Y a pesar de todo, se mueve…

LA GUERRA QUE MARCARÁ EL FUTURO DEL PRI: José Narro, que competía por la dirigencia nacional, renuncia al partido. Alejandro Moreno, la manzana de la discordia. Firmes, Ivonne Ortega y Ulises Ruiz

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Falta mes y medio para que la suerte (final) esté echada y ya muchos apuestan a que el asunto no tiene remedio.
Si antes del 1 de julio del 2018, para el PRI, las cosas ya no pintaban tan bien, después de la aplastante victoria de Andrés Manuel López Obrador, el panorama se puso color de infierno.

Las desavenencias entre sus propias vacas sagradas, que por naturaleza lo caracterizaron, aun siendo, por décadas, el partido a vencer, se polarizaron en el último año, al punto de que quien no corre se esconde.

La histórica derrota, ni siquiera comparable con la del año 2000, cuando Vicente Fox se levantó de entre las ruinas de Ernesto Zedillo y Francisco Labastida, o cuando Felipe Calderón, seis años después, hizo lo mismo sobre la espalda de Roberto Madrazo, llevó a los priístas al encontronazo fratricida para lavar culpas.
La de hace un año fue la tercera y todo parece que, como dice el dicho, la tercera es la vencida.

Salvo que quienes quieran aventarse el tiro sean muy suspicaces, el reto está difícil, sobre todo que López Obrador arranca con los mismos elementos a su favor que tuvo el PRI cuando era Partido Nacional Revolucionario. Es decir, la Historia se repite o volvemos al principio.

Si todo ya pintaba rojo infernal, rojo quemado, tirándole a moreno, desde hace un año, hoy, el arrebato interno por la dirigencia nacional, cuya elección es el próximo 11 de agosto, para sustituir a Claudia Ruiz Massieu, arrincona al priísmo.

Y si alguna esperanza tenían los pocos incondicionales que quedan al PRI para que en realidad se enderezara el rumbo, gane quien gane, la renuncia sorprendente, pero para muchos exagerada, del doctor José Narro al partido y, por ende, a la competencia por la dirigencia nacional pone al partido en un predicamento de seriedad ante la fácil decisión de abandonar el barco.

Narro dividía las opiniones aun cuando ya se cantaba, desde hace meses, la supuesta cargada de un sector tricolor en favor de Alejandro Moreno, el Gobernador con licencia de Campeche, quien, afirman, se cierra el ojo mutuamente con López Obrador, pero que, además, otro tanto afirma que lo impulsa Enrique Peña Nieto y su círculo de cercanos.

Alejandro Moreno, Gobernador con licencia de Campeche, se ha convertido en la manzana de la discordia en la elección priísta del próximo 11 de agosto

Esto no significa que los otros dos todavía precandidatos a la presidencia nacional del PRI, Ivonne Ortega y Ulises Ruiz, no puedan dar la batalla a Moreno; el problema es que si alguien aglutinaba ya garbanzos de a libra de su lado era Narro.

Ivonne Ortega y Ulises Ruiz. Contra quienes dicen que las cartas ya están echadas

Ortega y Ruiz han mantenido, durante meses, sus posiciones críticas hacia la dirigencia del partido por sus tomas de decisiones, pero no han logrado un cuadro contundente como el que ya se habla que tiene Moreno (José Murat, Rubén Moreira, José Ramón Martel, quien también se había apuntado, gobernadores y, supuestamente, también el ex Presidente), y tenía Narro (Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa).

Con todo, el PRI todavía mueve una patita y, otra vez, gane quien gane, porque del tono que queden los colores del partido será el rumbo y la estrategia a seguir, modificando reglas, estatutos, estrategias o desplazando de sus filas a bribones, o, como dicen, resignándose a ser satélite de Morena, como antes el mismo priísmo los tuvo (PPS, PARM, PST, Verde, PT en un tiempo).

Si esto último ocurriera, la desbanda de los actuales “señores” priístas sería inminente; la mayoría de los grandes nombres -vivos- que son y fueron referente de un PRI en la cúspide, de un partido rector de un país que por décadas anunció al mundo su siguiente paso al desarrollo final y que nunca llegó, quizá desde la Presidencia de la República de Lázaro Cárdenas del Río, o del periodo que López Obrador llama “neoliberal” a partir de Carlos Salinas de Gortari, todos los que usted recuerde, pintarían su raya del instituto político que les dio todo.

Hasta ahora, y con mucha gallardía, responsabilidad y haciendo el trabajo de quienes esconden la cara, Claudia Ruiz Massieu y Arturo Zamora, presidenta nacional y secretario general del CEN, han aguantado vara mantenido a flote el barco que nerviosamente se mueve entre que si se hunde o no.

Claudia Ruiz Massieu y Arturo Zamora. Mientras otros no dan la cara, presidenta nacional y secretario general, con responsabilidad, mantienen el barco a flote

Pero el PRI no sólo libra una guerra interna de “egos” que lo asfixia, sino, la principal, una externa ante la ciudadanía que durante casi 80 años fue fiel a quienes, reyes del discurso político, entonaron el canto de las sirenas, la seducción. Una y otra vez perdonó las faltas de militantes traidores que arribaban a puestos de elección popular sólo para desprestigiar el cargo.

EL ÚLTIMO SEXENIO Y EL CANDIDATO ‘SIMPATIZANTE’

La clave fue el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Enrique Peña Nieto. Su sexenio fue la clave para el futuro del PRI. El ex Presidente no se cuidó las espaldas

Increíblemente, el que todos pensaban que era la nueva catapulta para un partido que además de cimbrar la política mexicana en Siglo XX, lo haría en el XXI.
No fue así.

Desde que perdió el poder en el 2000, el PAN se convirtió en el verdugo, pero, paralelamente, un monstruo se engendraba.

La rabia ciudadana, la desconfianza, el cansancio, tenían que irse y la cuña, en principio, era el PAN.

El PRI ya daba muestras de senectud, de Parkinson; desde el asesinato de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la descomposición se fue haciendo visible.
Así pasaron Vicente Fox y Felipe Calderón, los 12 años de gobierno panista, sin pena ni gloria o, quizá, con más pena que gloria.

El intento de Roberto Madrazo en el 2006 fue un chiste de mal gusto.

Con el arribo de Peña Nieto a la Presidencia de la República, que para muchos era un milagro, porque el PRI retornaba luego de su docena trágica, muchos creyeron en el cambio de disciplina de quienes antes los gobernaron por siete décadas, pero también en el cambio de paradigma de la República para hacer realidad muchos de los conceptos que se fueron con Colosio, sobre todo en cuestión de justicia económica y social.

Los dos primeros años peñistas fueron casi de estruendo mundial. Arrasó en elogios y menciones en medios de todo tipo. Pero se descuidó las espaldas. Los traidores de siempre reaparecieron con dientes y uñas más afiladas. Gobernadores sin escrúpulos, candidatos endebles, funcionarios apartados, lejos, de la ciudadanía.

El desencanto se fue acumulando a medida que transcurría la gestión. Llegaron los procesos electorales y los primeros tropiezos ante la incredulidad de quienes creyeron que el PRI era un partido para venerarse eternamente.

La realidad no sólo abrió los ojos a las dirigencias que se reemplazaban, unas a otras, al frente del partido (seis en un sexenio: César Camacho, Manlio Fabio Beltrones, Carolina Monroy, Enrique Ochoa Reza, René Juárez y Claudia Ruiz Massieu), sino que les hizo perder el equilibrio.

Perder gubernaturas que suponían ganadas con la mano en la cintura revirtió su entusiasmo a medida que se acercaba el periodo de precampaña para la elección del 2018, cuando Andrés Manuel López Obrador no dejaba de pregonar que su tercera era la vencida, como la suerte del PRI, pero al revés.

Al lado del partido que sería el perdedor histórico, y el que sería el ganador histórico, el PAN se chupaba el dedo con un candidato, Ricardo Anaya, que surgía con la visión del agandalle, y en medio de un blanquiazul que desde finales del sexenio foxista ya pintaba mal con un canibalismo hacia su interior que haría alejarlos de toda posibilidad de un tercer periodo en Los Pinos.

El PRI, nervioso, buscó causas, quiso enmendar, pero no tuvo el suficiente poder humano para formar un candidato que emanara del prísmo nato.

Modificaron estatutos y se decidieron por un candidato “simpatizante”, en la persona de José Antonio Meade, campeón en ocupar Secretarías, pero sin el sello del priísmo nacional. Más aun, la suerte del PRI, desde la jefatura más alta, el Presidente, se la dejaron si no a improvisados, sí a quienes menos tenían el colmillo para sortear la tormenta que se avecinaba.

Sí, esa que se convirtió en “tsunami”, como reconoció el mismísimo día de las elecciones del 1 de julio de 2018 Manlio Fabio Beltrones, uno de los pilares de la negociación política priísta de los últimos años.

Con Meade estaban Aurelio Nuño y Enrique Ochoa Reza.

El último año de su mandato, Peña Nieto conservaba la esperanza; muchos de sus cercanos no. El Presidente se esmeraba por resaltar las obras de su sexenio, que, en plena competencia, ya sus adversarios deslegitimaban o bombardeaban.

El más necio, como hasta ahora lo reconoce, era López Obrador, que se mantuvo a la expectativa ante una posibilidad que tampoco albergaba al 100 por ciento.
“Si pierdo”, prometió, “me voy a ‘La Chingada’… pero a ver quién amarra al tigre”.

El 1 de julio de hace un año, mucho antes de la medianoche, temprano, ya para las 8:00 de la noche, en un sector de la política tradicional se escuchaba un réquiem.
Transcurrían las horas y el asombro crecía.

Desde entonces, muchos priístas no dan señal de vida. Unos más tiran el arpa como si el miedo los abrazara. Otros, muy pocos, siguen al frente esperando que el 11 de agosto surja no solo el líder que dé oxígeno al priísmo, sino que consigo traiga el discurso necesario. La palabra de alivio y casi resucitación.

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@RobertoCZga

 

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