Un presidente neoliberal frente a banqueros; no le perdonan el NAIM de Texcoco

López Obrador llegó a la Convención Nacional Bancaria obligado a desfacer entuertos de él y de su equipo para tratar de reconstruir, más allá del cosmético trato público, la confianza perdida por ocurrencias de la Cuarta Transformación, pero… lo conocen

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No hay forma de borrar el fantasma del nuevo aeropuerto de Texcoco en concilios financieros como la Convención Nacional Bancaria de Acapulco.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador llegó obligado a desfacer entuertos de él y de su equipo para tratar de reconstruir, más allá del cosmético trato público, la confianza perdida por ocurrencias de la Cuarta Transformación.

Algunas de esas acciones que sonaron a melodía en oídos bancarios fue el rechazo del Estado a regular comisiones de los bancos por servicios prestados.

Así quedó enterrado el capítulo de su coordinador en el Senado, Ricardo Monreal Ávila, entusiasmado por regular comisiones bancarias y tomar una bandera política que lo avanzara en la carrera presidencial.

Sin embargo, fue todo lo contrario; la propuesta populista en su momento provocó una caída bursátil que levantó, intempestivamente, del asiento al titular de Hacienda, Carlos Urzúa Macías, y al jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo Garza.

En Acapulco, Andrés Manuel dejó a un lado el discurso antineoliberal; se mostró moderado, invitó a la inversión privada y extranjera, y recalcó que el sector público sólo representa el 2.5% del Producto Interno Bruto.

Arrancó aplausos con la disposición para conjugar la inversión privada, pública y social para sus proyectos, pero, además, enfatizó en respetar la autonomía del Banco de México.

El Ejecutivo, enfundado en una guayabera blanca que minutos antes, al pie de su camioneta negra -no Tsuru o Jetta blanco-, recibió rechiflas y reclamos de mujeres con gritos de “¡Andrés, nos fallaste!”.

Ese Andrés Manuel se comprometió a mantener sanas las finanzas públicas y a no aumentar la deuda, inclusive a respetar contratos de gobiernos anteriores, aun cuando sean leoninos.

Llegó al puerto un López Obrador neoliberal, pues.

Sin embargo, los ahí presentes saben de quién se trata. Saben que moldea el discurso de acuerdo al escenario, sin previo aviso. Saben que su clientela variopinta dista, años luz, de estar hecha de la materia humana de los ahí presentes.

Para muestra bastó escuchar los persistentes lamentos por el entierro del NAIM de Texcoco, un error que golpeó letalmente la confianza en el microcosmos del dinero ahí reunido, pero además agudizado con el absurdo del sistema aeroportuario de Santa Lucía, del que ya nadie quiere hablar, el que provoca risas burlonas a espaldas del Ejecutivo y de su equipo.

En esa serie de proyectos impresentables están el Tren Maya y del Tren del Istmo, que de los súper optimistas cálculos de 150 mil millones de pesos, los realistas hablan de más un billón.

Una locura que no saben a dónde nos llevará.

En voz de López Obrador: “No podríamos financiar los 120, 150 mil millones de pesos que se necesitan (para el Tren Maya) sólo con inversión pública; se requiere de la inversión privada nacional y extranjera; lo mismo en el proyecto del Istmo; se requiere el acuerdo para la participación conjunta del sector público, privado y social“.

Sin embargo, nadie toma en serio el capricho al que consideran muy lejano de un detonador de crecimiento, por múltiples razones.

Continuó entusiasmado el Ejecutivo: “Todo esto nos va a permitir crecer y estamos también ofreciendo a inversionistas del país y del extranjero, nacionales y foráneos, que va a haber un autentico, que hay, que existe ya, un auténtico Estado de derecho“.

En lo que corresponde a la inversión pública estamos pensando en que sea capital semilla para levantar la participación de la inversión privada; esto es lo que significan proyectos como el Tren Maya“, apuntó.

Y de regreso al mito presidencial favorito, el hombre de las conferencias mañaneras, aseguró que sus prioridades son acabar con la corrupción y la impunidad, que al implementar la política de austeridad se va a ahorrar mucho dinero y no habrá necesidad de aumentar impuestos.

Imagino que las prioridades del Papa Francisco son acabar con la injusticia del mundo, con el hambre, las guerras, la desigualdad, la pederastia y abusos sexuales en su Iglesia, e instaurar en un mundo feliz y espiritual el catolicismo.

Sin embargo, ni al representante de Dios en la Tierra se le hace el milagro.

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