Topo Chico, su ‘Isla María’ que Nuevo León pide vaciar

A medida que Monterrey se expandió, penal se fue convirtiendo en un dolor de cabeza para sus habitantes

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Fuera de él no hay tiburones, sino una urbanidad plena.
Al Penal del Topo Chico, ubicado en la zona norte de Monterrey, se lo tragó la ciudad hace mucho tiempo.
Todavía allá por los 60 -fue inaugurado en 1943- lo rodeaban extensos predios, algunos de ellos utilizados por el gobierno para “sepultar” basura. Su ubicación quedaba fuera de la ciudad y, por aquellas fechas, nadie siquiera imaginaba que por uno de sus flancos se trazaba ya una de las avenidas más amplias, de alta velocidad y principales de la Ciudad, la Avenida “Gonzalitos”, que, además de atravesar de oriente a poniente la capital del estado, conduce, como dicen, “todo derechito”, hasta Nuevo Laredo al entroncarse con la autopista que llega a la mismísima puerta a Estados Unidos.
La Avenida “Gonzalitos” se comió muchos campos llaneros de futbol, casuchas de ordeña y caminos por donde, todavía hace 50 años, se arriaban vacas.
Pero de eso ya llovió.
A medida que Monterrey se expandió, el Penal de Topo Chico -situado a no más de tres kilómetros del cerro que lleva el mismo nombre y que hasta ahora todavía luce los inmensos huecos, como golpe brutal de misiles, ante la explotación sin misericordia, por años, a dinamita pura, por Cemex-, con sobrepoblación de reos, llegando hasta los 7 mil, cuando el tope era de 4 mil, se fue convirtiendo en un dolor de cabeza para sus habitantes.
Ese penal tiene tantas historias, igual de fantasía que de horror.
Recuerdo una, la de “El Filo”, el único reo que dentro de la penitenciaría podía cargar arma a la cintura y, quizá, hasta usarla, a la vista de celadores. El típico norteño de aquellos años encarcelado por traficar armas y alcohol (“buena gente”, dicen), nada parecido a los que le sucedieron por el negocio de la cocaína, la mariguana y más.
O el crimen, en 1980, del Capitán Alfonso Domene, Director del penal, asesinado en el mismo nosocomio luego de un motín transmitido en vivo por la televisión local y protagonizado por dos delincuentes, “El Cubano” y “El Huevo”.
En 2016, un motín y enfrentamiento campal en su interior dejó más de 50 muertos.
Hoy, a escasos dos años de que se cumpla la promesa de ser cerrado (en 2021) cual Islas Marías, lo rodean centros comerciales (como Soriana, City Club), hoteles, parques deportivos, pero principalmente miles de casas y residencias.
El martirio para los habitantes resurge cada vez que de su “Isla María” suena la advertencia de oootro motín (o del “sepa Dios que pase adentro”), ahora con inquilinos que han llegado provenientes de los distintos cárteles que desde 2009, básicamente, se han arrebatado cada rincón de la Ciudad.
Apenas a 100 y 200 metros de su traspatio se edificaron, desde hace tres décadas, complejos habitacionales de clase media, mientras que a sus lados crecieron las colonias de nivel poco más bajo. El Fraccionamiento “Bernardo Reyes”, incluso, el primero, un poco más atrás (1960), auguraba una zona “fifí” de aquellos tiempos.
Hoy se ha vuelto costumbre que, en cada evento violento, las calles adyacentes se vean copadas por vehículos policiacos y militares que convierten el área en zona de toque de queda.
Para dar espacio al Penal del Topo Chico se construyó, posteriormente, el de Apodaca, pero la incidencia delictiva a raíz de la expansión de los cárteles lo saturó también en poco tiempo. En 2012, también ahí, un motín dejó otro medio centenar de muertos.
Ayer, por las calles cercanas al Penal del Topo Chico volvieron a sonar las alarmas; balazos, gritos; motín al interior y protesta al exterior de familiares de reos ante el traslado de 300 prisioneros. El resultado fue un muerto y varios heridos.
El padecimiento del penal de Monterrey y de sus ciudadanos a su alrededor no es exclusivo de Nuevo León; muchas entidades del país lo padecen.
Tan sólo ahora que se desocuparon las Islas Marías, para convertirla en zona de esparcimiento y cultura, al de Ramos Arizpe, Coahuila, fueron a parar más de 500.
Y la preocupación es que la “producción” de delincuentes no cede.
Es un hecho que los regiomontanos ya no desean su “Isla María”. Prefieren que con su estilo “Art Deco”, como el de la penitenciaría del Océano Pacífico, su espacio sea utilizado para el esparcimiento y la cultura.
El proyecto ya está planteado, incluso con el apoyo del Presidente Andrés Manuel López Obrador.
Es una mínima parte del derecho de la ciudadanía a la tranquilidad.
Me canso…

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