuesta oficial es pronta y ya hasta institucionalizada: “Herencia del pasado”.

Tal es el caso también de las secuelas que va dejando la pandemia de Covid-19, pues ante ella no debiera aludirse al pasado puesto que pone a prueba si no la capacidad sí las ideas o estrategias de un gobierno. Ante el Covid-19, por donde se le vea, la “cuarta transformación” se topó en pared. La evidencia son el millón de casos confirmados y los 100,000 muertos.

Si nos guiamos por lo que López Obrador afirmó durante su Segundo Informe de Gobierno, entonces, dos meses después, la tiene fácil, este 1 de diciembre.

El 1 de septiembre, el Presidente aseguró que ha cumplido con el 95 por ciento de los compromisos que hizo el 1 de diciembre de 2018.

“Los otros 5”, expresó, “están por cumplirse o están en proceso”. Mencionó el combate a la corrupción; la superación de dos crisis, la sanitaria y la económica; el no aflojamiento en sus principales obras de infraestructura, la refinería Dos Bocas, el aeropuerto Santa Lucía y el Tren Maya. “Van viento en popa”, dijo.

Y tocó el que ha sido el coco de todas sus promesas y que a veces en lugar de disminuir parece empeorar, el de la inseguridad.

Aquel 1 de septiembre dijo que durante su gobierno los delitos han ido a la baja, excepto los homicidios dolosos y la extorsión.

Sin embargo, es constantemente confrontado en sus cifras en cuanto a los secuestros. Pero en el que no hay duda que ha echado reversa es en el de los feminicidios. Reacio a reconocerlo, tanto su ex titular, Alfonso Durazo, como el actual encargado de despacho, Ricardo Mejía Berdeja, han confirmado en las últimas semanas que es uno de los delitos que, aunque mínimamente, ha subido.

Al concluir su Segundo Informe prometió seguir haciendo Historia y Patria.

GOBERNAR SOBRE EL CARRUSEL

Son tantos los informes que da en un año el Presidente Andrés Manuel López Obrador, que ya hasta sus discursos se aprende uno, pues no modifica mucho sus avances, ni sus perfiles.

Por ejemplo, tiene informes trimestrales (afortunadamente solo hay uno por los primeros 100 días de gobierno), los de fechas especiales (Constitución, Revolución, Independencia), los anuales; y a esos hay que sumar los que da por cápsulas los sábados y domingos.

Pero más, mucho más, el que hilvana a diario desde Palacio Nacional, con su conferencia diaria, que a veces son idénticos eventos de proselitismo con los que se brinca todas las normas democráticas habidas y por haber.

En seguida recordaremos el que sin querer (queriendo) dio durante la “mañanera” del 28 de septiembre pasado (¡apenas 27 días después de su Segundo Informe!), sin ser día que ameritara un informe, pero ya estando en cauce el proceso electoral 2021, pues qué más da.

Al final de esa conferencia matutina pidió disculpas, pero se justificó: “Es que si no ¿cuándo?”.

No dudamos que en su mente vea el país que anhela, pero los colaboradores de más confianza debieran ponerlo al tanto.

Ese 28 de septiembre comenzó diciendo que México “ya es un país más justo, más digno, donde no hay corrupción en los altos mandos del gobierno; donde ya no se permite, no se tolera, la corrupción.

“Es un país en donde el presupuesto se destina a los más pobres, a los más necesitados; donde se gobierna para todos, para ricos y para pobres; donde el gobierno no está secuestrado por una minoría; donde se está atendiendo al pueblo. Un gobierno al servicio de los ciudadanos, no al servicio de los grupos de intereses creados”.

Advirtió que para aprovechar la pregunta que había hecho un reportero, repasaría sus 100 compromisos.

“Uno”, dijo, “vamos a darle atención especial a los pueblos indígenas de México”. Cumplido.

“Dos, se atenderá a todos los mexicanos sin importar creencias, clases, organizaciones, sexo, partido, sectores económicos, pero se aplicará el principio de que por el bien de todos primero los pobres”. Expresó que cumplido, aunque los mismos pobres siguen existiendo.

“Tres, se mantendrán las estancias infantiles de la antigua Secretaría de Desarrollo Social y se regularizan los Cendis”. No desaparecieron las becas, se entregaron apoyos de manera directa… existe una regularización de los Cendis.

Y dio todos los cumplidos: Becas, creación de universidades públicas, protección al patrimonio cultural de México, formación artística y apoyo a creadores y promotores culturales. Pero desapareció fideicomisos y muchos no han recibido el apoyo directo.

Promoción a la investigación científica y tecnológica a estudiantes y académicos con becas y estímulos. Lo mismo de los fideicomisos.

Cancelación de la mal llamada Reforma Educativa, apoyo a damnificados, mejoramiento urbano a colonias marginadas, medicamentos gratuitos; disminución a salarios de funcionarios y aumento a los de base, pensión a adultos mayores, niños con discapacidad, jóvenes desempleados; apoyo a campesinos.

Y le siguió la plantación de árboles frutales y maderables, no aumento a los combustibles, creación del Banco de Bienestar; no aumento a impuestos, ni deuda pública; austeridad republicana; cancelación de fideicomisos.

Brincándonos muchos de su lista, el Presidente iba apenas en 50.

Cabe decir que de su centenar de promesas, de las que afirmó ya haber cumplido todas, incluyendo las 5 que faltaban el 1 de septiembre, muchas están en el tenor de “respetar la libre expresión”, “implementar el estado de derecho”, “que nadie gane más que el Presidente”.

DEFENDERSE CON EL PASADO E IGNORAR EL FUTURO

Y en eso se atora el presente porque los temas palomeados son los de menos.

Los que van minando la “transformación” son los que surgen intempestivamente y no se atienden o se atienden mal.

Los repetimos, los desastres naturales en el que entra directamente el caso Tabasco y Chiapas, pero consideramos que también el del Covid-19, tomaron por sorpresa a la “cuarta transformación”.

En el aspecto de política exterior, López Obrador se metió en un lío electoral con Estados Unidos, a pesar de insistir en que es respetuoso del proceso y por ello no reconoce todavía a Joe Biden, dos semanas después de que todo mundo lo ha hecho, al ir a dar un abrazo a su “querido” Donald Trump solo para ser utilizado como como gancho para obtener el voto latino, cosa que a final de cuentas no sirvió de nada al republicano, pues perdió la contienda.

Un temas más, pero en política interna, y que no es despreciable porque ya les dio la primera probadita de que si no lo arreglan, en el 2021 puede irles como en feria, es la guerra civil en Morena.

A dos años de asumir como gobierno (¿de izquierda?), el partido que conformó López Obrador es una olla de grillos y un territorio de barricadas. Las confrontaciones personales públicas rebasan la docena.

Aunque la que puede llevar a derrotas prematuras al morenismo en el futuro cercano es la que quedó a la vista de todos, el increíble resultado de la encuesta para elegir al primer presidente nacional del partido, en la que finalmente Mario Delgado y Porfirio Muñoz Ledo partieron a la mitad a Morena.

Por ello, desde ahora la disputa por la sucesión presidencial en Morena está abierta.

Y aunque López Obrador puede presumir que tiene un ejército de colaboradores para aventar para arriba y sustituir a quien no desee seguir más sus instrucciones, las renuncias a los cargos se han ido acumulando. Los últimos (Javier Jiménez Espriú, Víctor Manuel Toledo y Jaime Cárdenas) han sido con sendos reclamos a la conducción de un gobierno con directrices equivocadas.

Actualmente es notoria la preocupación, a punto de reventar, por ejemplo, de Arturo Herrera, Secretario de Hacienda, aunque haya dicho recientemente que permanecerá hasta que lo aguante el Presidente, así como el del Jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo.

Un dato más, y al parecer ahí ha ganado estratégicamente, al ir copando a los otros dos Poderes, el Legislativo y el Judicial (encabezado por el ministro Arturo Zaldívar). Aunque el segundo le hizo una mala jugada con la pregunta con la que se suponía en una consulta popular llevaría al infierno a cinco ex Presidentes.

En fin, que los dos primeros años del lopezobradorismo parecen cuatro. Los pendientes se acumulan, la agenda crece. Y, como las presas de Tabasco, el barco se agrieta. Para no hacer agua, el mismo López Obrador conoce los remedios. Todo está en que intente ser Presidente no otra cosa.

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