Un secuestro más, un crimen más: Giuliani, cómo te extraña la CDMX

El caso del joven Norberto Ronquillo se asimila mucho al ocurrido, en 2008, a Fernando Martí, de 14 años, hijo del empresario Alejandro Martí, que fue secuestrado y asesinado a pesar de que la familia pagó el rescate de 5 millones de pesos

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Hay golpes mediáticos, de timón, sobre la mesa, y de poder. En la Ciudad de México, hoy, como hace dos décadas, se requiere uno solo, con todas las acepciones mencionadas, contra un flagelo que ha vuelto a envolver a la Capital del país en un manto de miedo: La delincuencia.
El caso reciente del joven Norberto Ronquillo, estudiante de 22 años de la Universidad del Pedregal, secuestrado y asesinado, a pesar de que su familia pagó el rescate a sus plagiarios, ha caído como bomba sobre las autoridades capitalinas ante el reclamo constante de que poco y mal se está haciendo contra quienes asaltan, secuestran o extorsionan a diario.
El dilema para el Gobierno de la Ciudad de México es que ahora ya no sólo son los delitos del fuero común los que aterrorizan a la población, sino también los del crimen organizado, aunque digan que los cárteles de Tepito, Tláhuac y otros sean sólo “pandillas”.
Sean lo que sean, son el ejemplo que ha hecho cundir las actividades ilícitas, en su mayoría, en muchos jóvenes.
Para tener un parámetro de cómo ha ascendido tan sólo la incidencia del secuestro localmente, de acuerdo con la organización “México Unido contra la Delincuencia”, en el 2017 se cometieron cinco plagios al día. La cifra en ese año llegó casi a los mil 700.
Estamos hablando de un solo tipo de delito que sufren los capitalinos, pero que se repite, casi con igual contundencia, en varios estados del país.
De estas cifras, que pueden ser similares o variar, mínimamente, de un año a otro, la mayoría no se denuncia porque la familia paga el rescate. Otros se resuelven sin darse a conocer públicamente, en acuerdo con las autoridades, y para no sufrir consecuencias de parte de los delincuentes. Pero, además, una gran cantidad no trasciende porque el secuestrado y su familia no tienen la posición social para que el hecho escale a lo mediático.
Pero los capitalinos están padeciendo no sólo el lamentable incremento de los secuestros, sino, por ejemplo, una modalidad que nadie sabe por qué las autoridades no atienden o no analizan, como lo es el asalto a comensales de restaurantes en cualquier zona de la Ciudad. Algo parecido ocurre con los asaltos a pasajeros, sobre todo de las llamadas “combis” (pero que ha alcanzado a otro tipo de transporte público, incluyendo el Metrobús), y que gracias a que ahora las unidades portan cámaras, casi a diario se conoce un caso. Este problema lo comparten, al parejo, la Capital mexicana como municipios limítrofes con el Estado de México.
Y no hablemos de asaltos a automovilistas, que también son un lastre cotidiano. El robo a transeúnte. Y, por encima, como decíamos, la actividad violenta de cárteles locales y de fuera que acosan la Ciudad.
El caso del joven Ronquillo se asimila mucho al ocurrido, en 2008, a Fernando Martí, de 14 años, hijo del empresario Alejandro Martí, que fue secuestrado y asesinado (también cuando regresaba o iba a la escuela) a pesar de que la familia pagó el rescate de 5 millones de pesos.
Ayer, el empresario reaccionó así: “Tengo el corazón destrozado; mi alma no descansa ante tanta crueldad. México se desangra como nunca en su historia. Todavía muchas familias no duermen ante la ignominia si sus hijos regresarán con vida”.
Ayer, en la conferencia mañanera de Palacio Nacional, IMPACTO preguntó al Presidente Andrés Manuel López Obrador si no era hora ya, cuando menos como recomendación, y ante el caso del joven Norberto, de plantear a la Jefatura de Gobierno, a cargo de Claudia Sheinbaum, hacer algo como lo que él y Marcelo Ebrard, presente en el evento, hicieron en el 2002 y que llevó a buenos resultados, cuando se contrató la asesoría de Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, quien logró casi erradicar los crímenes y robos en esa metrópoli estadounidense aplicando el programa “Cero Tolerancia”.
Varias de sus medidas, incluso después, fueron mejoradas y aplicadas contra el terrorismo.
El Presidente respondió a IMPACTO (nadie más lo cuestionó por el brutal caso del joven Norberto) que “duelen este tipo de cosas”, que “es una asignatura pendiente (la inseguridad), pero que ya se está actuando para que haya paz”.
En su totalidad no sabemos cuál era el método de Giuliani, pero sí que parte de él consistía en exigir un trabajo más estricto y profesional de los jefes policiacos. Obligarlos a una real rendición de cuentas.
No sabemos qué hace hoy la Jefatura de Gobierno para pedir resultados a las corporaciones policiacas. No sabemos cuánto tardará más la Guardia Nacional en transitar las calles de la Capital. No sabemos nada, pero el caso del joven Norberto Ronquillo exige resultados no sólo de los policías, sino, en principio, de quien gobierna.
Cuando, en el 2004, llegué a trabajar a la Ciudad de México nunca percibí las leyendas de horror que me platicaban de la Capital mexicana; la delincuencia, realmente, había bajado.
Diez años después, las cosas son muy diferentes. La Ciudad de México extraña a Giuliani.

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@RobertoCZga

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