Leica, la cámara que revolucionó el fotoperiodismo

Aquella cámara compacta para película cinematográfica de 35 milímetros, con un peso de apenas 400 gramos, llegó al mercado para revolucionar y democratizar la fotografía

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La fotografía del beso más famoso del mundo, tomada en Times Square al finalizar la Segunda Guerra Mundial; la imagen de una niña en Napalm, Vietnam, que corría desnuda para huir de las bombas que le habían quemado el cuerpo y destrozado su aldea, así como el retrato que inmortalizó al revolucionario cubano Ernesto “Che” Guevara, son algunas de las instantáneas que se han convertido en iconos visuales en el mundo y que comparten una única característica: fueron tomadas con cámaras Leica.

Hace poco más de cien años, 103 exactamente, Oskar Barnack, ingeniero de la marca Leitz, imaginaba cómo sería la vida de los fotógrafos si pudiera fabricar una cámara diminuta en comparación con los equipos fotográficos que, con su enorme tamaño, dificultaban el trabajo a los hacedores de imágenes de aquella época.

Además, su ambición también buscaba que esa nueva invención permitiera realizar fotos de una manera sencilla y rápida, tarea que era más que necesaria para los fotoperiodistas.

Pasaron más o menos 10 años para que esa idea se convirtiera en realidad y la primera Leica, cuyo nombre fue una fusión entre la marca Leitz y la palabra cámara, estuviera dentro de los bolsillos de los más notables fotógrafos, pero también en los de cualquier persona, pues aquella cámara compacta para película cinematográfica de 35 milímetros, con un peso de apenas 400 gramos, llegó al mercado para revolucionar y democratizar la fotografía.

Desde la mirilla de aquellas primeras cámaras compactas, fotógrafos como Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, Alberto Korda, Nick Ut y Alfred Eisenstaedt capturaron los momentos históricos más relevantes del siglo XX y los convirtieron en imágenes referenciales, en hitos, registros vivos de la guerra y de la ideología, en recuerdos visibles e instantes decisivos que, hoy en día, forman parte de la teoría de la fotografía.

Así, como una verdadera ruptura con los viejos paradigmas para hacer fotografías, Leica volvió posible lo impensable, y con “negativos pequeños”, fotógrafos grandes lograron “imágenes grandes”.

De este modo, la fotografía comenzó a formar parte del día a día de quienes apenas conocían sobre el tema, lo que dio lugar a una nueva generación de fotoperiodistas que adoptaron a la marca como herramienta indispensable en su quehacer periodístico.

“El día de la victoria en Times Square” (1945), de Alfred Eisenstaedt; “La niña de Napalm” (1972), de Nick Ut; el “Retrato del Che Guevara” (1960), de Alberto Korda; “Detrás de la estación Saint-Lazare” (1932), de Henri Cartier-Bresson, y la “Muerte de un miliciano” (1936), de Robert Capa, son fotografías que desde que fueron tomadas formaron parte de una memoria compartida; y que además de contar una historia propia, también cuentan la de una cámara que hace 103 años revolucionó la fotografía.

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