Todas las manzanas para los profes íntegros, con ley educativa o sin ella

A quienes, sin importarles si a las reformas les quitan o ponen comas, o puntos y seguidos, se convierten en símbolos de la niñez y la juventud mexicana tan sólo porque, como en cualquier oficio o profesión, la vocación existe

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Ayer fue un día especial para los maestros mexicanos. Primero porque fue su día, 15 de Mayo; segundo porque, planeación previa, el Presidente Andrés Manuel López Obrador les “regaló” la nueva Reforma Educativa.
Sí, esa que dicen que “revolucionará” o “transformará” la enseñanza de las niñas, niños y jóvenes mexicanos, aunque la prioridad haya sido atender intereses de sindicatos, más que de la niñez.
Pero ayer no todo fue política; también festejo, bueno, cada quien como le dictó su conciencia y su estima. En estados como Veracruz, Hidalgo o Guerrero no se afligieron por aquello de la “austeridad republicana” y gobiernos y sindicatos organizaron sendas rifas de automóviles entre los docentes y amenizaron la celebración con grupos musicales. En el estado gobernado por el priísta Omar Fayad hasta el grupo “Bronco” puso el toque norteño.
En la Ciudad de México, como en Oaxaca, la Coordinadora prefirió marchar; es su mero mole. Aunque aquí en la Capital lo hizo contra la advertencia de no salir a la calle a hacer ningún acto que implique esfuerzo físico ante la contingencia ambiental.
Total, que hubo palabras desde el Presidente de la República, el Secretario de Educación, Esteban Moctezuma, gobernadores y más, para quienes han guiado, de una u otra forma, nuestra formación de conocimientos y cultura, en el nivel que sea y con la Ley Educativa que a cada quien tocó obedecer, beneficiarse o sufrir, desde los tiempos aquellos de José Vasconcelos, cuando, hasta ahora, nos metimos en el reto de que sólo con educación un país crece.
Que se haya logrado o semi-logrado, atrasado, modificado, mal utilizado, es otra cosa.
Este día, porque, además, la “bien llamada Contrarreforma Educativa” recorrió el país para ser aprobada en todos los congresos locales, y porque, con todo y ello, parece que no hay una plena conformidad ni claridad sobre si realmente el “status quo” de la enseñanza dará un vuelco, dio margen a recordar a muchos de ellos de manera personal.
En verdad, muchos de ellos sabios en su materia.
Recuerdo a algunos, tanto de Primaria como Secundaria; luego otros ya de Preparatoria o Facultad. Los distinguía la atención que captaban o el respeto hasta de los compañeros de pupitre más “trastornados” y rebeldes. En sus clases, hasta las moscas dejaban de zumbar.
La maestra Margarita (no Zavala) y aquel flacucho, que parecía el mismo Don Quijote, que en cuestión de Literatura (y Español, como se llamaba la clase), en porcentajes distintos, llegaron a despertar interés en sus alumnos en el tema que impartían.
Debo decir que la profesora Margarita me hizo el declamador que nunca, por timidez, habría sacado yo mismo. En poesía coral me colocó como segundo solista y, después, solista.
O el profe Benigno, que para las Matemáticas, en Secundaria, era todo un Pitágoras. Todos los días se la pasaba poniendo taches a quien no trajera lista la clase. Entonces recurría a los de siempre, a los que por “hachas” o miedo la preparábamos. Darla era sudar la gota gorda. Porque aquello de A=1 porque B es X, y no sé qué tantas cosas, como el Pi por radio al cuadrado, eran cosas para chamacos bien alimentados.
O la maestra Esperanza, ducha en el Inglés, joven, a la moda, en aquellos tiempos de la minifalda, que llevaba de vez en cuando un acetato, de aquellos, y su tocadiscos portátil para escuchar canciones, aprenderlas, memorizar sus letras. Cómo olvidar “Philosopher”, de Yellowstone and Voice, gracias a ella.
La maestra Silvia, que nunca se cansó de corregir, en cuestión de sexología, a los más léperos del salón. Su cintura de avispa no fue nunca razón para distraernos de sus exactos consejos.
Pero no dejaré de mencionar a la profesora Nora. Si yo tenía ocho años, ella, cuando mucho, unos 22. Fue en Primaria, Tercer Año, y fue la inolvidable. La que rebasó en el alumno la imagen de una simple maestra. Noble, aplicada, platónica.
Vivía con sus padres en la misma colonia donde se ubicaba la escuela. Muchos lo sabíamos. La casa de color azul era enorme y hermosa. Pasar por la calle frente a ella era como ver un castillo e imaginarse el resto de un cuento de hadas. Hasta hoy, el perfil de su rostro y su tenacidad son inolvidables.
Bien, pues no queda fuera el maestro de la Preparatoria que consumía media cajetilla de cigarros durante la clase, pero que nos hizo leer los libros, en boga, de Marta Harnecker sobre el Materialismo Histórico y contra el Capitalismo (¿neoliberalismo?). O el de Facultad, que debió ser, por “literatura hablada”, Premio Nobel o, al menos, maestro de ceremonia de la Academia Sueca.
Eso debe ocurrir en cada uno de nosotros ante el recuerdo de muchos maestros que primero vieron su compromiso antes que sus intereses. Porque, como en cualquier oficio o profesión, la vocación existe.
Por ellos, y por los que sabemos que existen y existirán, y que sin importarles si a las reformas educativas les quitan o les ponen comas, o puntos y seguidos, se convierten en símbolos de la niñez y la juventud mexicana, “con cariño”, no una, sino todas las manzanas de México.

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@RobertoCZga

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