Ya tengo candidato presidencial

> Lo he tenido hace mucho por razones que tienen que ver con la hermandad, por ser testigo de cómo fue construyéndose durante décadas en el político más completo de todos los partidos, por su concepto de lealtad y por el respeto que se tiene a sí mismo…

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> Pero si existiera la reelección, mis verdaderos candidatos serían, para felicidad de mis amigos de las redes sociales, que ahora sí no les faltarán motivos para tundirme, Enrique Peña Nieto y Carlos Salinas

A diferencia del resto del mundo, en México se reclama a los medios de comunicación pronunciarse a favor o en contra de un candidato o que, incluso, según las leyendas urbanas del pasado, “construyan” candidaturas y sean dueños de la Presidencia de la República. La prensa norteamericana ha mostrado lo arcaico de este pensamiento. Estos son tiempos de definiciones.

No obstante, he cometido pecado capital; ahora resulta que ya tengo candidato a Presidente y que es Miguel Osorio Chong.

Me lo reclaman, incluso algunos amigos cercanos, sólo porque me atreví en la pasada edición dominical de IMPACTO, La Revista, a señalarlo como el único miembro del gabinete que le ha trabajado de tiempo completo a Peña Nieto con lealtad, sin escapadas estratégicas, estilo José Alfredo, de “échame a mí la culpa”, y luego regreso triunfante.

Y porque dije que de ser cierta la versión de la pérdida de confianza presidencial, a grado de negarle derecho a picaporte, de mirarlo y escucharlo sin verlo ni oírlo, y mantenerlo a distancia sólo hasta que haya con quién suplirlo, sería irresponsable de parte del Mandatario sostenerlo en el puesto más importante del gobierno.

Que tenga candidato o no es irrelevante; si aún no lo tiene Peña Nieto, ¿por qué debería tenerlo yo?

Los únicos que ya tienen son los de Morena.

De hecho, y lo he dicho, me alegraría que Andrés Manuel López Obrador fuera Presidente para de una vez por todas acabar con el mito y para que quienes por snobismo proclaman su preferencia en mesas de restaurante (y no me refiero a sus muchos seguidores de siempre, los que aún después de dos derrotas no lo abandonan en espera de que la tercera sea la vencida) sufrieran en carne propia a esa versión mexicana de Nicolás Maduro tabasqueño.

Si esto ocurriera, el día anterior a las elecciones me acogería a su promesa de perdonar a los arrepentidos, acudiría al Edén, es decir, a “La Chingada”, la finca que le obsequiaron sus padres, a manifestarle mi sincero arrepentimiento por insistir en que debió ingresar en prisión por violar el amparo en agravio de los propietarios de “El Encino”; de única gracia le pediría escoger al árbol del Bosque de Tlalpan o el poste de la banqueta de mi casa en donde ser ejecutado; no más.

 

BELTRONES, HERMANDAD; OSORIO, NATURAL

En realidad, sí tengo candidato; lo he tenido hace mucho por razones que tienen que ver con la hermandad, por ser testigo de cómo fue construyéndose durante décadas en el político más completo de todos los partidos, por su concepto de lealtad y por el respeto que se tiene a sí mismo.

Pero Manlio Fabio Beltrones tendría que romper con la institucionalidad con que fue formado y dar el paso que nunca se ha atrevido a dar. No lo dio, por ejemplo, en ocasión que Roberto Madrazo se lo propuso hasta en dos ocasiones como solución para evitar la fractura del PRI durante la disputa con Arturo Montiel, otro que debió ser Presidente.

Hoy Manlio está más impedido aún que antes y no por las derrotas del 5 de junio pasado, que no son endosables a él, sino porque fue atado con lazos cordiales a través de la designación de la diputada Sylvana Beltrones, su hija, como secretaria general adjunta del PRI.

En estas condiciones no se antoja lógico que pudiera participar o encabezar algunas de las facciones que presumiblemente darán la pelea en la próxima asamblea priísta para limitar la facultad del Presidente en la elección del candidato.

En cuanto a Osorio, no somos amigos; nos hemos visto apenas en pocas ocasiones en el sexenio. No obstante, es, debe ser, dentro del equipo presidencial, el candidato natural a suceder a Peña Nieto. Dejemos atrás encuestas, méritos y rumores porque el calificador, el Presidente, es el único que puede y debe medir a sus prospectos y hasta donde puedo estar enterado, su medición nada tiene que ver con lo que se dice en la calle. Creo que el secretario de Gobernación es el primero en la alforja del fiel de la balanza.

Sin embargo, hay quienes tienen la seguridad de que Peña Nieto engaña con la verdad, como ocurrió en el Estado de México con Alfredo del Mazo; nadie creía que se atrevería a postular a su primo en sexto grado, pero lo hizo y ha puesto a trabajar a todo el gobierno para su causa.

Videgaray se maneja a sí mismo como el más inteligente del gobierno, no sólo del gabinete; nadie hay quien lo iguale o supere. Es posible; sin embargo, me recuerda un poco a don Adolfo Ruiz Cortines cuando le presentaban a un prospecto a lo que fuera y le hacían notar el gran mérito de su inteligencia. “¿Inteligente? ¿Para qué?”.

El mayor mérito de Videgaray, radica, me dicen, no sólo en su inteligencia, que sobrepasa a la de su mentor Pedro Aspe, aunque no pueda equipararse con la de José Córdoba. Imagino que el verdadero motivo por el cual debe ser candidato es por su concepto de lealtad y espíritu de sacrificio: no pensó en su futuro cuando Peña Nieto cometió el error de no medir las consecuencias de invitar a Donald Trump a Los Pinos y el entonces secretario de Hacienda se ofreció para pagar él y no el Presidente las consecuencias del error.

Con humildad se fue al Estado de México a construir el escenario político que se ha convertido en un galimatías para Alfredo del Mazo, y regresó triunfador a Los Pinos a recuperar su posición, cual Matrix recargado, una vez que Trump ganó las elecciones y Peña Nieto cree que sólo él puede lidiar con ese Miura, y al parecer así es.

En lo personal sé de la inteligencia de Luis y de su gran influencia con el Presidente, pero estoy muy lejos de tragarme la versión romántica del “échame a mí la culpa de lo que pasa” para explicar su salida; eso sí, no me cabe duda que regresó más fuerte que cuando despachaba en Hacienda y que su influencia es irresistible, pero no creo que se pueda comparar con la de Ramón Muñoz con Marta Sahagún, Juan Camilo Mouriño y Paty Flores con Felipe Calderón, o José Córdova con Carlos Salinas.

La postulación de Videgaray se antoja razonable si su relación con Jared Krushner influye un poco para que Trump no se ensañe con México, pero hacerlo ganar en la justa ante López Obrador y con quien al final postule el PAN, no será tan fácil como le resultó a Salinas con Ernesto Zedillo, pese a la ayuda de quien lastimó la espalda de Diego Fernández de Cevallos.

 

NARRO, IDEAL; NUÑO, CERCANO

Me gusta el doctor José Narro por más que parezca mayor edad que yo, siendo un año 4 meses más joven; tiene todo para ser el candidato ideal.

El secretario de Salud se sorprendería de cómo  ha permeado su nombre en el priísmo cupular y en ciudadanos ajenos a los partidos políticos; si mucho me apura, en Los Pinos también. No lo salpican los escándalos políticos de los últimos cuatro años y se da por sentada su empatía con los jóvenes que tienden naturalmente a la izquierda.

Poco a poco el apellido del secretario de Salud empieza a ser tomado con seriedad, como un competidor que viniendo de atrás se ha acercado a los delanteros porque cuenta con todos los atributos, excepción hecha de un puesto de elección popular, pero con la experiencia única de haber gobernado sin mayor problema la Rectoría de la institución educativa más importante, populosa y conflictiva del continente.

Pero en el priísmo hay otro al que le da por aparecer, desaparecer y reaparecer; quizá sea el de menos experiencia en la tenebra política, pero es el más cercano al afecto de Peña Nieto. Mientras la suerte de Miguel está ligada a los índices de inseguridad; la de Videgaray a que Trump se infle o desinfle más, y a que el doctor Narro mantenga el perfil del priísta que de todo sabe y al que nada se le puede reclamar, Aurelio Nuño camina del brazo de la Reforma Educativa y del nuevo Modelo Educativo que tienen en Andrés Manuel López Obrador y no la CNTE a su enemigo más encarnizado.

Sin duda, en escenarios menos calientes, el Presidente se inclinaría por él.

Por otra parte, sería ideal que por primera ocasión una mujer tuviera la oportunidad, pero para su mala fortuna, Margarita no logra sacudirse la influencia de Felipe Calderón. Además, es verdad incuestionable que su experiencia política no va más allá de la tradición familiar panista y en las ocasiones que fue diputada federal o local por la vía plurinominal.

Su marido no le permitió en Los Pinos salir del DIF; nunca participó en los concilios en los que se tomaron decisiones vitales de gobierno, e incluso estando Calderón fuera del país, cuando se resolvió la sucesión de César Nava en el PAN, pudo más en contra de Roberto Gil la intromisión de la ex jefa de la Oficina del presidente, Patricia Flores, que los buenos oficios de Margarita.

Es una pena, pero con tantas posibilidades de ser candidata y eventualmente Presidente, el más pesado de sus lastres es la inexperiencia.

Más aún, no existe la reelección, y se da por descontado que Felipe gobernaría por ella.

Pero si existiera la reelección, mis verdaderos candidatos serían, para felicidad de mis amigos de las redes sociales, que ahora sí no les faltarán motivos para tundirme, Enrique Peña Nieto y Carlos Salinas.

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