Una guerra de papel

Inocultable tirantez geopolítica en la disputa por la sábana multipolar; especie de Guerra Fría 2.0 ha vuelto a rearmar a las potencias

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Resulta escalofriante saber que el derecho de los pueblos a la autodefensa, a la protección de su soberanía y al resguardo de la paz,  fomenta la búsqueda de mejores armas y armamento para blindarse, militarmente, lo más que se pueda ante las amenazas externas.

Los organismos internacionales como la ONU intentan, en la medida de sus limitaciones, encontrar consensos para fungir como árbitro mediador entre tantos países y tantos intereses, con sus roces intrínsecos, pero, muchas veces, su actuación es más de dientes para afuera, sobre todo en los delicadísimos episodios de fragilidad mundial en que la paz se ha paseado por el callejón del olvido.

De cara al 2020 es inocultable la tirantez geopolítica en la disputa por la sábana multipolar; vivimos una Guerra Fría 2.0 que ha vuelto a rearmar a las  potencias y a darle al botón turbo del desarrollo de las armas de nueva generación.

Se han resucitado las viejas disputas; el reparto del mundo sigue siendo una tarta suculenta, tanto como la de chocolate, que el presidente Donald Trump degustaba al lado de su homólogo chino, Xi Jinping, cuando el ejército estadounidense lanzaba 59 misiles Tomahawk a Siria.

Días después, también Afganistán probó el nuevo músculo de la Casa Blanca con “la madre de todas las bombas”; la GBU-43, también conocida, vulgarmente, como MOAB (las siglas en inglés de mother of all bombs), tiene una capacidad de penetrar hasta en las montañas más escarpadas, y en las cuevas más profundas, creando un infierno subterráneo del que no escapa ninguna vida humana porque el fuego creado y la temperatura elevadísima evaporan todo organismo vivo.

Desde 2008, muchos países, entre éstos Estados Unidos y Rusia, regresaron a la carrera armamentista, en la que lo nuclear y la radiactividad no son, precisamente, lo más devastador para extinguir al enemigo en masa. Es más, la exploración de las nuevas tecnologías, de cuarta y quinta generación, obvian a la fisión nuclear porque el daño al medio ambiente es inconmensurable: Devasta toda forma de vida orgánica y esteriliza, por décadas, a la naturaleza.

De lo que se trata es de matar a las personas; no a las vacas, los perros, las cabras ni a  los cerdos; mucho menos contaminar el agua de los ríos, lagos y presas, o llenar el cielo de lluvia ácida. Bajo ese parámetro, los ingenieros al servicio de las grandes empresas transnacionales fabricantes de armas y equipo de inteligencia, guerra y control militar recurren, cada vez más, al uso de la biotecnología, así como a la ingeniería que incorpora las nanotecnologías y los avances más modernos de las comunicaciones.

La intención es matar con mayor precisión, de forma masiva, eliminando al blanco enemigo sin dejar heridos; estas nuevas armas convencionales y superletales, como la MOAB o la AVBPM, fabricada en Rusia y, amenazadoramente, catalogada como “el padre de todas las bombas”, son artefactos inteligentes.

 

A COLACIÓN

El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (también conocido como SIPRI, por sus siglas en inglés) afirma que en el periodo 2011-2015 aumentó 14% el volumen de exportaciones de armamento a nivel global, comparado con el lapso 2006-2010.

Un 74% de las exportaciones de armamento procede de Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Alemania, pero nada más entre la nación americana (33%) y la rusa (25%) se reparten el 58% del mercado de armas.

Precisamente, la ONU, desde abril de 2013, logró cierto consenso para poner en  marcha el  primer tratado sobre el comercio internacional de armas convencionales, una especie de código ético para la compra-venta de armamento con fines de transparentar  las cifras reales de todo el volumen de lo que se moviliza.

Pero, obvio, hay imposibles e impensables; no esperemos que la CIA diga cuánto armamento le vende a Al Qaeda, al ISIS y a los ucranianos y chechenos, entre otros, porque detrás de cada gran conflicto, como los que, lamentablemente, mantienen atrapados a millones de civiles en Medio Oriente, hay un exportador de armamento, uno que factura los misiles, morteros, lanzagranadas y otras armas de fragmentación tanto a los rebeldes como a los grupos oficiales.

Y este Armagedón sirve de pretexto para probar las armas fabricadas, las patentadas, recientemente, por las potencias, como Estados Unidos y Rusia. La MOAB ya demostró su eficacia; los rusos, hasta el momento, no han usado su AVBPM; tampoco han probado su Iskander, un sistema de ojivas termobáricas  y nucleares que los estrategas estadounidenses observan con nerviosismo.

Ni qué decir de los europeos, que han sentido atragantárseles el bollo con el anuncio de  Dmitry Rogozin, el viceprimer ministro ruso, de la presentación (con video de por medio) de Fedor, el primer robot humanoide entrenado para disparar.

La ciencia ficción ya nos alcanzó; Julio Verne es una reliquia, y lo de Terminator está por inaugurar una nueva era, mucho más riesgosa que la actual, aún más frágil, todavía más densa, mucho más deshumanizada y descarnadamente peligrosa. Una guerra de papel…

 

 

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