‘Y si Juárez no hubiera muerto’

Figura inmensa de Benemérito de las Américas pudiera ayudar a Francisco a entender que en este México nuestro se ha derramado mucha sangre por una libertad de creencias que todos debemos respetar y defender

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A raíz de los desastrosos terremotos se ha planteado la posibilidad de que el Papa Francisco visite, de nueva cuenta, nuestro país, con el fin de brindar consuelo espiritual a los damnificados, sobre todo los más pobres, que, en su inmensa mayoría, son católicos. Aplaudo la idea por su sentido humanitario, pero creo oportuno e indispensable hacer memoria de algunos acontecimientos de su pasada visita, a fin de evitar que se repitan algunos errores lamentables.

En su última visita a México, el Papa “ya bendijo el recinto mismo donde expiró Benito Juárez, quien sentía ‘instintiva repugnancia’ hacia el clero”. No era para menos. Juárez, legal y legítimo presidente de la incipiente e indefensa República, pasó la mejor parte de su vida adulta huyendo de un lugar a otro de la patria en un modesto carruaje llevando, literalmente, a cuestas al Estado Mexicano. Huía no por miedo, sino por un profundo y heroico patriotismo,  para salvar a México de una invasión extranjera propiciada e instigada por el alto clero católico mexicano y sus cómplices vaticanos y franceses, con el fin de preservar sus inmensos patrimonios y privilegios, así como su todavía existente, aunque ya hace tiempo moribundo, monopolio educativo, que hacían imposible el progreso material e intelectual de México.

Como el Papa es argentino, no queda más que citar el tango de tangos “Cambalache”: “Qué falta de respeto, qué atropello a la razón”. Muy bien que venga Francisco; muy bien que venga el Dalai Lama o el Brujito de Murumbí. Que los aclamen sus fieles, aunque trastornen, con sus paseos y alardes, la vida cotidiana de nuestras ciudades y obliguen al Estado mexicano, en estos tiempos de ingresos petroleros todavía mercados y ominosos signos de una persistente recesión global, a gastar cuantiosos recursos en la seguridad y exhibición del  prominente clérigo, pero la falta de respeto al Estado laico, y la burla descarada a la memoria de Juárez, son actos de violencia cívica e histórica que no deben repetirse, a riesgo de que más temprano que tarde regresen a pasar factura a quienes, irreflexivamente,  los perpetraron. Clérigos y laicos por igual.

A estas alturas (64 años) de  mi periplo terrenal, ni la humildad ni la ingenuidad son atributos que me adornen; más bien quizá puedo adolecer de sus opuestos, pero trataré de ejercerlos provisionalmente para considerar, sin conceder del todo, la hipótesis de que el Papa Francisco es, en realidad, el hombre bondadoso, limpio de espíritu, ajeno a las tentaciones de la riqueza, los lujos y el poder que su imagen televisiva y su cuidadoso discurso quieren hacernos creer.

Quizá en verdad, y de corazón, quiera imitar las virtudes del santo de Asís, cuyo nombre eligió para reinar como Obispo de Roma. Sea, pero, de ser así, el pobrecillo es víctima de una despiadada y nada  desinteresada manipulación por parte del intrigante y perverso alto clero católico mexicano. ¿Quién puede, ni en estado de gracia santificante, creer en la bondad de un cardenal públicamente acusado de pederastia y excesivo enriquecimiento ante los convenientemente sordos oídos de la curia vaticana? En efecto, me refiero al eminentísimo monseñor Norberto Rivera Carrera. Para muestra basta un botón. Por fortuna, el Papa siempre retornará a sus sacros recintos y a prepararse para ir con su música a otra parte. Siempre nos deja palabras bondadosas y deseos de paz social y equidad que buena falta nos hacen, aunque dudo que hayan logrado conmover y convencer a sus destinatarios los violentos y los insaciables de riqueza y poder, narcos, al igual que malos políticos, que tienen a México, literalmente, crucificado.

Francisco viene y se va. Juárez se queda. Titánico e impasible. Y si Juárez no hubiera muerto, su figura inmensa pudiera ayudar a Francisco a entender que en este México nuestro se ha derramado mucha sangre por una libertad de creencias que todos debemos respetar y defender. La ruta del Papa, si nos honra con una nueva visita a México, debería incluir una visita al Cerro de la Campana. Juárez no ha muerto; sigue vivo. Hoy y para siempre ¡¡¡Que viva Juárez!!! ¡¡¡Que viva México!!!

 

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