Urzúa juega al valiente

...Y pensar que era lo más respetado de la Cuarta Transformación.

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A cada día que pasa, Carlos Urzúa me sorprende aún más. Al final me concedió razón y ya empezó a dar los nombres que causaron su renuncia como secretario de Hacienda y que no incluyó en la carta que envió al Presidente López Obrador.
Es así que ahora sabemos, sin margen de error, que le horrorizaba que el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, sea admirador del chacal chileno Augusto Pinochet y del padre Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, que con justa razón deben arder en el infierno de los católicos.
También sabemos que apoyaba la continuación del aeropuerto de Texcoco, el famoso NAIM, cuya cancelación fue ordenada al Presidente por el pueblo sabio que acudió a las urnas a votar en la primera consulta pública del sexenio.
Igual, el ex secretario de Hacienda dice que difería de la construcción de la refinería de Dos Bocas.
Sin embargo, se guarda su opinión sobre el Tren Maya.
Pues sí, debemos seguir reconociendo que Urzúa es hombre valiente: se despidió de López Obrador con una breve carta en la que descalifica sus políticas públicas, tomadas sin sustento, reclamándole haber permitido a poderosos, en franco conflicto de intereses, imponer a sus funcionarios y ejercer sin conocimiento de la Hacienda Pública, etcétera.
Y ahora pone rostro nombre y apellidos a quienes convirtieron en pesadilla su breve estancia al frente de las finanzas nacionales.
Bien por él, pero siempre hay un pero.
¿Por qué aceptó uno de los puestos más importantes de la administración si conocía la tendencia derechista del jefe de la Oficina de la Presidencia?, pero, además ¿por qué permitió que le impusiera a la jefa del SAT y al director de Nacional Financiera?
¿Cómo fue que estando en contra de la cancelación del NAIM se ufanó tanto de haber conseguido adquirir, previo premio sustancioso a los tenedores, un porcentaje de los bonos neoyorquinos?
¿Por qué nada dijo cuando el gobierno al que servía anunció el lanzamiento de una oferta de hasta mil 800 millones de dólares para comprar un tercio de los bonos emitidos para iniciar la obra?
Más aún, el 19 diciembre pasado, la Secretaría de Hacienda, bajo su conducción, anunció, feliz, el “apoyo abrumador” de los inversionistas ante la estrategia de México, la suya, desde luego, de comprar el tercio de esos instrumentos financieros.
Para decirlo de otra manera, mientras estaba en contra de la presencia de Romo en la Jefatura de la Presidencia y en contra de la cancelación del NAIM, Urzúa hacía roncha con Alfonso, que estaba en la misma sintonía y quedaba mal con los empresarios, a quienes prometió que las obras en Texcoco continuarían.
Por si esto fuera poco, guardó ominoso silencio cuando el descontón que el Presidente asestó al entonces subsecretario de Hacienda Arturo Herrera por opinar, en Inglaterra, que la construcción de la refinería de Dos Bocas tendría que esperar a que hubiese dinero, algo que escuchó de los expertos de Pemex.
En aquella ocasión, Urzúa fue incapaz de abrir la boca para apoyar a su subalterno, que simplemente había dicho la verdad.
¿Por qué no renunció cuando ocurrió cada uno de los episodios que ahora enumera como contrarios a su opinión?
En sus revelaciones a cuentagotas, don Carlos no ha dicho si en algún momento se atrevió a, por lo menos, sugerir al Presidente que Romo no encajaba en su gobierno de izquierda por su admiración a Pinochet y sus nexos con el padre Maciel; que, contra los ingenieros Javier Jiménez Spriú y José María Riobóo, él opinaba que no había que desperdiciar dinero abonado al NAIM y que se debían expropiar los predios que los corruptos adquirieron en el pasado para enriquecerse, aún más, con la plusvalía que generaría el nuevo aeropuerto, y que, además, Dos Bocas será un fiasco.
Hoy, fuera del gobierno se va, de nueva cuenta, contra el cuello de López Obrador, no sobre Romo y sus recomendados, exhibiéndolo como un Presidente que gobierna a golpe de caprichos y ocurrencias, bajo la influencia de personajes de uno y otro extremos ideológico.
No faltará quien califique de valiente al ex secretario; yo mismo me fui con la finta y celebré su carta renuncia porque nunca había presenciado un episodio semejante, excepto el de Alfonso Durazo, cuando abandonó a Vicente Fox echando a Marta Sahagún al ruedo, pero, poco a poco, Urzúa ha derruido su estatua de funcionario leal y valiente.
Está visto que no lo fue. Que no se atrevió a enfrentar a López Obrador sino hasta que se percató de que la administración está montada en una montaña rusa que puede terminar en desastre económico y el pánico lo hizo abandonar el barco a tiempo para no cargar con la responsabilidad.
Y pensar que era lo más respetado de la Cuarta Transformación.

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