Zócalo capitalino, el escenario ideal para celebrar la vida y la muerte

Entre la música y los carros alegóricos, uno de ellos dedicado a la memoria del caricaturista “Rius” y otro a la “Catrina” de José Guadalupe Posada, voces del “más allá” hablaron de “siempre”

Compartir:

En el mero centro del Ombligo de la Luna, donde los mexicas fundaron México-Tenochtitlán, encarnados y descarnados danzaron hoy para celebrar la vida infinita, que nunca empezó y tampoco acabará, con motivo del desfile del Día de Muertos.

Entre la música y los carros alegóricos, uno de ellos dedicado a la memoria del caricaturista “Rius” y otro a la “Catrina” de José Guadalupe Posada, voces del “más allá” hablaron de “siempre”.

Justo en la Plaza de la Constitución, en donde miles de personas que salieron de sus oficinas enmudecieron después del sismo del 19 de septiembre pasado, tratando de saber, de adivinar, los alcances del movimiento telúrico, se reunieron los de aquí y los de allá para mover las caderas, agitar la cabeza y cantar.

Se recordó con admiración a las miles de personas que buscaron arrancar de la muerte a la vida entre los escombros de edificios colapsados, a los que llevaron comida, ropa u ofrecieron cuánto pudieron para ayudar al otro, en actos que hincharon de orgullo a los nuevos habitantes de esta ciudad, y también a quienes la fundaron.

Miles de historias se unieron entonces en un abrazo para tratar de arrancar el mayor número de vidas a “La Huesuda”, y mucho se logró.

En el Zócalo hubo hoy sombras de rescatistas que perdieron la vida tras salvar a otros, de niños que vestían de uniforme y llevaban su mochila al hombro, de mujeres y hombres jóvenes y viejos que hablaron de luz.

Los que van al otro lado, y luego regresan, no temen a la muerte. “La semilla debe caer”, dijo el alma de un maestro que pasaba por ahí, porque sin semilla no hay flor. Y en la rueda de la vida, añadió, hoy soy tu hijo y mañana tu madre, o tu vecina.

Vamos juntos cambiando los vestidos, estrenando caras y cuerpos, en un sinfín de tiempos y lugares.

Hoy, bailaron todos juntos hasta el cansancio, porque el baile es una meditación que acerca a Dios, y nos habla de eternidad.

No empezaba el desfile en la Estela de Luz y la Plaza de la Constitución ya estaba de fiesta.

El papel picado en negro, blanco, naranja y morado se dispuso a manera de techo. Había tapetes de aserrín y huesudos de cartón vestidos con trajes típicos.

“Click, click, click”, la gente buscaba el mejor ángulo para la foto. Quienes llegaron vestidos de catrinas, monstruos, duendes, Freddy Krueger, zombies, hombres lobo, Chucky y otros personajes eran las delicias de los visitantes.

Ataviada a manera de un camposanto enorme, en la plancha del Zócalo no faltó la música.

Los menores apretaban la mano de sus padres. No era para menos. La pinta de muchos personajes los asustó.

Al lado de la Catedral, los concheros y sus bailes de fuego y copal. Casi nadie lo sabe, esperan con razón el despertar de su raza de cobre.

Entre ellos hay chamanes, curanderos, que van y vienen del otro lado, que viven con un pie acá y otro allá, por eso les llaman “cojos”.

El cielo casi desnudo de nubes poco a poco va dando paso a la noche, y se encienden las luces para alumbrar a las almas, permiso en mano, que vuelven a pasear por aquellos lugares que una vez llamaron suyos.

En el ombligo de La Luna todos volvemos a ser uno.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...