Y Manuelovich, ¿ya felicitó a Putin?

El presidente de Rusia ganó su cuarto periodo con un contundente 77% de los votos, que representa 56 millones de ciudadanos, de una demografía de 144 millones de habitantes. Trama y trauma.

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Por ser sistemas de gobierno compartidos con instancias paralelas (Parlamento, monarquía, primeros ministros), muchos de los procesos electorales no son comparables, por ejemplo, con los que existen en América.

En la mayoría de los países del resto de continentes, ningún mandatario representa un poder absoluto.

Uno de los casos es Rusia, en donde Vladimir Putin ganó el domingo pasado, sin necesidad de segunda vuelta (primera novedad) su cuarto periodo como presidente federal. Al lado de su figura siempre hay un presidente de gobierno o primer ministro.

Su cuarta Presidencia, sólo dividida por el gobierno intermedio de Dmitri Medvédev, llega sin aspavientos y con una contundente victoria, la más sobresaliente de toda su carrera política, con un 77 por ciento de los votos, que representa 56 millones de ciudadanos rusos, de una demografía de 144 millones de habitantes; poco más de la tercera parte.

Quien, dijeron, pisaría los talones a Putin en el proceso electoral era el candidato comunista Pável Grudinin (por cierto, millonario), pero sólo alcanzó un 12 por ciento de los sufragios.

Cuarto periodo y ni una mosca que zumbe. Sí, como el gobierno de Angela Merkel, en Alemania, que cumple 13 años.

Algo así como quienes en América se quieren “europeizar”, Evo Morales, Daniel Ortega, Nicolás Maduro. A lo más, democráticamente-democráticamente, en Estados Unidos eslabonan sólo dos periodos de cuatro años, con o sin la mano, por cierto, de Moscú.

Esta aparente civilidad electoral y la aceptable reelección de gobernantes sin chistar, ¿tendrá algo que ver con la solvencia o la estabilidad de cada nación? En 2015, según el reporte de las economías mundiales, México ocupaba el lugar 13  de la lista. De hecho, tiene muchos años de estar entre las primeras 15. Rusia, en aquel año, ocupaba, precisamente, el lugar 15.  México estaba incluso un lugar mejor posicionado que España.

¿Pero por qué viene a cuento el asunto del tan limpio y poderoso triunfo de Putin? Pues porque en México también caminamos a un proceso electoral y la comunión histórica y cultural de Rusia y México tiene sus puntos claves.

Más allá de los trágicos sucesos que pusieron a México en boca del mundo con el asesinato en Coyoacán de León Trotski, insólito, uno de los personajes de mayor relevancia de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia.

Sin embargo, desde hace meses, la supuesta intervención rusa en el proceso electoral de Estados Unidos dando apoyo a quien fue candidato de los republicanos, Danald Trump, y poniéndole un pie a la de los demócratas, Hillary Clinton, el trama o el trauma se pasó para México.

Que si ya vienen los rusos, que si harán todo para que gane el candidato de la izquierda, convertido en candidato de la izquierda-derecha-celestial, Andrés Manuel López Obrador.

Todo ello, con la única salvedad de que si los rusos intervienen en el proceso mexicano, y por ahí anda la culebrita, no sería precisamente para abrirle las puertas a “ya saben quién”, sino más bien para ponerle un muro. “Fucking Fucker!”.

Pero la trama, o el trauma, “arrusó” a Andrés Manuel, quien en el fondo sí cree (o muy en sus adentros, como muchos de sus seguidores, lo implora) que emerja en cualquier costa del país “el submarino ruso… porque me traen el oro de Moscú”.

“Ya soy Andrés Manuelovich… Ahora vivo del oro de Moscú; cuando la verdad es que vivo del oro de Palenque (Chiapas). Un loro que tengo allá en Palenque”.

Pero me imagino que fuera de nuestras muy marcadas diferencias en cultura política, en establishment, nomenklatura, capacidades de liderazgo, referencias de unos y otros políticos; y fuera de cotorreos, al candidato de Morena se le queman, en silencio, las habas por felicitar al líder del país más extenso del mundo.

La consecuencia política no sería tan alta, digamos, que si festejara el próximo triunfo de Nicolás Maduro. Ahí sí, babalú…

 

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