Victoria pírrica de Ricardo Anaya

El gusto no le durará al dirigente nacional panista; fuerzas políticas a las que desafía le aventajan en número y en experiencia, y están furiosas

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Tiene razón Emilio Gamboa; el tema no es el pase automático de procurador a fiscal; no lo es, ni siquiera, Raúl Cervantes, que parece caminar a su segunda derrota; una estrategia similar, aunque menos peligrosa a la ideada y operada en los últimos días por Ricardo Anaya, le impidió ser ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Lo que está en juego es la Presidencia de la República, y por eso Anaya paralizó a la Cámara de Diputados mientras daba su siguiente paso: Notificar al INE, con  Alejandra Barrales y Dante Delgado, de la creación del Frente con el que piensan parar al PRI y a Morena.

Anaya debe gozar la victoria pírrica, incuestionable, que constituye haber evitado la instalación de la mesa directiva de la Cámara Baja, pero el gusto no le durará mucho porque las fuerzas políticas a las que desafía le aventajan en número y en experiencia.

Y están furiosas.

Y no necesariamente porque Cervantes no llegue a protestar como Fiscal General de la República, que sobran los buenos abogados, aún entre los que propongan las ONGs y partidos políticos que no sean del PRI, dispuestos a cuidar, en el futuro, a los gobernantes actuales, si ésta fuera la intención de  mantener el mandato legal del pase automático, desechado, por cierto, desde noviembre del año anterior por el Presidente Peña Nieto.

Lo ocurrido en la primera semana de septiembre de la Cámara de Diputados por consigna de Anaya es un primer paso a la ingobernabilidad que puede sobrevenir si en esta ruta se desarrolla el proceso electoral del 2018, que inicia hoy.

Y en ese escenario es en el que Anaya cree desenvolverse mejor que nadie; le dio frutos para hacerse del poder en el PAN, pero llevarlo a los niveles a donde quiere implica un riesgo, para el país, de consecuencias ni siquiera imaginables.

No se trata de ser catastrofistas, pero lo grave es que Anaya no sabe lo que hace e ignora las fuerzas que desataría.

La ventaja es que ni el panismo y, en el extremo, ni Morena desean ese perverso escenario.

Gamboa habló ayer del problema en que se meterán los integrantes del Frente Ciudadano por México al escoger candidato a la Presidencia.

El de mayor fuerza, el PAN, intentará poner candidato; Anaya, por supuesto; al PRD le queda muy poco que ofrecer, pero tiene a Miguel Mancera; Dante se pondrá a las órdenes del que más ofrezca.

La cuestión es que en el Frente militan también Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle, que  quieren la candidatura; de ambos, la esposa del ex Presidente Felipe Calderón es quien más seguidores tiene y, curiosamente, en su grupo militan los panistas calderonistas comandados por Ernesto Cordero que no atendieron la consigna de Anaya en el Senado.

Don Ricardo puede ser contrario, competidor y enemigo de cualesquiera de sus iguales en el sistema político mexicano; está en su derecho de  ser Presidente si los mexicanos votamos por él; asimismo, en el de sacar al PRI de Los Pinos, pero lo que no puede hacer es iniciar el proceso electoral desestabilizando la vida institucional del país.

Sólo falta que si no obtiene la candidatura se instale en Reforma y el Zócalo como Andrés Manuel López Obrador en 2006, cuando perdió la Presidencia con Felipe Calderón.

Y mucho menos comportarse con la hipocresía mostrada ayer en el evento de los 300 Líderes, cuando buscó a José Antonio Meade para que los retrataran sonriendo y abrazados.

Quizás su diálogo fue sobre la necesidad de que hoy se instale la mesa directiva de la Cámara de Diputados para que el secretario de Hacienda pueda entregar el paquete económico para el ejercicio fiscal de 2018.

En otras palabras, es probable que, en unos segundos de risas y abrazos, Meade convenciera al panista de terminar con la crisis que recibió al Presidente Peña Nieto al regresar de China.

Si fue así, digamos que ambos precandidatos a la Presidencia comparten simpatías.

 

 

 

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