1 de octubre sí se olvida

Era para conmemorar, pero el Presidente López Obrador prefirió no recordar que con octubre inició el tercer año de su mandato con resultados magros que están muy lejos de lo que presume en sus conferencias matutinas

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El Presidente López Obrador dejó pasar la importancia en su agenda del 1 de octubre, quizás porque le recuerda que su sexenio durará dos meses menos que el de sus antecesores.

> A la vista no hay razón para celebrar que aún resten cuatro años al sexenio, a menos que, sin renunciar a instaurar la Cuarta Transformación, modifique la estrategia

No se trata de percepción, sino de un hecho que parece incuestionable. Al igual que Vicente Fox cuando sacó al PRI de Los Pinos de una patada en el trasero y Enrique Peña Nieto rescató la Presidencia después de 12 años en manos del panismo, Andrés Manuel López Obrador desperdició el bono democrático de 32 millones de votos con los que en julio de 2018 hizo polvo al PRI, PAN y PRD.

Con todo para ser el mejor presidente de la República después de Benito Juárez, López Obrador desperdició los dos primeros años de su gobierno comportándose como los conquistadores españoles que detesta, destruyendo a sangre y fuego lo construido en 200 años de vida independiente para sustituirlo por un proyecto cuya finalidad es crear una sociedad igualitaria en la pobreza necesitada para sobrevivir del apoyo permanente del Estado.

Y para vengarse de aquellos a quienes identifica como causantes de retrasar 12 años su arribo al poder.

El primer día de octubre no será histórico por la extraña mezcla de subordinación e independencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación al Ejecutivo Federal con la aprobación de llevar a consulta popular el juicio a los ex presidentes, pero cambiando la pregunta  por una retórica que se puede interpretar al gusto de cada quien, es decir, nada, sino por el inicio del tercer año del sexenio porque éste concluirá el último día de septiembre de 2024, y no el 1 de diciembre como ocurrió desde que el periodo de gobierno cambió de cuatro a seis años.

Tan dado a celebrar efemérides, López Obrador dejó pasar la importancia en su agenda del 1 de octubre quizás porque le recuerda que su sexenio durará dos meses menos que el de sus antecesores, aunque en realidad empezó a gobernar un día después de ganar las elecciones, es decir cinco meses antes de tomar posesión.

Tal vez no dio importancia a la fecha porque la recordaremos como el día en que el Poder Judicial hizo como que perdió su independencia ante el Poder Ejecutivo Federal; porque bordamos las 80 mil víctimas del coronavirus, 20 mil más del escenario catastrófico calculado por Hugo López-Gatell cuando pensaba que cuando mucho morirían unos 8 mil mexicanos; por el inicio de la desaparición de los fideicomisos y fondos so pretexto de acabar con los aviadores cuando en realidad se trata de tener más guardaditos porque los que había ya se agotaron; porque en Morena no se están disputando la dirigencia nacional partidista, sino la sucesión presidencial anticipada, pues en voz de Porfirio Muñoz Ledo, López Obrador no estará en condiciones físicas o anímicas de concluir su sexenio; porque Alfonso Durazo prefirió abandonar el barco naufragante de una Guardia Nacional que no es civil ni militar, pero tampoco Guardia, y prefiere largarse a Hermosillo a gobernar a sus paisanos, etcétera.

El jueves 1 de octubre era para conmemorar, pero quien se apresta a celebrar 200 años de independencia y 500 de la conquista española y evangelización cristiana, prefirió olvidar que con las lunas de octubre inició el tercer año de su mandato con resultados magros que están muy lejos de lo que presume en sus conferencias mañaneras, guardarse la efeméride consciente de que no hay mucho para presumir por más que afronte las circunstancias con mejor ánimo que el de Vicente Fox, supuestamente gracias al efecto de lo que le daban a tomar Marta Sahagún y su psicólogo de cabecera que fungía de jefe de la Oficina de la Presidencia, Ramón Muñoz.

Sin embargo, no todo está perdido. Restan al sexenio cuatro años, suficientes para enmendar el camino si la pretensión es figurar el resto del sexenio en los libros, al menos en los de texto gratuitos, al lado de los tres primeros transformadores, Hidalgo, Juárez y Madero.

Quizás lo más difícil sea reconocer los errores y enmendarlos, muy en especial si se trata de políticos pretensos a ser recordados como estadistas.

López Obrador debe reconocer que no todo ha sido perfecto en sus primeros dos años de gobierno y que, incluso, lo conseguido dista mucho del plan original.

Nada diferente, por cierto, a quienes le antecedieron en la Presidencia porque hay una distancia casi insondable entre lo ideal y la realidad, pero en su caso no hay lugar para el reconocimiento de la equivocación a grado que cuando alguien abandona el barco, no en los términos que lo hará Alfonso Durazo, sino por desilusión con la realidad más que con el proyecto, la reacción presidencial siempre será de descalificación.

Los que se van, se explica en la mañanera, lo hacen por cansancio, fatiga y porque no pudieron, pero no por lo que ellos dicen e incluso, en un último acto de lealtad, se guardan para no herir al jefe que día a día se queda rodeado de radicales e incompetentes, y por quienes aprovechan la circunstancia para lo suyo, nada que ver con la cada vez más ilusoria Cuarta Transformación.

RECTIFICAR O RESIGNARSE

Estoy de acuerdo, no es momento de celebración, pero sí de rectificación ajustándose a la realidad.

López Obrador ha agitado al avispero, pero no obstante la magnificación de sus adversarios de lo negativo -que le sirve para presumir ser el mandatario más atacado desde Madero-, su inicio no ha sido diferente al de sus antecesores.

Por ejemplo, Peña Nieto parecía destinado a ocupar el lugar al que él aspira, el de Cuarto Transformador, pero curiosamente, dos años después de iniciado su mandato, después de la aprobación de las reformas estructurales se le atravesaron la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el mal manejo político y mediático de la adquisición de la casa blanca.

¿Qué pasó? Se desilusionó con la reacción popular azuzada por sus contrincantes y fue así que se hizo de lado, confió la tarea de gobernar a Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong y no se preocupó por construir un sucesor.

Concluyó que si lo que el pueblo quería era ser gobernado por López Obrador no movió un dedo para impedirlo, cuando tenía todo para evitarlo, y dejó al PRI al garete.

Más allá del optimismo que López Obrador exhibe en las mañaneras y en sus videos de fin de semana, su gobierno no pasa por el mejor de los momentos. Los movimientos de protesta, incluso de sus aliados históricos, como la CNTE, se multiplican.

El plantón del Frenaaa le puede mover a risa, pero los ciudadanos, por pocos que sean, siguen ahí desafiando al coronavirus, al frío y las tormentas y este fin de semana serán relevados por quienes siguen a un líder que parece haber sobrevivido a la Guerra Fría y sigue temiendo al comunismo.

El plantón del Frenaaa, que continúa en el Zócalo, se ha sumado a otros movimientos de reclamo a las políticasdel Presidente.

Las feministas se manifiestan y son infiltradas por violentos profesionales que no dudan, como en el sexenio pasado, en atacar a policías, en este caso mujeres desarmadas que no usan la fuerza para contenerlas; los bloqueos a los ferrocarriles se repiten; la toma de casetas de cobro en las autopistas son cosa de todos los días; los gobernadores radicalizan sus posiciones; aunque causen carcajadas, las masacres se suceden, etcétera.

Nada que no ocurriera en el pasado, pero inadmisible en la nueva era en la que, conforme a la versión oficial, estamos requetebién y el pueblo es feliz, feliz.

López Obrador y su gente no estaban preparados para la pandemia del coronavirus; en realidad nadie está preparado para una tragedia como la que vivimos. Pero tampoco Miguel de la Madrid lo estaba el sismo de 1985 y, si bien es cierto, que su reacción inicial fue de parálisis, se recuperó y recurrió a medidas extremas que dañaron su reputación y dieron paso al clima político que propició la fractura priista en la que tuvo origen lo que hoy llamamos Morena.

Hoy la pandemia es culpable de todo. En un acto de lealtad, al explicar a René Delgado por qué renunció al Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, Jaime Cárdenas dijo que a López Obrador “le tocó un momento de infortunio muy grande… ha tenido muy mala suerte… (y)… será difícil que pueda concretizar su proyecto”.

Lo cierto es que mucho antes que el coronavirus convirtiera en rockstar a Hugo López-Gatell y causara más muertes de las reconocidas oficialmente, la economía ya estaba en picada a grado que el presidente se negó a utilizar el Producto Interno Bruto como referente para medir el éxito económico y propuso parámetros de bienestar y felicidad.

Para decirlo de otra manera, la crisis económica empezó mucho antes de la irrupción del coronavirus y tiene que ver con la fórmula echeverriana de que la economía se decide en Los Pinos (hoy en Palacio Nacional) y no en Hacienda. No por otra razón Carlos Urzúa abandonó el barco y se convirtió en crítico acendrado del gobierno al que sirvió, la misma que ha convertido a Arturo Herrera en una especie de florero más de la 4T.

Tal vez los únicos felices con la situación sean los altos mandos de las Fuerzas Armadas que son utilizados en todo; lo era también el secretario de Relaciones Exteriores que parecía más fuerte que su antecesor Luis Videgaray, hasta que Porfirio Muñoz Ledo y familiares del presidente se le fueron al cuello.

A la vista no hay razón para celebrar que aún resten cuatro años al sexenio, a menos que el presidente, sin renunciar a instaurar la Cuarta Transformación, modifique la estrategia.

No hay duda que tiene el control del Congreso, que es posible lo mantenga en 2021, y que cuenta con la lealtad de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en los temas torales por más que pareciera oponérsele en la consulta popular para enjuiciar a los ex presidentes, pero es necesario que al menos ceje un poco en polarizar a la sociedad, pues estamos cayendo peligrosamente en un estado de maniqueísmo, en donde sólo hay buenos y malos y al final uno de los grupos avasallará al otro.

Cuatro años son suficientes para intentar otra estrategia para ingresar a la historia en términos diferentes a los que lo conseguirá si el país sigue por el mismo rumbo.

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