Y un año después, Trump nos tiene de ‘cuida-migrantes’

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Jodidos y miedosos. O jodidos y apergollados. O, mejor, precavidos.

El asunto de la migración ilegal que procede de Centroamérica, principalmente, pero también de África, como se ha visto, y que aumentó a raíz de que México comenzó a obedecer a Donald Trump para mantenerlos en el país, darles albergue y manutención, ahora es nuestro y sólo nuestro.

Tump es el amo y en el patio de atrás tiene a la fiera que cuida que nadie se acerque a su emporio.

El Presidente de Estados Unidos mantiene sus fronteras infranqueables, quietas, apacibles. El desmadre está en México, en su frontera sur, en donde un día los centroamericanos y otro los africanos ponen a prueba la paciencia de los miembros de la Guardia Nacional, es decir, de los militares.

Su gobierno no invierte en nada porque en su territorio no hay nuevos pies de ilegales que lo toquen. México es la niñera que los cuida.

Y esto, pocos lo hemos recordado, inició hace un año, cuando luego de una aparente normal caravana de 300 centroamericanos provenientes de Honduras siguió otra de mil y, luego, varias de 2 mil, 3 mil, pero ya con migrantes de diferente nacionalidad que cruzaban campantes el territorio mexicano para llegar a postrarse a las puertas de EU, principalmente en Tijuana, pero también en Ciudad Juárez, y otros por Nuevo Laredo o Reynosa.

Todo enfilaba a que México se haría bolas con el engrudo porque el Presidente vecino, Trump, que no tiene pelos en la lengua, comenzó a hostigar al gobierno mexicano, llegando a amenazar hasta con militarizar su frontera no con la Guardia Nacional, sino con los temibles marines, si nuestro país no ponía manos a la obra.

Sin embargo, le fue más sencillo asustar a México. Y un día se le ocurrió advertirnos que si no frenábamos, ¡ya!, el avance de caravanas, que para febrero-marzo de este año eran casi una epidemia, aplicaría aranceles a todos los productos mexicanos que entraban a Estados Unidos.

No, pues, al gobierno, al que hay que reconocer su vocación pacífica, por el “amor y paz”, se le apachurraron las corvas.

Rápido, pero no furioso, el Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, movilizó a Marcelo Ebrard, Secretario de Relaciones Exteriores; le urgió a empacar maletas y volar a Washington con la misión de medio alegar con las autoridades gabachas, pero bajo el lema de “buena vecindad”.

Lo que Ebrard se trajo fue un puñado de instrucciones de Trump: Parar en seco a los migrantes en la frontera sur mexicanas a como diera lugar. Punto uno, México aceleró la aparición de la Guardia Nacional, miembros del Ejército Mexicano y la Marina, que los reconvirtió sólo portando un gafete con las siglas GN, y que en lugar de cuidar a los mexicanos de la inseguridad, 25 mil se fueron a cuidar migrantes.

Copar la frontera norte mexicana, no permitir que un solo migrante cruzara la mitad del Río Bravo que corresponde a EU. Punto dos, militares hasta con jaloneos regresaban a quienes ponían un pie en el también llamado Río Grande.

Aceptar la devolución de los que ya estaban internados en territorio estadounidense y mantenerlos, bajo las condiciones que fueran, en albergues en Tijuana o Ciudad Juárez.

Ponerse a trabajar en un plan con mandatarios centroamericanos para que el problema desapareciera por completo con o sin desarrollo social.

Sí, de eso hace un año. El asunto es que los migrantes, a nosotros, no nos quieren sino para puente, como antes para transportarse en “La Bestia”. Nuestra economía no les sirve; aquí no hay “sueño mexicano” y ellos quieren el “sueño americano”, el “american way of life”.

Y casi como para conmemorar el año, hace días, la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, nos dio la mala nueva: Estados Unidos está por implementar su nueva política de asilo (aprobada por la Corte Suprema de ese país), lo que “generaría una posible crisis migratoria sin precedentes”.
“Va a cerrar sus puertas y va dejar sólo una rendija por la que intentarán pasar decenas de miles de migrantes; en mi opinión crearán una auténtica crisis”.

La nueva política consiste en restringir, drásticamente, el derecho a solicitar asilo a migrantes que llegan a Estados Unidos vía México.

Todo eso no significa otra cosa que a México, al Presidente de la República, al Congreso, a Marcelo Ebrard -quien ha defendido el punto a capa y espada-, Trump estaría ganando la mejor partida del problema. Por fuerza, nuestro país sería Tercer País Seguro.

Una cosa es cierta, si todo es por la buena vecindad, orgullosos estaremos de recibir al mundo entero.

 

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@RobertoCZga

 

 

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