Un momento con Jesús Kumate

Para siempre su herencia; absoluta sencillez con la que abordaba los temas más complejos de la moral republicana

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Conocí a Jesús Kumate allá por los tiempos del gobierno de Miguel de la Madrid. Él se desempeñaba como subsecretario de Salud y, periódicamente, coincidíamos en un convivio interinstitucional casi siempre muy grato, muy ameno y muy útil para los funcionamientos de nuestras encomiendas. El siguiente sexenio, él se convirtió en secretario de Salud y allí se intensificaría nuestra relación de trabajo, además de nuestra amistad.

Más adelante, y cuando ya no teníamos ni encomienda del gobierno ni jefes a quienes temer, nuestros encuentros se convirtieron en un deleite. Había una mesa muy constante que presidía Francisco Galindo Ochoa y vicepresidía Kumate. Asistíamos nuestro Director, Juan Bustillos, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa, Homero Cárdenas, Hugo Páez, Carlos Romero Deschamps, Ricardo Aldana, Guillermo Cosío Vidaurri, Francisco Moreno, Sami David y los hijos de Don Pancho, Tina, María Elena, Arturo y Francisco. Siempre lo disfruté y no omito que después del deceso de Galindo Ochoa, el lugar presidencial lo ocupó Jesús Kumate por voluntad indiscutible de todos nosotros.

Sin embargo, hoy recuerdo, sobre todo, los principios de ética política que nos vertía en esas mesas, sin que ello pareciera un discurso ni una conferencia ni una cátedra. Con absoluta sencillez abordaba los temas más complejos de la moral republicana.

Nos decía que hoy pareciera que los mexicanos dependemos del funcionamiento de nuestras compuertas. Nuestro sistema político está instalado en el cuestionamiento y está a las puertas de la crisis. Como una presa que tiene más tributo que desfogue se ha colmado, ha empezado a escurrir y está en riesgo de reventar, con incalculables consecuencias de inundación.

Me decía que la relación de la Academia Nacional de México con el tema de las crisis siempre ha pretendido ser propositiva, y no catastrofista. No la fundamos para ser uno más de los clubes del pesimismo que abundan en el planeta. Creemos que el futuro debe tenerse en cuenta no como premonición del desastre, sino para rescatar, en todo lo posible, nuestra capacidad de previsión. Prever el futuro es anticiparlo y, por lo tanto, colocarse en la posibilidad de alterarlo y reencauzarlo.

Requerimos rediseñar y vigorizar nuestros sistemas, pero también necesitamos el mayor temple de nuestros líderes. Ellos necesitan apartarse del error político que derrumba economías, que conjura libertades o que posterga generaciones.

El primer error de nuestros gobernantes sería que se enojaran. El segundo, que reaccionaran de inmediato, sin darse el beneficio de la reflexión. El tercero, que, en su primer instinto, recurrieran a la mentira. El cuarto, que sus consejeros, sus colaboradores y sus voceros resultaran muy inútiles. El quinto, que no pudieran evitar la contaminación de toda la vida nacional. El sexto sería que se dejaran engañar. El séptimo, que operaran demasiado tarde. El octavo, que se deprimieran. El noveno, que confiaran en la infalibilidad de sus acciones, si es que en algo fueran acertadas. El décimo, que confiaran en la eficiencia de su cinismo, si es que en algo fracasaran.

Alguna vez le escuché que son estos los días de la vigilia, de no dormir y de estar atentos a lo que sucede. Debemos tener cuidado. Precavernos en todo lo posible. Estamos pasando de una condición problemática a una situación peligrosa. Los mexicanos estamos empezando a enojarnos los unos con los otros. Hemos pasado de la contienda a la competencia. De la competencia a la lucha. De la lucha al pleito. Y del pleito a la ira. Dos factores están contribuyendo a ello. Uno deviene de lo que no entendemos. El otro proviene de lo que no queremos porque no todos estamos en el mismo entendimiento de la naturaleza de nuestras confrontaciones.

Para algunos se trata de una confrontación de poderes, mientras que otros consideran que es una de partidos. Hay quienes piensan que vivimos una confrontación de proyectos; otros que lo es de personas, y hay quienes apuestan a que es un enfrentamiento de intereses. Por último, existe la percepción de que se trata de una lucha de clases a partir de los 54 millones de pobres a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto de la riqueza, y hay quienes consideran que empezamos a vivir un conflicto de generaciones instalado por muchos millones de jóvenes a quienes ya no les convence la fórmula mexicana de reparto del poder.

Por lo pronto, y para los días actuales, esforcémonos por componer lo que tiene solución. Por aceptar lo  que no la tiene. Por distinguir unas de otras. Por no sucumbir a la fatiga antes de que termine la vigilia. Por evitar que el susto se convierta en miedo. Y por confiar en que la noche no es eterna. Que siempre volverá el día.

Le preocupaba que mucho se había criticado, sin razón, al sistema político emanado de la Revolución Mexicana. Ha existido una obsesión pertinaz por resaltar sus defectos, sus deficiencias y sus excesos, que, desde luego, los tuvo, así como para soterrar sus aciertos, sus logros y sus alcances,  que también los hubo.

Se ha acusado de crueldad al régimen de Díaz Ordaz, de demagógico al de Luis Echeverría, de frívolo al de López Portillo, de ineficiente al de Miguel de la Madrid, de tramposo al de Carlos Salinas y de traidor al de Ernesto Zedillo. Ciertamente, es imposible negar que hubo crueldades injustificables; demagogias innecesarias; frivolidades escandalosas; insuficiencias costosísimas; trampas inconfesables y traiciones imperdonables, pero, junto a todo eso, también hubo claras virtudes, hubo nobles aspiraciones y hubo ejemplares logros nacionales. Malo es lo que hubo de penumbra. Peor aún es ocultar lo que hubo de luminosidad porque mientras en algunos de esos años acontecían latrocinios y atrocidades,  también Lázaro Cárdenas y sus sucesores reivindicaban, para la nación mexicana, el petróleo, la electricidad, la minería, el mar patrimonial, las plataformas continentales, el subsuelo y el espacio exterior.

Mientras se instalaban burócratas socarrones que abusaban del poder, Miguel Alemán ordenaba la construcción de Ciudad Universitaria, la infraestructura turística de Acapulco y el sistema nacional de irrigación; López Mateos construía los grandes centros hospitalarios, establecía nuestras monumentales hidroeléctricas y editaba el libro de texto gratuito, y Ruiz Cortines organizaba la estabilidad política y la seguridad de la nación.

Al final de cuentas, los beneficios de la reforma política mexicana despertaron más entusiasmos nacionales que las zapatillas de las cortesanas.  A la postre, a México se le reconoce más en el mundo por su política exterior de dignidad y soberanía que por las cuentas  millonarias de algunos gobernadores. A pesar de todo, durante dos décadas, la intelectualidad y la tecnocracia del planeta, de países ricos, pobres y medianos, vinieron a México para aprender del Milagro Mexicano, para entender cómo se crecía al 8 por ciento sin inflación, para tratar de emular el “desarrollo estabilizador” y para pedir sus recetas y sus consejos sobre desarrollo a una generación de gobernantes mexicanos.

Con esos orgullos nos fortalecía Jesús Kumate. Su herencia es para siempre.

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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