¿Y el México en paz?

Mutable e invencible, violencia; distante un Estado que emprenda una reconstrucción del tejido social

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Ni los expertos en la materia de seguridad y justicia, los académicos prominentes,  los políticos más avezados, la derrama  cuantiosa de recursos financieros, tecnológicos y humanos (incluyendo fuerzas castrenses), ni la voluntad política y el compromiso inalienable de los dos últimos sexenios, no obstante que, desde hace más de dos décadas es una de las prioridades ciudadanas de atención absoluta; han podido combatir el daño que produce la violencia a través del crimen organizado; el narcotráfico y en muchos casos la pobreza, que, asociada a la corrupción e impunidad, la han convertido en mutable e invencible.

Ni aún con la máxima aplicación de los intelectuales que: “se debe medir lo que se quiere corregir”, la trasgresión identificada como crimen, con todo y sus mediciones, estadísticas y estrategias, se sigue presentando con ascensos continuos en todos los rubros, para desgracia de quienes son sus víctimas directa e indirectamente.


Un daño que, aunque se ha diagnosticado, se puede medir y se trata de corregir, sigue causando efectos destructivos, con variables colaterales para los afectados, convertida actualmente en una crisis.

Un perjuicio que el tiempo mitiga sus consecuencias, mas no procura el olvido y mucho menos el perdón; cuando la vida de un ser querido fue la ofrenda del sacrificio.

Violencia que sigue tiñendo de sangre muchos hogares que se sacrifican con el dolor irreparable que les produce la muerte, generando un luto que ensombrece sus vidas, abrigando un rencor contra quien la produce y sus autoridades que no la contienen y combaten.

Trastornos de vida y modificación de conductas que afectan el tejido social de la familia y por consiguiente de la sociedad, donde las administraciones de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto con distinta medición de tiempo y logros, concluyó y concluirá, siguiendo  heredando  un Estado fallido, donde las víctimas son miles de mexicanos, no importando edad, sexo, religión, región o posición social, que han perecido en una lucha sinsentido, donde los beneficiarios hasta la fecha, son los que ostentan el poder de la delincuencia, transformada en alarmante e incontenible.

LUCHA PROLONGADA

En esta prolongada lucha, donde no se pone en duda que se ha procedido con visión, compromiso y de manera institucional, respaldando sus decisiones con decenas de estudios nacionales e internacionales, así como, asesorías y experiencias tras fronteras; los resultados obtenidos son insatisfactorios, con una tendencia de apreciación de fracaso, porque las muertes están ahí presentes: demandado justicia.

Sin un freno incuestionable que lo repare, los atropellos siguen latentes, extendiéndose, multiplicándose, sofisticándose, penetrando todo ámbito de poder que los pudiera detener, terminando encubriéndolos ante la seducción del cohecho que los transforma en invencibles.

Actos y hechos que, lamentablemente cada vez atraen más adeptos que no encuentran una vida sustentable de vida, abasteciéndose por desgracia de una juventud extraviada que se suma atraída por el brillo deslumbrante del dinero fácil, aun conociendo que en esas actividades recortan su tiempo de vida; a la que habría que preguntarles a sus padres: ¿Ya no qué país le van a dejar a sus hijos, sino qué hijos le van a dejar al país?, si es que llegan a la edad adulta.

Tiempos de dolor e indignación, son los síntomas permanentes que está viviendo una sociedad mexicana agobiada por la violencia inmisericorde que se padece día a día, con una aplicación cada vez más sofisticada y cruel en un Estado de derecho que no puede más que identificarse como fallido.

 

LA IGLESIA ALZA LA VOZ

No exenta de éste flagelo, la Iglesia católica se suma a la larga lista de víctimas, lo que en tiempos remotos pareciera un “sacrilegio”, con un claro mensaje de poder que apunta a un crimen organizado sin valores espirituales y límites de actuación.

Representación religiosa que tiene registrados 17 asesinatos contra curas en la administración de Calderón Hinojosa, por 24 que acumula la de Peña Nieto, detonando un claro mensaje de que no hay barreras que los pueda detener, ya que: “si pueden matar a un sacerdote, pueden matar a quien sea”.

Con estos hechos reprobables, asumiendo la defensoría de la dignidad de la vida humana y de su corriente religiosa, Francisco Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) señala con oprobio sobre esta situación: “Una cultura de desprecio por la vida, tenemos que reflexionar, pedir para que recuperemos el valor de la dignidad humana”, acotando severamente: “Tenemos que encomendar a nuestras autoridades que desgraciadamente tienen que reconocer que sus esquemas de seguridad han resultado fallidos, por tanta vidas arrebatadas injustamente y que permanecen impunes”.

Sobre este clima de convivencia, habría que reflexionar lo que alguna vez señaló ante situaciones similares el novelista francés Michel Houellebecq: “Dios quiso desigualdad, pero no injusticia”.

 

MAL FUNCIONAMIENTO

La violencia se ha convertido en un lacerante sufrimiento, que lejos de cimentar un legado de enseñanza, nos avisa que algo está funcionado mal.

Que somos vulnerables y frágiles, pasando del asombro al miedo, a la parte cotidiana insensible cuando no somos parte de la tragedia.

Una indignación traducida a furia, producto de la injusticia escandalosa que se confunde con la frustración o la exasperación, difícil de asimilar y perdonar.

Un sentimiento estéril e incontrolable que paraliza o conduce a la venganza, aunque termina por convertirse en un coraje iracundo que se debe contener con el tiempo, porque, a fin de cuentas, no se pueden cambiar las cosas por las infranqueables barreras de la impunidad e ineficiencia de los administradores de la impartición de justicia, cuando se es parte de la tragedia.

Son las huellas indelebles del México que enfrenta un grave problema de inseguridad pública, “Donde la gente está ‘matando’ para resolver sus problemas, porque no hay confianza en las autoridades y porque hay un problema grave de corrupción e impunidad”, como lo señalara María Elena Morera Mitre presidente de la organización ciudadana Causa Común.

 

PAÍS MÁS VIOLENTO

Un país que, al recapitular el año del 2017, se tropezó con la impresionante reseña de estar enmarcado como el periodo de tiempo más violento de las dos últimas décadas, en la que los últimos meses registra un incremento en casi todos los delitos.

Desde que el gobierno federal comenzó a registrar estos delitos en 1997, no se había alcanzado este nivel de violencia.

En dos décadas, los meses con más asesinatos registrados son de 2017: octubre (2,371), junio (2,238), mayo (2,192) y septiembre (2,185).

En la administración actual, son asesinadas 60 personas por día, cuando el sexenio anterior fue de 46.

En el año de 2006, ocurría un homicidio cada 19 minutos, para 2017 tenemos un homicidio cada 12 minutos de acuerdo a cifras del Secretario Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Las alertas de viaje para visitantes extranjeros se han difundido de manera más pronunciada en los últimos años, no solamente con los famosos tuits de Donald Trump advirtiendo a los estadounidenses viajeros.

Sumándose voces de alerta de otros países, señalando a sus ciudadanos sobre el riesgo de inseguridad que padece el país, con un daño irreversible para el turismo del que viven muchos mexicanos, y ni hablar de la imagen como nación.

 

LA CIUDAD DE MÉXICO

Con una defensa a ultranza mientras duró su mandato, Miguel Ángel Mancera Espinosa siempre negó que el “narco” estuviera presente en la capital del país. Hoy, su sello de violencia está más que impreso, donde las víctimas se hacen presentes en todas las demarcaciones, proliferando los muertos con “mensajes”, sumando 123 en 145 de lo que va del año, en un claro conflicto por el control territorial y de mercado entre asociaciones delictivas que están detonando su poder criminal.

 

VIOLENCIA POLÍTICA

La violencia ha penetrado todos los rincones y ámbitos del país, no quedando exento el evento cívico que se verificará en julio próximo.

En el actual proceso electoral, se ha manifestado 400 por ciento más la violencia; registrando 382 agresiones globales contra actores políticos en 31 entidades federativas; donde la violencia de género ha quedado de manifiesto con 17 candidatas asesinadas, según datos de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE).

 

LA INICIATIVA PRIVADA PROTESTA

La inseguridad para la actividad económica produce una situación precaria: cierre de empresas, trenes descarrilados, asaltos permanentes a los transportes terrestres, cierre de carreteras, asaltos sistemáticos, que afectan la vida cotidiana de todos los mexicanos y lógicamente de las empresas y comercios establecidos.

El costo para la economía en general y para los negocios en ciertas zonas del país en particular, se ha desbordado, exigiendo la participación inmediata del Estado en sus tres niveles de gobierno.

El precio de esta calamidad, también lo están pagado los personajes que se dedican al periodismo.

Sacrificio de comunicadores como no se había apreciado para esta función en mucho tiempo.

 

DE GARCÍA LUNA A OSORIO CHONG

La razón fundacional de un Estado, es salvaguardar la vida de las personas que habitan en su territorio.

Si el Estado no es capaz de proteger a sus habitantes, esa estructura de autoridad habrá fracasado en su misión especial.

Para cualquier administración o gobernante, es imprescindible que fomente y aplique a sus gobernados la seguridad pública y pacificación del territorio.

Sin entrar en detalles técnicos, políticos o de eficiencia, los encargados de salvaguardar la seguridad nacional en las dos recientes administraciones, Genaro García Luna y Miguel Ángel Osorio Chong, contando con todo el apoyo institucional y recursos ilimitados para combatir, debilitar y erradicar este mal, solamente presentan un saldo inequívoco de participaciones independientes.

Esfuerzo y recursos diluidos hacia la ineficiencia, sin un legado de herencia que proseguir.

Lejos del México en paz prometido, estamos distantes de un Estado que emprenda una reconstrucción del tejido social donde la justicia esté al alcance de todos sin importar origen, género o condición social, con propuestas articuladas e integrales para solucionarlo.

Un entorno de armonía a partir de una justicia saludable y fuerte al alcance de todas y todos, porque:” No se puede aliviar reclamando justicia, ni se puede sanar consiguiendo condena”.

 

 

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