Vaya ‘bullying’ al PRD; ¿cuál será su epitafio?

La última trastada contra el diezmado otrora punto de fortaleza de la Izquierda mexicana aquel 1989, precedente del llamado Frente Democrático Nacional, es su desplazamiento, en automático, por el PT como tercera fuerza en el Senado

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Al PRD solo le falta escuchar un réquiem.

Es, sin embargo, un partido con agonía. Sin milagro aparente a la vista, su desvanecimiento será lento. Las entidades en donde aún es gobierno son su último resplandor.

Su vida se consume como el contenido de un tanque de oxígeno. Después de la Ciudad de México, Michoacán, Morelos y Tabasco, no volverá a gobernar, y habrá sido solo un buen referente de la raquítica evolución de la Izquierda mexicana. El espíritu de aquel Frente Democrático Nacional otrora punto de fortaleza de la alguna vez considerada vanguardia política.

La Capital mexicana, como otros estados, parecen estar ya apartados para el partido liderado por Andrés Manuel López Obrador, Morena.

La metamorfosis inició hace rato. Hoy el punto más palpable de su evolución a la nada es el Estado de México, la perla de la elección del 4 de junio, en donde compiten también Coahuila, Nayarit y Veracruz.

En el Edomex el papel del PRD es, en el mejor de los casos, el de “roba-votos” a Morena para posicionarlos al PAN o al PRI. En el peor, el de mero espectador. Para el PRD y su candidato, Juan Zepeda, no hay oportunidad. Antes está la candidata de quien le hurta hasta senadores, Delfina Gómez; Josefina Vázquez Mota y Alfredo del Mazo.

En los otros tres estados la ecuación prácticamente se repite, aunque se acentúa más con PRI y PAN a la cabeza.

A futuro quizá conserve un poco de protagonismo si evoluciona a partido “satélite” o “busca-alianzas” como las actuales con el PAN. Gracias a ellas también co-gobierna Durango, Quintana Roo y Veracruz. Pero de continuar enflacando su militancia, ni eso le quedará.

La última trastada contra aquel prometedor partido aglutinador del sonado movimiento disidente del PRI y de conjunción de agrupaciones diseminadas de izquierda, surgido en 1988, es su desplazamiento, en automático, por el PT, como tercera fuerza en el Senado.

Nueve senadores, alguna vez perredistas, se unieron a la bancada del PT.

Con ello, los ex perredistas (en el Senado) recuperan sus derechos para, por ejemplo, participar en comisiones o realizar labor legislativa, pues solo puede hacerse perteneciendo a un grupo parlamentario. Pero a la vez dan mayor vida a un partido como el del Trabajo con poco “ídem”, es decir, trabajo propiamente político.

La mayoría de los nueve (Barbosa, Benjamín Robles, Zoé Robledo, Mario Delgado, Rabindranath Salazar, Fidel Demédicis, Luz María Beristain, Lorena Cuellar y Humberto Fernández) pertenecen al grupo de 12 arrastrados recientemente por Miguel Barbosa, tras su confrontación con Alejandra Barrales y Dolores Padierna. Algunos de ellos no han renunciado al PRD, solo dejaron la bancada.

Con ello, el PT alcanza 16 lugares en el Senado, dejando atrás al PRD con ocho (Dolores Padierna, Alejandra Barrales -quien regresó-, Angélica de la Peña, Isidro Pedraza, Luis Sánchez, Iris Vianey Mendoza, Adolfo Romero Lainas y Fernando Mayans).

Y mientras el PRD pierde posiciones, el PT las gana. Obtiene derecho a estar al frente de ocho comisiones ordinarias (hoy con solo tres), y ocupar una de las tres vicepresidencias de la Mesa Directiva (ahora en manos de un perredista) y una secretaría.

El enredo podría ser mayor para el PRD en el Senado, sin embargo, Alejandro Encinas y Raúl Morón se mantuvieron como independientes. En las mismas anda el “Jaguar” Armando Ríos Piter.

 

UNA DEBACLE HISTÓRICA

En cuatro años el PRD ganó y perdió. Obtuvo fuerza como gobierno en algunas entidades, sin embargo, la deserción de líderes pilares y la “canibalesca” pelea por el poder hacia su interior lo fue mermando.

El 2012 pudo ser la punta del iceberg. Para no ser presa ni de un rompehielos o para descongelarse. Ocurrió esto último.

Hacía tiempo, uno de sus importantes hombres del 88, Porfirio Muñoz Ledo, ya bateaba por otro lado. Pero fue después del proceso electoral ganado por Enrique Peña Nieto cuando Andrés Manuel López Obrador decide dejar el partido.

Le siguieron personajes importantes de la talla de Cuauhtémoc Cárdenas, nada más y nada menos, el guía moral del partido; Marcelo Ebrard y otros. Antes ya no estaban ni Rosario Robles ni Ruth Zavaleta.

Un punto de inflexión importante fue el caso Ayotzinapa. La Izquierda ha negado sistemáticamente su responsabilidad en los hechos, sin embargo, quienes quedan en el PRD y quienes se han lavado las manos (Morena, principalmente) escapando de la realidad, lo saben y se les cae la cara de vergüenza: Son los únicos responsables.

Ello fincó una pena nacional para el perredismo hasta el 2014 todavía símbolo de la Izquierda mexicana aunque con la sombra de Morena sobre la espalda.

Lo patético trajo como consecuencia una fugaz presidencia en el partido de Carlos Navarrete, un simplista y académico paso por la misma de Agustín Basave Benítez, así como la actual frecuentemente cuestionada presidencia de Barrales.

De 1989 al 2017, definitivamente, el PRD no es el mismo. Ni sus luces.

¿Partido viejo? De ninguna manera. Más bien un partido con violencia intrafamiliar. Pulverizado. Vencido por el anhelo frustrado de poder. Veintiocho años de arrebato.

Mientras escribe su epitafio, lentamente, es ya un ente vapuleado y “bullyiado” en el Senado.

Pero hablábamos de milagros. El plazo es el 2018. Si el PRD está en agonía después de casi tres décadas, Morena podría padecer -este sí-una vejez prematura y sucumbir en la sexta parte del tiempo. Porque si López Obrador no gana…

 

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Twitter: @RobertoCZga

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