Traición en Palacio

¿Cómo llegó a las manos de un periodista el borrador de la carta que el Presidente de México envió al monarca español?

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Ya el tiempo dirá si los crímenes son de éste o de España (y, de paso, del Vaticano); por lo pronto, en el escándalo provocado en torno a la carta que el Presidente López Obrador envió al rey Felipe VI y al Papa Francisco exigiéndoles pedir perdón por lo ocurrido 500 años atrás, cuando Hernán Cortés, sus soldados y los franciscanos que los acompañaban conquistaron a los pueblos originarios de lo que luego sería la Nueva España, ha quedado al descubierto que la traición pasea, a sus anchas, en el Palacio Nacional.
En aras del espacio, y porque el tema es de sobra conocido, vayamos a lo que por hoy aquí interesa: ¿Cómo llegó a las manos de un periodista el borrador de la carta que el Presidente de México envió al monarca español?
Ojo, hablo del BORRADOR de la carta, cuyo facsímil publicó el periódico Reforma en exclusiva, no de la carta recibida por el gobierno español.
Si se tratara de la carta oficial podríamos sospechar de un complot con origen en la península ibérica para exhibir al Presidente de México como ignorante de la historia nacional, contrario a lo que presume ser; y si la misiva hubiese sido enviada por los canales diplomáticos obligados, la suspicacia recaería en la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, pero el documento del que Reforma sacó su información es un borrador de trabajo, elaborado antes de la misiva final en la que López Obrador estampó su rúbrica para enviarla a Madrid y Roma.
Es probable que aún haya quien imagine al heroico periodista investigador, propio de novelas, películas y series de televisión, que se introduce subrepticiamente a los salones del poder a sustraer documentación comprometedora.
La realidad atrás de las grandes exclusivas periodísticas suele ser vulgar: Por regla general ocurre que por traición, venganza o unos billetes, funcionarios de todo tipo, del más alto nivel al menor, entregan documentos importantes a reporteros o directivos comprometidos solamente a mantener sus fuentes en el anonimato.
A partir de esta realidad indiscutible es posible afirmar, sin temor a errar, que el borrador de la carta de Andrés Manuel a Felipe llegó a manos de un periodista por traición o venganza, contra el Presidente, de uno de sus cercanos, o porque algún empleado con acceso a los recintos más íntimos del mandatario entregó las 4 cuartillas a cambio de una buena cantidad de billetes.
Desechando la imagen romántica del reportero-detective no se puede explicar de otra manera que un documento que, sin exagerar, debe ser calificado como secreto de Estado por lo sensible del tema llegase a las páginas de un medio impreso de la importancia de Reforma.
La exclusiva es de celebrar no por el escándalo amplificado por el propio Presidente al revelar el contenido de la carta, sino porque pone sobre la mesa la indudable necesidad de López Obrador de someter al polígrafo, por lo menos, a quienes tienen acceso a su oficina más íntima o a su computadora.
Este es un trabajo para el general en retiro Audomaro Martínez, titular de los servicios de inteligencia de la Cuarta Transformación, quien, aun teniendo la orden de no realizar espionaje político, está obligado a descubrir, a la brevedad, la identidad de quien traicionó la confianza del mandatario.
Hoy fue una carta que, al final de cuentas, sólo servirá a los historiadores para denostar aún más a Hernán Cortes y a la Iglesia Católica, pero pudo tratarse de un documento fundamental para la Cuarta Transformación.
Día a día, el Presidente recomienda a los mexicanos ser buenos, portarse bien, porque a quien obra mal le va de igual manera, pero mientras el general Audomaro hace su trabajo, quizás llegó el momento, por su propia seguridad, de reunir a la gente en la que confía y mirarla a los ojos y descubrir por sí mismo al traidor.
Porque más allá de que uno comparta o no sus interpretaciones de la historia, es innegable que fue objeto de traición de uno o varios de sus allegados.
A menos –y no deja de ser posible— que se trate de una estrategia magistralmente elaborada y operada para desviar la atención sobre un tema negativo para el gobierno o para posicionar aún más al Presidente en el ánimo del gran porcentaje de mexicanos entre los que sigue siendo más popular que la Adelita.

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