Un Presidente en país de machos

Mi abuelo diría que se necesitan tanates para dar pasos como los de Peña Nieto y, permítaseme la vulgaridad, el Presidente camina haciendo surcos

Compartir:

No es justificación, pero nacido a finales de la primera mitad del siglo pasado en Jalisco, tierra de hembras y machos, en donde el que pierde arrebata y está enraizado en los genes de la población la veneración, adoración diría yo, a las Vírgenes (de Zapopan, San Juan de los Lagos, de Talpa, la mía y de los míos, y muchas más, incluso la de Tonaya), me sorprende el atrevimiento imprevisto del Presidente Peña Nieto con su iniciativa sobre los matrimonios sin distinción de sexo; una reforma, en realidad, concebida para combatir la homofobia y la discriminación.

Creo conocerlo un poco más que la mayoría de mis colegas y debo confesar que la iniciativa me tomó tan de sorpresa como al resto del país y sus más cercanos colaboradores. Nunca la imaginé; Enrique Peña Nieto es liberal en el sentido juarista, pero no en el del siglo XXI.  O al menos eso creía yo.

El análisis simplista dirá que ha hecho suyos temas tan espinosos como la mariguana y los matrimonios homosexuales con todas sus variantes por razones electoreras, pero quien lo diga olvida que ambos asuntos deberán pasar por el Congreso y que al final de cuentas si la segunda llega a operar para todo el país no será por voluntarismo presidencial sino porque así lo quiere la representación nacional y local de cada entidad, como ya opera en la Ciudad de México, por ejemplo.

Ya lo he dicho, por origen en calendario, territorio y religión, fui educado en contra del sentido de la iniciativa del Presidente Peña Nieto; nada más fácil que hacer chistoretes sobre cuestiones homofóbicas. Inclusive he frivolizado contra la disposición de la Federación Mexicana de Futbol de prohibir el grito de “puto” al portero del equipo visitante cuando despeja desde su área.

Confieso, no es fácil sacudirse las enseñanzas de la infancia alentadas por los fobias eclesiásticas. La religión católica educa contra el tema, pese a que en sus filas militan curas, algunos de los cuales sobrellevan con heroicidad su inclinación homosexual, y muchos otros, como Maciel Marcial, un caso extremo, pero no el único, tienen por religión la perversidad sexual.

Mérito del Presidente Peña Nieto echarse este trompo a la uña como, debemos reconocer, el  pionero en realidad es Marcelo Ebrard que como jefe de Gobierno del Distrito Federal empujó los matrimonios homosexuales y su derecho a  adoptar niños.

Tanto Marcelo como Peña Nieto saben que por el origen territorial y la educación influenciada por los curas de la niñez y la juventud, mi primera reacción es contraria a estas posiciones revolucionarias, pero sería mezquino reconocer la valentía de ambos, en especial la del Presidente por el contexto que vive su administración.

Si nos atenemos a las estadísticas, la iniciativa no influirá en favor del PRI en los comicios de junio próximo ni en los por venir, incluidos los de 2018, porque el porcentaje de población beneficiada no es significativo y en cambio, la mayoría opina en contra, por lo menos en charlas privadas y de cantina.

Una buena parte de mexicanos no podemos despojarnos del machismo con que nos engendraron y educaron.

Muchas son las reformas promovidas por Peña Nieto; algunas son trascendentes, como la Educativa, otras serán exitosas dependiendo del mercado, como la Energética, y alguna más, como la de en Comunicaciones, ya benefician a la población y le han ganado al mandatario enemigos de peso y de muchos, muchísimos pesos; pero la de los matrimonios homosexuales, más que la portación de 28 gramos de mariguana, sacudirá a la población porque  la leyenda urbana y toda nuestra cultura popular gira en torno al machismo que supuestamente domina nuestros genes.

Imposible vaticinar qué ocurrirá en el Congreso, pero bien por un Presidente capaz de caminar contra su propio pensamiento en beneficio de un sector de la población que, si no es mayoritario, tiene los mismos derechos que el resto de quienes fuimos dotados con porcentajes diferentes de hormonas y creemos que el país es nuestro y que en él no hay cabida para quienes en sus cuerpos habita un ser de género distinto.

Mi abuelo diría que se necesitan tanates para dar pasos como los de Peña Nieto y, permítaseme la vulgaridad, el Presidente camina haciendo surcos.

Compartir: