Vecinos de San Gregorio se aferran a la devoción para reconstruirlo todo

Ni los pasos quieren andar; hay en el aire un grito de dolor que a fuerza de contenerse se hace más robusto. A veces se vuelve llanto, a veces reclamo, o se aferra a todos los santos, qué importa si apenas quedó de ellos la cabeza

Compartir:

Las horas pasan lentas, tristes, entre la destrucción, el olvido y la desesperanza en la “zona cero” de San Gregorio Atlapulco, delegación Xochimilco, luego del sismo del 19 de septiembre pasado.

Ni los pasos quieren andar; hay en el aire un grito de dolor que a fuerza de contenerse se hace más robusto. A veces se vuelve llanto, a veces reclamo, o se aferra a todos los santos, qué importa si apenas quedó de ellos la cabeza.

Pirámides de piedras por acá y por allá. Casas que se construyen de puro plástico porque no hay nada más por el momento, mientras llega la ayuda, si es que llega. San Gregorio se convirtió en casi nada a fuerza de jirones de la naturaleza, que de paso lastimó sus caminos.

Los detalles de la casa denotan el amor con que se levantó y se fue cuidando como si fuera el propio hijo. Fueron 60 años de habitar en ella, mi casa, llora María Jiménez Corrales, mientras invita a recorrerla toda.

“Aquí estaba la cocina, mi cuarto acá, la sala y el comedor allá”, recrea el lugar, que quedó desnudo de muebles, ropa y enseres domésticos. Pronto no existirá más, sus paredes son inseguras.

Aquí llegué con mi esposo y tuve hijos. Hoy tengo nietos. Duermo con mi hija, aquí está feo. “Ese día me agarre de aquí, de mi cocina”, cierra los puños que se detienen de nada. “Qué bueno que no salí. El tinaco de la casa de junto se cayó y anduvo botando en el patio”, dice.

Se oye el golpe de martillos y cinceles por doquier. En el centro de San Gregorio, que hoy se le llama “la zona cero”, es poco lo que quedó de pie. Junto con Nativitas, que tuvo afectaciones severas en algunas de sus calles, fue la parte más golpeada de Xochimilco.

En diversas partes, hay colgados carteles que rezan “Gracias por su apoyo”. Podría preguntarse uno cuál apoyo, porque el desastre se quedó detenido en el tiempo en esta parte del mundo y la ayuda fuerte, incansable, de los primeros días del temblor no está más.

No todo está perdido. No todos olvidan. En amplias camionetas rojas, varios jóvenes bajan de las cajuelas ayuda que traen previamente seleccionada. “Tercera edad, niños, ropa…”

Hay largas filas y quejas. ¡Pidan credencial de elector!, dice una mujer a Brandon Meza, quien reparte bolsa tras bolsa con la ayuda. “Hay mucha gente que ni es de aquí, ni resultó afectada, y nos quita a quienes sí lo somos”. El joven mueve la cabeza para decir “no”.

En el templo dedicado a San Gregorio cayó el campanario. Ahí se reúne gente para hablar de sus cosas. Llaman la atención personas vestidas a manera de brigadistas, algunas de ellas japonesas.

Se trata de representantes de la Foundation Tzu Chi y la Fundación Dharma, que explican a Notimex que harán llegar una ayuda económica a la población en breve para que pueda hacerse de cosas indispensables, como alimentos o algo de ropa, etc.

Hablan de amor, de la oportunidad que les brindan las personas de hacer mayor este sentimiento a través de la ayuda.

Aquí, la palabra “ayuda” parece dibujarse a cada paso, con un sentimiento claro de urgencia. Las bardas o casas en pie tienen escritos los nombres de sus habitantes para efecto de los censos que se realizan.

Duelen las casas caídas, los muros fracturados y mucho más los que han puesto el número de su casa y el nombre de sus habitantes encima de la “meritita” tierra, porque no hay más.

La gente está sufrida, quiere hablar, contar, explayarse. “Ahora se pusieron a barrer las calles, quién sabe quién va a venir porque es la primera vez que lo hacen. Aquí, deja claro mientras lo machaca una y otra vez, ningún Mancera ni nadie así nos ha visitado”.

Y dice: “Viene gente, habla con nosotros, nos toma fotos, pero de ayuda nada. Esa llega a la catedral. No podemos ir allá. Tenemos que cuidar lo poco que nos quedó porque la delincuencia está haciendo de las suyas”.

Podría uno preguntarle qué le quedó. Apenas un espacio pequeño con un niño Dios, cuya cabecita, y solo eso, salvó. La rodean plásticos a manera de pequeño cuarto que, a su vez también, se rodea de hules simulando una barda.

Se llevaron todas las paredes y la barda porque representaban un peligro para ella y sus vecinos. Ahora le da miedo la casa de junto. “¿Está fracturada, qué tal si se me cae en medio de la noche?”.

Un respiro profundo para seguir, para enfrentar este pueblo que amenaza volverse fantasma porque lo atraviesa una falla que quizá haga poco práctico que se rehagan las casas en el lugar, comenta Itzel Ojeda, de Comunicación Social de Xochimilco.

Habla de Nativitas y otra falla, y la qué pasa por el socavón peligroso y negro que se hizo en la carretera México-Xochimilco, dirección Tulyehualco.

Jaime Tirzo Pérez Venancio tiene la mirada perdida. Está al lado de una construcción derruida. ¿Su casa?, no!, se apresura a contestar.

El Centro Cultural Atlapulquense, donde se encontraba la Biblioteca Angela Enríquez Jiménez, un inmueble de hace 200 años que debemos rescatar. Era lindo. Al fondo se observa una hermosa fuente. Pero quedaron sólo piedras y algo de un valor incalculable: su propia vida y la de su esposa.

Soy afortunado, hace unas semanas que pude ser difunto. Nos sacaron de aquí. Grité y me escucharon. Los vecinos me sacaron, se alegra.

Una mujer atraviesa decidida la calle. Se para justo frente a mi. ¿Y usted qué anda haciendo por aquí, qué quiere?, pregunta amenazante.

“Vine a saludarlos, a saber cómo están”, respondo. “Muy tristes”, dice, “pero ya me hizo reír”.

La garganta está seca. Dudo incluso si entrar a una tienda a pedir un refresco, lo hago, qué más. Van quedando atrás la debacle. Se hace el silencio. Estás impactada, comenta Itzel. Quiero gritar fuerte, no sé para qué, ni a dónde ni a quién.

Testigo fiel de una desgracia anunciada, el socavón en la carretera México-Xochimilco habla de una cadena de corrupción de funcionarios y actos alevosos de los propios vecinos que han ocupado un cerro con casas de varios pisos, cercados por una barda de piedras que se están cayendo.

“Si una casa cae, comenta una vecina del lugar, se lleva a la de enfrente y luego las dos a la de enfrente… Si les preguntas a los vecinos por qué construyeron sus enormes casas, ellos dicen que es responsabilidad de quien se los permitió. Lo cierto, es que el lugar es una trampa”.

En el lugar, no más de una docena de trabajadores platica, habla por teléfono, chacotea. Sólo dos se entretienen moviendo piedras del lugar.

El mayordomo que custodia al Niñopa, Enrique Martínez, me platicó al principio del recorrido, a un costado de la terminal Xochimilco del Tren Ligero, que una mujer vino a reclamarle al Chiquillo por qué se habían derrumbado las casas.

“Llegó muy enojada, le pedía cuentas. Terminó arrodillada frente a él, llorando. El Niñopa ha recibido a mucha gente desde el temblor, más que antes”.

Quizá la devoción de esta gente profundamente dañada por la naturaleza pudiera ser la respuesta a esa necesidad de encontrar algo a qué aferrarse para reconstruirlo todo.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...