Tiempos de Aliados

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Tener o incrementar enemigos, adversarios y críticos, es consustancial al ejercicio del poder, pero perder aliados debe ser una desgracia para personajes mesiánicos como Andrés Manuel López Obrador, cuyo carisma parecía inmarcecible. Muy en especial si las pérdidas son del tipo de Jorge Zepeda Patterson, el escritor y periodista que difícilmente puede ser tachado de neoliberal y corrupto.

Tampoco puede ser calificado de incondicional. Una consulta a su colección de artículos publicados por el periódico español lo muestra como el buen periodista que es, con simpatías por el personaje, pero sin que la empatía y hasta admiración lo llegaran a cegar.

Sin embargo, es probable que pronto pase a engrosar la nómina de periodistas mexicanos a quienes el Presidente suele zaherir en las mañaneras por el solo hecho de discrepar de sus juicios o atreverse a exhibir datos que desmienten los suyos.

El caso de Zepeda Patterson es diferente porque no puede ser señalado de haber conspirado en alianza con el pasado neoliberal para impedirle llegar a la Presidencia.

Por ello sorprende el tono del arranque de su más reciente colaboración en El País: “Andrés Manuel López Obrador no ha traicionado sus banderas, pero en más de un sentido se ha traicionado a sí mismo. Sigue siendo fiel a su obsesión de beneficiar a los pobres y combatir la corrupción, pero al llegar al poder ha dejado de lado al hombre modesto y discreto que parecía ser. O quizá simplemente traicionó al ser humano que habíamos construido en nuestra cabeza”.

A partir de la entrada del artículo es posible deducir lo que viene a renglón seguido -la colaboración completa puede ser leída en la edición electrónica del diario-, pero lo que importa es la percepción del autor en el sentido de que el Presidente “no ha traicionado sus banderas, pero en más de un sentido se ha traicionado a sí mismo”, la que vendría a ser la más incalificable de las traiciones.

Tan grave como la desilusión del periodista: “quizá simplemente traicionó al ser humano que habíamos construido en nuestra cabeza”, lo que traducido equivaldría a decir que nunca existió, simplemente fue construido en la imaginación del novelista.

EL PERSONAJE DE FICCIÓN

Especulo: para no hacerlo enojar o en defensa de su chamba, Jesús Ramírez Cuevas no se atreve a mostrar a su jefe textos lapidarios como el de Zepeda Patterson y prefiera envenenarlo con la recopilación tempranera de lo que escriben o dicen sus villanos favoritos, Reforma, El Universal, Ciro Gómez Leyva, Carlos Loret, Raymundo Riva Palacio, Enrique Krauze, etcétera.

También es probable que el Presidente imite un tanto a su antecesor Vicente Fox que prefería iniciar el día sin leer a la prensa escrita, pero dudo mucho lo último por la evidente obsesión de López Obrador a nutrir su vesícula con la hiel que le produce el coro casi unánime de articulistas que lo confrontan a diario.

A diferencia de Zepeda Patterson, el Presidente no ha perdido a Carmen Aristegui, de siempre su aliada, pero la periodista que goza de un alto nivel de credibilidad lo ha criticado por su reiterada confrontación con el periódico Reforma, en el que colabora semana a semana.
Recordando a Donald Trump, ha escrito que “Con toda la distancia del caso, no resulta tan lejano lo que el presidente de México hace con Reforma de lo que su homólogo estadunidense hace con el NYT, es decir, presentarlos como un adversario político, satanizarlos y azuzar a la gente en su contra. No es que Reforma no pueda ser tocado con el pétalo de un reclamo o que no pueda ser sujeto de todas las críticas o reclamos que se quieran. El tema aquí es la procedencia del ataque y la decisión calculada de convertir a Reforma en el oponente o, en el mejor de los casos, en “sparring” del Presidente”.

Y es que casi a diario, Reforma es blanco de las quejas y señalamientos de López Obrador en sus mañaneras. Hasta pareciera que al levantarse, antes de encomendarse a Dios y a la madre tierra, hojea el periódico de Alejandro Junco para enterarse del nuevo ataque de los neoliberales y así tener tema para su conferencia mañanera.

Para mostrar su independencia, Aristegui encontró otra veta en el caso de la agencia de información del gobierno, Notimex, cuya directora Sanjuana Martínez es defendida con vehemencia por el Presidente por razones que nadie acierta explicar muy a pesar del conflicto que a su interior vive la agencia y a que está comprobado que la periodista-activista convertida en funcionaria se dedica a atacar a periodistas de intachable reputación como Dolia Estévez, Lydia Cacho, Anabel Hernández, Blanche Petrich, Carmen Aristegui, Marcela Turati y Guadalupe Lizárraga.

En fin, la cuestión es que ojalá y no llegue a ocurrir que los antiguos aliados periodísticos de López Obrador descubran que, parafraseando a Zepeda Patterson, el personaje no existía sino que, como él, otros sólo lo construyeron en sus cabezas.

O más grave aún, que ya en el poder terminó por traicionarse a sí mismo al considerar “admirables las muestras de abyección de las mañaneras” o que su predilección por ese periodismo, el de Lord Molécula y congéneres, “tiene que ver con una fractura en un hombre cuya inteligencia y sentido de dignidad estaban por encima de eso”.

Los tiempos no están como para perder aliados.

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